Educar en clave pastoral – Lola Luz y Mario Contell

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A modo de introducción
Pero para evitar malentendidos, vayamos a la fuente del santo que inventó la escuela popular, Calasanz: “La buena educación de los jóvenes es, en verdad, el ministerio más digno, el más noble, el de mayor mérito, el más beneficioso, el más útil, el más necesario, el más natural, el más razonable, el más grato, el más atractivo y el más glorioso“ (Tonti) o… “Si desde su tierna edad son imbuidos diligentemente los niños en la piedad y en las letras, hay que esperar, sin lugar a dudas, un feliz curso de toda su vida” (Constituciones de Calasanz). O sea que, de la buena educación depende el resto de la vida de las personas… nada más y nada menos. Qué grande Calasanz, qué certero… en el centro de la diana.
Podría esperarse empezar este artículo con la etimología de la palabra. O con esas cosas tan bonitas que se han dicho sobre ella: que si el informe Delors y tal y cual. Estaría bien; pero vamos a tomar otro camino… Más que definir, ver sus virtualidades o recorrer su historia; puede ser más enriquecedor reflexionar sobre la educación como medio de generar en nosotros y en aquellos que nos rodean procesos personales que nos ayuden a encarar nuestro día a día, como decía el Santo Viejo, previendo un “feliz transcurso de toda la vida”.
Sin restar centralidad a la escuela, pues sabida es la importancia y la insistencia que tuvo Calasanz en este tema, (“Que las escuelas vayan bien” o ”Quien no tiene espíritu para enseñar a los pobres, no tiene la vocación de nuestro Instituto”) vamos a abordar la cuestión de la educación desde otros lugares vitales. Nos referimos, por ejemplo, a vivir en clave educativa todas las ocupaciones de nuestra vida ordinaria: el cuidado de la familia, el trabajo, las relaciones de amistad, las relaciones fraternas, la comunidad cristiana e incluso nuestra relación con Dios; y esto es válido para todos.
Porque en el fondo, como nos recuerda Miguel Ángel Asiain, la mayor preocupación de Calasanz fue la formación de un hombre nuevo:
“Es el de mayor mérito (la buena educación), por establecer y ejercitar con amplitud de caridad, en la Iglesia, un eficacísimo remedio de preservación y curación del mal y de inducción e iluminación del bien, a favor de los niños de toda condición y, por lo tanto, de todos los hombres que pasaron antes por aquella edad. Y esto mediante las letras y el espíritu, las buenas costumbres y las mejores maneras, con la luz de Dios y la del mundo”. Memorial al Cardenal Tonti
Un hombre liberado de la esclavitud de la ignorancia y del pecado:
“De este modo creó una escuela nueva, en estrecha conexión con el carisma fundacional, primer modelo en la historia de formación integral, popular y cristiana, como medio para liberar a niños y jóvenes de la esclavitud de la ignorancia y del pecado”. Constituciones de las Escuelas Pías
Un hombre centrado en Dios y comprometido por el mundo.
“Respecto a la tentación que sufre, no tiene que desanimarse por la sensación de inutilidad, porque es el modo de proceder de Dios, que con las debilidades derriba las fortalezas; no se enorgullezca tampoco por haber sido elegida su persona para cosas de tanta importancia, aunque se sienta inhábil, pues así como la elección es de Dios, también el llevar a feliz término el asunto depende de su mano: por lo tanto debe de recurrir con frecuencia a El pidiéndole luz para conocer el camino que debe seguir y quizás para llevarlo a perfecta conclusión” (Al P. Franchi, 1633)
A ello dedicó sus escuelas, ayudando a crecer en lo humano y en lo espiritual a todos los niños que se acercaban a ellas.
Hoy sabemos que la educación de la persona conlleva toda la vida y que ha de aprovechar todas las posibilidades que ofrece la sociedad y en ese sentido, cada experiencia, cada encuentro personal con el otro, cada gesto sencillo, puede suponer una oportunidad única de crecimiento humano y espiritual, hacia ese hombre nuevo que soñó Calasanz. También para nosotros.
“El concepto de educación a lo largo de la vida es la llave para entrar en el s. XXI. Ese concepto (…) coincide con otra noción formulada a menudo: la de la sociedad educativa en la que todo puede ser ocasión para aprender y desarrollar las capacidades del individuo. La educación a lo largo de la vida debe aprovechar todas las posibilidades que ofrece la sociedad” (Informe Delors, 1996.p.63)

