Iñaki Otano
En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús; él se volvió y les dijo: “Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo no puede ser discípulo mío. Quien no lleve su cruz detrás de mí, no puede ser discípulo mío. Así, ¿quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo: ‘Este hombre empezó a construir y no ha sido capaz de acabar’
¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que le ataca con veinte mil? Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz. Lo mismo vosotros: el que no renuncia a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío”. (Lc 14, 25-33)
COMENTARIO:
Un proverbio africano dice que “el auténtico sabio es el que es capaz de atar el arado a una estrella”. El arado es la expresión de la fatiga cotidiana, el esfuerzo por afrontar con coraje y también con realismo la vida concreta de cada día. Esos esfuerzos del arado, o sea la fatiga inherente a la vida diaria, serían insoportables si no estuviese la estrella, o sea, un ideal o un objetivo por el que luchar y estar dispuesto a comprometerse.
Jesús nos presenta la estrella y el arado. Primero, la estrella: ¿quieres venir conmigo, ser mi discípulo, participar de la alegría de la salvación que quiero compartir contigo?
Pero Jesús no oculta el arado, las exigencias del seguimiento. Entre ellas está la de posponer al padre y a la madre, a la mujer y a los hijos, a los hermanos y hermanas e incluso a sí mismo.
Lógicamente Jesús no quiere que seamos unos monstruos que no aman a los suyos. Lo que nos pide es que vivamos en el horizonte de Dios. Es una atmósfera en que se deben vivir también las relaciones familiares. No hay contradicción entre el amor a Dios, el seguimiento de Jesús y el amor a los suyos. Debo cuidar de que lo que llamo amor no encubra el afán de posesión, el egoísmo, la utilización del otro para mis intereses.
Al mismo tiempo, para que el amor no se marchite, debe abrirse más allá de la propia familia, del propio círculo, y hacerse universal.
Pero Jesús no quiere que caigamos en la trampa de un ideal sin el compromiso diario. Por eso, habla de calcular si se quiere construir una torre o entrar en batalla. Si no se piensa antes en los medios con que se puede contar, puede venir el desastre.
Son parábolas para llamarnos también al realismo en el seguimiento de Jesús. Antes nos ha hablado de la radicalidad, pero no quiere que nos propongamos ni exijamos acciones imposibles para nuestras fuerzas. Debemos contar siempre con la gracia de Dios, pero esto implica reconocer con sencillez nuestros límites. Los pequeños detalles de atención y cariño hacen por el amor mucho más que las promesas o los sueños de gestos heroicos que nunca se podrán realizar. La verdadera radicalidad pide a menudo el realismo de hacer lo que se puede hacer.







