EDUCAR CRISTIANAMENTE ES EDUCAR EN LA IGUALDAD – Silvia Martínez Cano

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Silvia Martínez Cano

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Parece que las cuestiones de mujeres están de moda. Se habla más de sus intereses y de las cuestiones que las afectan. Salen en los medios y conversaciones la violencia y las desigualdades que se producen. También hablamos más de las mujeres en los procesos de transformación que están viviendo los entornos eclesiales. La vida social, donde las mujeres se han incorporado no solo al trabajo sino a la vida pública, la cultura, los espacios de ocio e intercambio… todo ello contribuye a un nuevo modelo social más plural y cambiante, donde las mujeres tienen más espacio, aunque no me atrevo a decir todavía que han ocupado todo el espacio que demandan o necesitan.

La revolución del #MeToo, que comenzó hace un año, ha cambiado el panorama social

La era del #MeToo

La revolución del #MeToo, que comenzó hace un año, ha cambiado el panorama social, ha visibilizado temas que subrayan la necesidad de hablar de las relaciones de hombres y mujeres, como el abuso, la violencia o las desigualdades económicas. La presencia en las redes sociales de mujeres con influyente imagen pública nos hace darnos cuenta de cuántas dimensiones de la realidad tienen que ver con lo que hacemos y decidimos, y cómo tenemos en cuenta a los demás en estas acciones. Este movimiento de mujeres en la cultura está denunciando hechos tan cotidianos como la diferencia de sueldo para un mismo trabajo, los lenguajes insultantes o el trato diferente a mujeres en determinados espacios y servicios públicos, el acoso sexual, la manipulación y extorsión… También el 8 de marzo español tuvo una gran repercusión a nivel mundial. La movilización de la población femenina nos recordó la importancia de tener en cuenta el papel que muchas mujeres tienen en la vida pública y privada. Afirman que su invisibilidad no es justificación para pensar que las mujeres no existen, ni opinan, ni deciden sobre sus vidas y la vida de los demás. La movilización colectiva española, de mujeres y hombres, no siempre vinculados a grupos feministas, sino gente de la calle con sensibilidad hacia los problemas de las mujeres, ha tenido una influencia decisiva en otros países, como un gesto de solidaridad y de conciencia de los pueblos.

Tras las movilizaciones, somos más conscientes de estos problemas y hablamos de ello en la vida cotidiana, cosa que hace unos años era impensable. Esto nos hace sentir que las cuestiones de las mujeres no solo les conciernen a ellas, como en muchas ocasiones se justifica, sino que afectan a la estructura grupal de las sociedades. También aceptar, con más o menos desagrado, que las diferencias entre hombres y mujeres son reales y no son justificables, y sentir cierta incomodidad cuando se discuten estos temas, ya que nos da cierto miedo o inquietud, pues intuimos que son importantes. Estamos viviendo un tiempo para repensar lo que significa ser mujer y ser hombre. Hoy nos entendemos más diversos y plurales, más libres de definirnos como personas. Entendemos que cada una y uno aporta valores y riqueza diferentes a las relaciones en los grupos humanos, con independencia de si se es hombre o mujer. La diferencia se vive como una riqueza y no como un peligro.

Entendemos que cada una y uno aporta valores y riqueza diferentes a las relaciones en los grupos humanos, con independencia de si se es hombre o mujer

Pese a todo solo estamos dando los primeros pasos del cambio social. La presencia de las mujeres es uno de ellos, pero solo acaba de empezar. Debemos resolver todavía muchas cuestiones que nos afectan y que estructuran sociedades que han sido machistas durante mucho tiempo. Porque el machismo, si se necesita explicarlo todavía, no tiene que ver con los hombres en general, sino con la manera que tienen las sociedades de organizarse, donde el poder y los privilegios se estructuran de forma vertical y excluyente. A lo largo de la historia, este poder ha estado en manos de hombres blancos europeos. Así que cuando las mujeres hablan de machismo, no solo hablan de mujeres, sino de las estructuras que nos encorsetan en unos estereotipos a todos y todas, y que nos someten al servicio de unos pocos. Así que, piramidalmente, todos quedamos afectados por estos modelos machistas y, en la medida en que nos toca, somos responsables, hombres y mujeres, de no reproducir para el futuro comportamientos y costumbres que puedan degradar la vida de cualquier persona, especialmente las más vulnerables, las mujeres.

