El abuelo impaciente – Josep Périch

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Eran las 8 de la mañana cuando un señor mayor de unos 80 años llegó al hospital para que le quitaran los puntos de un pulgar. Dijo que estaba apurado de tiempo y que tenía otra cita a las 9horas.

Nos lo cuenta una enfermera:Le pedí que tomara asiento, sabiendo que quizás pasaría más de una hora antes de que alguien pudiera atenderlo. Lo vi mirando su reloj y decidí que, ya que no estaba ocupada con otro paciente, podría examinar su herida. Comprobé que estaba curado.    

Entonces pedí a uno de los doctores la autorización para quitarle las suturas y curar su herida. Mientras le realizaba las curas, le pregunté si tenía una cita con otro médico esa mañana, ya que lo veía tan apurado. El señor me dijo que no, que necesitaba ir al geriátrico para desayunar con su esposa. Le pregunté sobre la salud de ella, me respondió que ella hacía tiempo que estaba allí ya que padecía de alzhéimer.

Le pregunté si ella se enfadaría si llegaba un poco tarde.

Me respondió que hacía tiempo que ella no sabía quién era él, que hacía cinco años que ella no podía ya reconocerlo.

Me sorprendió, y entonces le pregunté:

Y usted sigue yendo cada mañana, aun cuando ella no sabe quién es usted?

Él sonrió, me acarició la mano y me contestó;

-“Ella no sabe quién soy, pero yo aún sé quién es ella”.

Hace unos meses fue noticia que un pastor desapareció con uno de sus dos perros, pero el otro perro volvió al corral con el rebaño. Después de un día de intensa búsqueda, encontraron el pastor sin vida, gracias a los ladridos del perro que se había quedado a hacerle compañía. Esta podría haber sido una de las muchas parábolas de las que se servía Jesús para explicar los «secretos del Reino». Así de claro y sencillo sería su mensaje, aunque después, en privado, lo interpretara para los discípulos para que no se salieran por la tangente y lo pusieran en práctica.

La naturaleza es sabia, pero los humanos no lo somos tanto. Por ello, lo importante es ser observadores de cuanto nos rodea,de saber leer, tras lo que nos pasa, los posibles mensajes escondidos. Más de una vez me he preguntado si no podría ser que alguien muy discreto jugara finamente a «cogero esconder». Más aún, que este juguetón personaje dejara sus perlas sobre todo tras las personas más «inservibles» o «caducas» socialmente hablando. Y, si no, se lo preguntaremos al abuelo de 80 años de la historieta precedente.

Curiosamente, apreciamos las antiguas catedrales, el mobiliario de época, las monedas y las pinturas antiguas, los libros viejos… pero nos hemos olvidado por completo del enorme valor moral y espiritual de las personas ancianas, más indefensas o «defectuosas». Todos nos agacharíamos con presteza para levantar del suelo un billete de 100 euros por más «arrugado» que estuviera. Pero ya no es tan evidente si se tratara de un anciano arrugado y enfermizo. ¡No sabemos lo que nos perdemos!

En la vida, no se trata de cómo sobrevivir en una tormenta sino de «cómo bailar bajo la lluvia», en palabras de un joven latinoamericano.

Siempre me ha impactado positivamente, cuando he pasado por hospitales o residencias de ancianos, comprobar la fidelidad y la ternura de familiares o amigos que regularmente pasan horas y horas junto a una persona con alzhéimer haciéndole compañía, en estado vegetativo o terminal… «Ella puede que ya no sepa quién soy yo, pero yo todavía sé quién es ella». Para resaltar, doy la palabra al reconocido escritor y jesuita Pedro -Miguel Lamet:

«Yo no abandono la barca, sigo aquí en la popa, apoyado en el pecho de un Jesús que duerme, pero a quien siento como le late el corazón».

 

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