Dios nos educa: pedagogía divina.
A continuación apuntamos algunos elementos para tener en cuenta que pueden ayudarnos a ser conscientes de lo dicho hasta ahora. Dios nos educa: Pedagogía divina.
A veces nos falta una mirada a lo alto, un tiempo de silencio y reflexión para darnos cuenta de que nuestro Dios es el mejor pedagogo del mundo.
Dios es el primero que nos educa cada día. Solo tenemos que pararnos a repasar nuestra historia de relación con Él para comprender lo oportuno que ha sido cada acontecimiento de nuestra vida, dándonos ocasión de aprender algo nuevo de nosotros mismos, de la profundidad de la vida y de Él mismo.
A paciencia nadie le gana, ya que como dice San Pedro: “… nosotros, confiados en la promesa del Señor, esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva en que habite la justicia. Por tanto, queridos hermanos, mientras esperáis estos acontecimientos, procurad que Dios os encuentre en paz con Él, inmaculados e irreprochables. Considerad que la paciencia de Dios es nuestra salvación (2Pe 3,12ss)
Nos da libertad de elección pero no se aleja demasiado, como el Padre Bueno de la parábola, todo lo hace con amor (“Con amor eterno te he amado, por eso te he atraído con misericordia” Jr 31,3), buscando nuestro bien (“¿Acaso algún padre entre vosotros sería capaz de darle a su hijo una culebra cuando le pide pescado? ¿O de darle un alacrán cuando le pide un huevo? Pues si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre que está en el cielo dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan!” Lc 11, 11-13), nuestra plenitud.
No nos da las cosas ya mascaditas sino que nos muestra los caminos de la vida para que aprendamos de los errores. Escuchemos al profeta Oseas:
“Cuando Israel era niño, yo le amé, y de Egipto llamé a mi hijo. Cuanto más los llamaba, más se alejaban de mí: a los Baales sacrificaban, y a los ídolos ofrecían incienso. Yo enseñé a Efraím a caminar, tomándole por los brazos, pero ellos no conocieron que yo cuidaba de ellos. Con cuerdas humanas los atraía, con lazos de amor, y era para ellos como los que alzan a un niño contra su mejilla, me inclinaba hacia él y le daba de comer…No daré curso al ardor de mi cólera, no volveré a destruir a Efraím, porque soy Dios, no hombre; en medio de ti yo soy el Santo, y no vendré con ira.” Os 11, 1-4.9).
Nuestro Dios está empeñado en que tengamos experiencias y no solo teorías, ya que se educa mucho más de esta manera, el aprendizaje se hace más significativo.
Este Dios, pedagogo como nadie, no juega con nosotros, nos ama y quiere que nuestra vida alcance plenitud, por eso su aula es la historia y le encantan los trabajos de campo, las excursiones al aire libre…ahí muestra su mayor lección: es creador de toda vida y del universo. Y todo lo pone a nuestra disposición para que lo disfrutemos. ¡Menudo es Dios!
Pero donde se juega nuestra educación no es en el exterior, en las formas externas, sino en nuestro interior, en ese lugar de amistad, en ese profundo centro de nuestra vida. Ahí el Señor nos da las mejores lecciones, echa el resto. En nuestro interior aprendemos a amarnos como somos al contemplar el amor incondicional de Dios manifestado en Jesús. Ahí aprendemos a tomar las grandes decisiones de nuestra vida. Ahí aparecen valores muy educativos como el discernimiento, la generosidad, la paz… Cultivando la interioridad dejamos que Dios nos haga un poco como Él, nos ayuda a conocernos a nosotros mismos y a aceptarnos, a querernos.
Y, por si con todo lo anterior no conseguimos entender sus explicaciones, pues nos envió a Jesús Maestro para aprender de su vida, de su ejemplo, para ser educados por el mejor maestro de todos los tiempos…

Para la reflexión personal…
¿Cómo vives tu relación con Dios? ¿Eres consciente de la historia de amor que Dios quiere hacer contigo? Repasa tu historia de relación con Él. ¿Eres consciente de cómo Dios ha ido transformando poco a poco tu corazón? ¿De qué manera crees que te ha “educado”?