Una Iglesia llena de mujeres sin visibilidad

Pocas veces en el siglo XX se ha hablado de las mujeres en los documentos oficiales de la Iglesia. No quiero recordar aquí los textos moralizantes que hablan mal de las mujeres en la historia cristiana. En positivo, alguna alabanza de Pío XII sobre la labor educativa y familiar de las mujeres y poco más. Tenemos que esperar al Concilio Vaticano II para encontrar una sola frase sobre las mujeres en el capítulo 3 de Apostolicam actuositatem: «y como, en nuestros días, las mujeres tienen una participación mayor en toda la vida de la sociedad, es de mayor importancia su participación, igualmente creciente, en los diversos campos del apostolado de la Iglesia» (nº 9). Llama la atención que en un siglo donde la presencia de las mujeres en la Iglesia de base es mayoritaria y determinante solo se haga esta mención tangencial. Sin embargo, los planteamientos del concilio sobre el laicado fueron decisivos en la llamada a la participación eclesial de las mujeres. El concilio rechazó la discriminación por causa del sexo (GS 29) y la proclamó igualdad de derechos en el trabajo (GS 29), la cultura (GS 60) y la familia (GS 49). Estos textos fueron leídos por muchas mujeres como una puerta abierta a la participación de las mujeres.

La concreción de estos textos se realizó en la vida cotidiana de la Iglesia. En 1983 se publica la encíclica Mulieris dignitatem. En ella se reconoce la dignidad de la mujer, rechazando implícitamente el Decreto de Graciano (s. XII), donde se afirmaba que las mujeres eran de segunda categoría y dignidad por naturaleza y que había estado en uso hasta Pío XII. El texto es ambiguo pues, por un lado, reconoce la igual dignidad entre mujeres y hombres en la Iglesia por el Bautismo, tomando como fundamento la exégesis bíblica de los relatos de creación muy cercana a la exégesis feminista. Pero, por otro, sitúa la dignidad de las mujeres en su vocación «natural» a la maternidad y a la virginidad. Una contradicción que seguía justificando un papel reproductivo y de cuidado para las mujeres en la vida de la Iglesia y negaba sus talentos para otras labores de participación y liderazgo. Pese a todo, el documento iniciaba un camino que está todavía en construcción, pues los avances en la vida eclesial no han sido visibles hasta 40 años después. Es decir, estamos, hoy, comenzando a repensar a las mujeres no desde su capacidad reproductora, sino como hijas de Dios con igualdad de dones y talentos.

De los años 80 a la actualidad, la situación de las mujeres en la sociedad ha cambiado mucho. No está tan claro en el interior de la Iglesia. Hoy sigue siendo mayoritaria la presencia de las mujeres en las parroquias y otros lugares de Iglesia. Por ejemplo, el 80% de los religiosos son mujeres, por lo que algunos obispos ya han empezado a decir que, en los órganos de representación de la comunidad cristiana, la presencia de las mujeres debería estar en proporción a la realidad.

Hoy sigue siendo mayoritaria la presencia de las mujeres en las parroquias y otros lugares de Iglesia

En el Sínodo sobre los jóvenes, de los 324 participantes (267 padres sinodales, 23 expertos y 34 jóvenes)[1] solo 35 eran mujeres (10 de ellas monjas). ¿Qué puede debatir una Iglesia donde el 70% de sus participantes son mujeres en un foro donde están representadas en un 10%? El documento final sinodal[2], fruto de las reflexiones de los participantes, reconoce la ofensa a la dignidad humana que supone el dominio, la discriminación y exclusión por razón de sexo (n. 13). Pero por otro lado se aceptan las diferencias entre hombres y mujeres sin ninguna reflexión crítica ni una mínima pregunta sobre sus causas. También se reconoce la evidente ausencia de las mujeres en la vida eclesial y la necesidad apremiante de un mayor reconocimiento, valoración y toma de responsabilidades y decisiones de las mujeres en la Iglesia, es decir que «haya una presencia femenina en los organismos eclesiales a todos los niveles, incluso en las funciones de responsabilidad» (n. 55). Reconoce el empobrecimiento que supone su ausencia y afirma que es necesario que «haya una participación femenina en los procesos de toma de decisiones eclesiales con respecto al papel del ministerio ordenado» (n. 148).

Todo ello es leído desde los textos bíblicos del Nuevo Testamento, donde evidencia la presencia de las mujeres en el grupo itinerante de Jesús (n. 82) como discípulas en igualdad de condiciones. El texto afirma que:

es un deber de justicia, que se inspira tanto en el modo como Jesús se relacionó con los hombres y las mujeres de su tiempo, como en la importancia del rol de algunas mujeres en la Biblia, en la historia de la salvación y en la vida de la Iglesia (n. 148).

Son escasas menciones para una realidad que clama a gritos que se tome en cuenta la presencia y palabra de las mujeres. Estamos todavía a mucha distancia de las intenciones del texto, aunque por primera vez se utilice un lenguaje inclusivo que evita, en español, que la palabra «hombre» invisibilice de nuevo a las mujeres. El mismo documento pontificio pone en evidencia esta invisibilidad real de las mujeres en la Iglesia, que causa tanto escándalo cuando se menciona. Es signo de que estamos ante uno de los debates actuales más importantes dentro de la Iglesia. Un debate complejo, donde una gran parte de la Iglesia ve con normalidad que las mujeres participen con plenos derechos en la Iglesia y otros sectores lo ven como una amenaza a la estructura y estabilidad eclesial. En este segundo grupo encontramos dos reacciones comunes. Una consiste en ignorar las reivindicaciones de las mujeres, no darle importancia, no hablar nunca de ellas, a veces ni con ellas, ni darles la palabra. Simplemente no existen. La segunda reacción es la beligerancia contra todo lo que suene a femenino, catalogando todas las manifestaciones de las mujeres como «ideología de género» sin hacer un análisis previo de las mismas. Las dos reacciones contribuyen a la invisibilidad. Las dos incurren en la ignorancia generalizada sobre la situación de las mujeres y la incapacidad de diálogo con lo diferente. Es una reacción al miedo a sentirse vulnerable ante el mundo femenino del que muchos son ajenos. Miedo también a tener que hacer el esfuerzo de mostrarse a otros y justificar la propia coherencia o incoherencia.

Estamos ante uno de los debates actuales más importantes dentro de la Iglesia

Por todo ello, es fundamental preguntarse cuál debe ser la presencia de las mujeres en la Iglesia y en la sociedad. No es una cuestión secundaria, como dicen algunos, que va después de hacer reformas y enfocar de nuevo la Iglesia hacia caminos evangélicos. No, es una cuestión de la que dependen en alto grado esas reformas. Reforma e igualdad van de la mano en la Iglesia católica.

Volver a las fuentes, volver a Jesús

Pero ¿cómo podemos hacer este trabajo? ¿Dónde podemos encontrar iluminación para comprender cuál es el camino pastoral para la inclusión igualitaria de mujeres y hombres en la Iglesia? Sin duda esta pregunta nos la responde Jesús y su propuesta vital. Leemos en el Evangelio que Jesús incorporó a su grupo itinerante hombres y mujeres (Lc 8,1-3), sin diferencias. Sabemos sus nombres, eran conocidas por la primera comunidad, aunque luego los evangelistas no las nombren en exceso. También en el grupo de discípulos de Jesús que permanecían en sus casas encontramos mujeres líderes, como Marta y María (Lc 10,38-42). Los textos subrayan que las mujeres también pueden optar al discipulado como uno más y romper con los roles sociales que las someten (Lc 10,42). En la palabra de Marta Juan deposita la proclamación de que Jesús es Mesías (Jn 11,27), con el mismo valor que la proclamación de Pedro en Marcos (Mc 8,29). Con ellas, asistimos a una nueva relación de hombres y mujeres que rompe con la estructura patriarcal de su época de una forma muy novedosa. Discípulas y discípulos son enviados a predicar en igualdad de condiciones. Con ello se cumplen las promesas de Dios, que se anuncia como buena nueva y liberación a los oprimidos (Lc 1,51-53), especialmente a las mujeres, pobres, sometidas, invisibles…

Las discípulas de Jesús fueron las primeras receptoras de su resurrección y con ello Jesús seguía afirmando que su propuesta de Reino cuenta con todos, hermanas y hermanos. Para Jesús, la voz de todos y todas contribuía en igual medida a la construcción de una comunidad cristiana más compasiva, más democrática y más justa. Descubrir que Jesús quiso a las mujeres a su lado en el camino, es hoy un reto pastoral. Cuando hoy decimos que la comunidad cristiana debe volver a las fuentes, lo que estamos diciendo es que buscamos una relectura de Jesús, desde una mirada más limpia que sitúe nuestras relaciones e identidades en la verdadera revolución del amor, es decir, en palabras de Pablo, que no hay «hombre ni mujer, judío ni griego, libre ni esclavo» (Gal 3,28) en las estructuras de la Iglesia y en las sociedades justas.

Las discípulas de Jesús fueron las primeras receptoras de su resurrección y con ello Jesús seguía afirmando que su propuesta de Reino cuenta con todos, hermanas y hermanos

Dicho lo cual quizá no podemos decir que Jesús fue feminista, pero sí podemos decir que los fundamentos de la igualdad feminista se asientan en la revolución de las relaciones fraternas de Jesús donde somos hermanas y hermanos ante un mismo Padre amoroso. En la pastoral no se deben pasar de largo los textos en los que Jesús empodera a las mujeres: la sirofenicia que reivindica ser considerada persona pese a su sexo, su viudez y su extranjería (Mc 7,24-30), la samaritana que se convierte en apóstol para las suyos (Jn 4,28-30), María Magdalena, Salomé, María la de Santiago y otras, líderes indiscutibles de la primera comunidad cristiana (Mc 16,1-4) que dieron testimonio las primeras. Estos textos también son Palabra de Dios y nos recuerdan que el centro de la comunidad es el discipulado y no las categorías, los roles, las diferencias o los sexos.