Educamos en la familia, sin descanso.
No es ninguna novedad decir que la familia es la primera educadora de cada uno de sus miembros. El papa Francisco nos lo vuelve a recordar recientemente en la Exhortación “Amoris Laetitia (“La familia es la primera escuela de los valores humanos, en la que se aprende el buen uso de la libertad” n.274)
Es evidente. En esto se juega mucho de lo que hoy podemos aportar como Fraternidad. Y no solo las personas que tenemos hijos. Ya decía Juan Pablo II en “Familiaris Consortio” nº 18 que “La familia, fundada y vivificada por el amor, es una comunidad de personas: del hombre y de la mujer esposos, de los padres y de los hijos, de los parientes. Su primer cometido es el de vivir fielmente la realidad de la comunión con el empeño constante de desarrollar una auténtica comunidad de personas.”
Así visto, las relaciones interpersonales entre los diferentes miembros de nuestras familias son lugar privilegiado de crecimiento personal. Tendremos que revisar pues nuestro papel como padres, hijos, hermanos, tíos, primos, sobrinos… ya que estamos llamados a ser familias que educan, que ponen como prioridad el desarrollo integral de cada uno de sus miembros y donde todos participan como sujetos activos en la educación de los demás. Desde el carisma de Calasanz, para que cada uno llegue a desarrollar lo mejor de sí y aportarlo a los demás.
Y en ese primado de la vida ordinaria, en la rutina cotidiana, en el crear hábitos, en el ser acogedores unos con otros y con quien se acerque… En todas esas actitudes salimos fortalecidos, enraizados en un amor que va más allá del día a día, que permite sentirse a cada uno necesario para los demás, parte de su crecimiento y agente facilitador de la felicidad del otro. Crear lazos, generar ambiente educativo en torno a nuestras familias son asuntos de suma trascendencia e imprescindible aportación a una sociedad que no siempre nada en esta dirección.
Una vez más aquí tenemos que hablar de la fuerza del testimonio. El “mirad como se aman” de las primeras comunidades cristianas es no solo una utopía, sino una llamada a vivir de otra manera, y esa manera es posible.
El papa Francisco nos señala unos buenos consejos acerca de cómo abordar esta misión educativa de la familia en su nueva exhortación. Recomendamos su lectura y profundización, como inmejorable ampliación a este tema.

Para la reflexión personal…
¿Cómo has vivido la educación en tu familia de origen? ¿De qué manera ha influido en tu vida? ¿Cómo vives a día de hoy tus relaciones familiares? ¿Qué retos te plantea la educación de tus hijos, si los tienes, en la sociedad actual? ¿En qué manera te ayuda el carisma escolapio (o el carisma de tu congregación, movimiento, iglesia local… ) en la misión educativa de la familia?

RPJ 515 – Educar en clave pastoral – Lola y Mario Contell

Nos educamos desde lo que somos… en fraternidad
Nos educa primeramente el testimonio de los hermanos. En esto, la pequeña comunidad de referencia nuevamente se convierte en un lugar de aprendizaje y crecimiento personal con el testimonio diario que nos aportamos mutuamente. Al pensar en esto nos vienen a la memoria algunos religiosos, como el padre Manuel, de 80 y largos, que todos los días recibe con cariño a los niños del colegio o Rafa, con 90 cumplidos que no sé ya cuántos millones de fotocopias nos ha hecho a todos y las que quedan, siempre dispuesto a una más. O Vicente, que ha participado de las reuniones de la Fraternidad hasta que ha podido a pesar de la fragilidad física. También laicos, como nuestra querida Ana, esposa, madre, abuela, mujer trabajadora que supo formar junto con Miguel un testimonio de familia cristiana y escolapia que ha sido y sigue siendo luz para muchos de los que hemos ido conformando nuestro proyecto en estos años.
De la misma manera podríamos decir nombres de otros hermanos de otras comunidades y movimientos de aquí y de cualquier lugar del mundo, que son capaces con su día a día, de hacernos crecer como personas y como cristianos, gracias al testimonio sencillo y callado, a su servicio desinteresado, a su presencia cercana, a su palabra precisa… Y ¿qué es educar sino esto mismo? Los nombramos a ellos, nuestros mayores, porque la sabiduría de quien ya ha recorrido un largo trayecto de la vida siempre conlleva un potencial educativo especial.
Aprendemos unos de otros. Y en esto, la riqueza de la diversidad de edades, vocaciones, estados de vida de la comunidad cristiana es única. Nos enriquecemos mutuamente: mayores y jóvenes, solteros y casados, religiosos y laicos. Creemos firmemente que las relaciones entre laicos, religiosos, sacerdotes,… pueden y deben vivirse desde el Evangelio, teniendo como punto de partida el entrañable amor de Dios por cada uno, valorando lo que somos como persona y no solo en función del estado de vida, cargo o profesión. Por eso, en lo esencial, todos somos educadores para los demás.
Tendremos que estar muy atentos pues a cómo establecemos nuestras relaciones fraternas: saber respetar el ritmo del otro, ya que todos somos diferentes, comprendernos, respetarnos, y por supuesto, PERDONARNOS. Porque aprendemos equivocándonos y en esto de las relaciones personales no siempre acertamos. En el camino conjunto, los roces, malentendidos, rivalidades, heridas son inevitables e incluso necesarias, ya que purifican nuestro amor, y ese es nuestro principal horizonte como PERSONAS y como CREYENTES. De cómo resolvamos e integremos nuestro conflicto con el otro, con el diferente a mí, nos jugamos mucho de nuestro proceso de maduración humana y cristiana y del testimonio que aportemos a los demás. En esto, especialmente, el Evangelio y Calasanz vuelven a darnos luz:
“Por tanto, si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar vete primero a reconciliarte con tu hermano y entonces vuelve a presentar tu ofrenda” (Mt. 5, 23-24)
“Ninguno de vosotros debe permanecer obstinado en su opinión, sino, como siervos de Dios, cuando uno propone alguna cosa y da sus razones, el otro debe decir con paz su parecer y dar igualmente sus razones. Y entonces, sin pasión, resolver entre ambos aquello que parezca más conveniente”. (26-1-1633)

Para la reflexión personal…
Piensa en tu propio proceso personal ¿de qué manera la pertenencia a la Fraternidad te ha ayudado a crecer humana y espiritualmente? Piensa en personas concretas (religiosos y laicos) a través de los cuales has crecido humana y espiritualmente; ¿qué destacarías de ellos? Y actualmente ¿cómo vives las relaciones entre los hermanos dentro de la fraternidad? ¿Qué aspectos crees que deberías cambiar para vivir unas relaciones personales más educativas y transformantes?

La comunidad cristiana… esa gran desconocida, pero llamada a educar.
Es un privilegio el poder vivir nuestra vocación cristiana desde un carisma concreto, el escolapio en nuestro caso. Si a eso unimos el poder compartirlo y la llamada a visibilizarlo para ayudar a que otros también lo vivan…pues es sencillamente hermoso. A esa vivencia compartida en el seno de una obra lo llamamos comunidad cristiana (escolapia en nuestro caso) y, aunque incipiente en unos lugares, en proceso de construcción o incluso lejos de concretarse en otros, tiene un potencial educativo enorme.
La posibilidad de compartir la fe, participar de momentos importantes en la vida de la Orden o de la obra concreta, cooperar a transformar la realidad de cada lugar para que el reino pueda implantarse. Acercar al alejado, levantar al caído, enseñar al que no sabe, dar de comer al hambriento…son llamada a un estilo de vida evangélico en el que la misericordia de Dios va transformando nuestro corazón y nos hace misericordiosos como Él. Y como sabemos, el amor es difusivo.
Además, esta realidad nos plantea otros aspectos relacionados con la educación en la piedad y las letras de los de cerca y los de lejos: la transmisión de la fe a nuestros niños y jóvenes, el formar nuevas generaciones que vivan unos valores plenamente humanos y, en la medida de lo posible, desde el evangelio en solidaridad radical con el género humano y una relación de cuidado y respeto con la casa común… Ardua pero preciosa tarea la de educar.

Para la reflexión personal…
Aunque esto de la comunidad cristiana (escolapia) suene a nuevo, piensa en tu propia historia personal; ¿en qué medida la Orden o congregación o parroquia te ha educado para el encuentro con Dios y de descubrimiento de la Iglesia? ¿Qué experiencia de Comunidad Cristiana Escolapia (pon aquí tu carisma particular o el nombre de tu movimiento o parroquia…) tienes a día de hoy en tu presencia local? ¿De qué manera puedes aportar a construirla allí donde estás?

El trabajo… Ahí estamos todos. Educamos y somos educados
En nuestro mundo, salta a la vista, parece que el éxito, dinero, prestigio y poder se convierten en meta, y el trabajo muchas veces, es la plataforma para alcanzarlo. Calasanz y otros grandes hombres nos muestran que todas esas cosas quedan en un segundo plano y que lo importante de la vida no está necesariamente relacionado con esos valores. El trabajo, sea el que sea, encierra un componente educativo fundamental.
Por un lado nos muestra que tenemos algo que aportar al mundo y, más aún, que con él participamos en la obra de Dios.
“La conciencia de que el trabajo humano es una participación en la obra de Dios, debe llegar —como enseña el Concilio— incluso a «los quehaceres más ordinarios. Porque los hombres y mujeres que, mientras procuran el sustento para sí y su familia, realizan su trabajo de forma que resulte provechoso y en servicio de la sociedad, con razón pueden pensar que con su trabajo desarrollan la obra del Creador, sirven al bien de sus hermanos y contribuyen de modo personal a que se cumplan los designios de Dios en la historia” (Carta encíclica Laborem Exercens. Juan Pablo II)
También nos enseña a ser pacientes ya que no todo siempre sale como planeamos y nos da reveses educativos a través de las mediaciones con las que nos encontramos (personas y acontecimientos que no siempre responden a nuestras expectativas, etc. ..) ¡Cuánto podemos llegar a aprender de nosotros mismos a través del trabajo!
Y sin lugar a dudas, dadas las horas que pasamos en él puede y debe ser lugar donde demos testimonio del amor de Dios.
Muchos miembros de la Fraternidad no trabajan en la Escuela Pía. Hoy, en muchos hospitales, despachos de abogados, estudios de arquitectura, administraciones públicas, centros de servicios sociales, empresas comerciales, fábricas… existen laicos aportando lo mejor del carisma escolapio en su puesto de trabajo. ¡Qué potencial más educativo y más transformador!

Para la reflexión personal…
¿Crees que el carisma de una orden o congregación es solo para religiosos y/o personas contratadas por ellos? ¿De qué manera piensas que el carisma escolapio puede enriquecer los trabajos no relacionados con la docencia? ¿Qué ha supuesto para ti tu trabajo? Piensa en qué manera te ha ayudado a crecer humana y espiritualmente.; ¿qué elementos destacarías?
Praecipue pauperibus, principalmente para los pobres.
Pero si de actualización se trata, no se puede dejar de mencionar la posibilidad que ofrecen la órdenes y congregaciones con dedicación a los niños/as y jóvenes para atender las necesidades educativas de muchos de los que hoy, por desgracia, todavía siguen sin tener acceso a una educación de calidad (por falta de la misma o porque el sistema educativo creado sigue actuando como mecanismo de exclusión y desigualdad).
Es mucho lo que podemos aportar ahí como laicos y laicas: colaborar con el diezmo en proyectos socioeducativos de educación no formal o con proyectos de becas escolares, impulsar la creación en nuestras presencias de proyectos socioeducativos integradores, participar como voluntarios en proyectos de educación no formal, implicarnos en tareas de sensibilización y denuncia, participar en movimientos sociales y campañas de apoyo a la educación de calidad para todos o simplemente visibilizar esa realidad en los contextos en que nos movemos…
Si hoy Calasanz levantara la cabeza, estamos convencidos de que nos querría ver ahí. No en vano ellos, los niños pobres, fueron el centro de su vocación. Dice Asiain parafraseando a Calasanz:
“Si me preguntas, así, de sopetón, cuál fue el centro de mi vocación, te respondería: ¡el niño pobre! Ahí se encuentra el origen de mi vocación. Ahí está el aspecto fundamental de mi vida. (…) ¿Qué es lo que me pasó? Que al transitar por Roma (…) sentí que no podía seguir inactivo con tanta pobreza como se manifestaba a mis ojos…”
Que el Espíritu Santo siga pues abriendo nuestros ojos ante la realidad de pobreza que sufren hoy muchos niños y jóvenes, y podamos seguir contribuyendo a la formación de ese hombre nuevo y a la transformación de la sociedad, desde el lugar donde Dios nos ha puesto a cada uno.
Concluyendo…
La verdad es que se podrían decir tantas cosas que daría para mucho más, pero ahora que llega el final, no queremos dejar de incidir en la centralidad de la palabra educar. Aparece curiosamente junto a las otras dos del lema que las Escuelas Pías ha elegido para el curso 2016-2017: anunciar y transformar. Como educadores que somos, en el día a día tenemos muchas oportunidades de anunciar el amor de Dios por cada persona y es Él quien transforma la vida de las personas y la realidad, haciendo presente el Reino.
Por eso educar es lo que nos une a los que nos sentimos y tratamos de caminar como escolapios, religiosos y laicos. Que podamos vivir, como dice el título del libro de un buen amigo religioso escolapio, “la pasión de educar”, pero sin olvidar quién es el que nos educa cada día y nos impulsa a crecer hasta nuestra plenitud.
A.M.P.I

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