Una consecuencia de este descubrimiento es la necesidad de una atención especial en la pastoral por la educación en la igualdad y la inclusión. Todos tenemos la misma dignidad. No es posible ignorar que nuestro mundo sigue siendo injusto para la vida de las mujeres. Estamos inmersos en una cultura que justifica la violencia contra el cuerpo de las mujeres, que se las cosifica frecuentemente y se vulnera sus derechos personales y laborales. Educar en la fe es también transmitir una fe que no consiente los abusos y que enseña estrategias para humanizar, igualar, mediar y empoderar al que sufre. Empoderar a las mujeres para que sepan ser protagonistas de su propia historia es también tarea de la pastoral. Y este trabajo no lo hacen solo las mujeres creyentes, sino que debe ser toda la comunidad cristiana la que debe empeñarse en construir nuevas relaciones fraternas entre hombres y mujeres. Pues si las mujeres son acompañadas en su empoderamiento, también los hombres deben repensar qué les hace más hombres y más humanos. El hombre creyente que lee el Evangelio puede llegar fácilmente a la conclusión de que el seguimiento a Jesús y el desarrollo de la misericordia y el cuidado hacia los otros es lo que le hace más hombre y más humano. Ni la fuerza, ni el poder, ni el liderazgo, ni la visibilidad le hacen más masculino, solo el amor de Dios.

Debe ser toda la comunidad cristiana la que debe empeñarse en construir nuevas relaciones fraternas entre hombres y mujeres

Volver a Jesús nos despierta a una realidad nueva y, el que despierta a la igualdad en Cristo (Gal 3,28), ya no puede volver atrás. Nos hace compañeras y compañeros de verdad, porque compañera o compañero es quien comparte «el pan» (la vida) con otra persona, le acompaña, le hace vivir y no le deja morir (Lc 10,25-37). Los cristianos y cristianas no dejamos morir a las mujeres en su dolor y sufrimiento. Nos reconciliamos con la vida para defenderla de la amenaza, del abuso, de la impunidad. Por eso, deberíamos sentirnos extraños cuando en nuestra propia casa (la Iglesia) se dan discriminaciones y abusos por razones de sexo, pues es antievangélico, empobrece nuestra espiritualidad y ralentiza el camino hacia el Reino definitivo.

Cristianismo y feminismo no son incompatibles

Hablemos, pues, de cristianismo y feminismo, hablemos de por qué se tiene tanto miedo a hablar de estas dos palabras y ponerlas juntas en una misma frase. El feminismo ha sido la revolución más importante del siglo pasado. En 120 años las mujeres hemos pasado de no salir de casa a viajar solas, de no tener propiedades a gestionar nuestros propios bienes, de «ser casadas» a elegir libremente a la persona que amar, de ser apedreadas en la calle por no llevar sombrero[3] a cortarse el pelo y teñírselo a libre elección. La revolución de las mujeres ha sido pausada, sin abandonar otras labores como el cuidado de los hijos e hijas y de los mayores. Asumiendo dobles y triples cargas laborales y familiares. No ha sido una revolución violenta. Se trata de una revolución sin muertos. En ningún lugar del mundo nadie ha matado a nadie en nombre del feminismo. No se han quemado contenedores u otro mobiliario urbano. En el 8 de marzo español de 2018 las mujeres salieron a cantar y a bailar. El feminismo en general busca entendimiento, nunca a través de la violencia o el poder. Sin embargo, sí se han detenido mujeres por manifestarse, se las ha torturado, violado e incluso asesinado. A las últimas, mientras escribo este artículo, a las líderes feministas de Arabia Saudí.

El cristianismo también es una revolución histórica, la más importante de estos veinte últimos siglos. Nada hubiera sido igual si en el siglo primero unos pocos no se hubieran puesto a predicar y a mostrar con su vida que Dios nos ama y vive a nuestro lado. Queramos o no reconocerlo, con el cristianismo hay un salto profundo en la humanidad en cuestión de dignidad, valores, derechos y libertades. Entre sus primeros líderes cristianos hubo mujeres esclavas (lo dice Plinio el joven), aunque luego costó dieciocho siglos abolir la esclavitud. En las primeras comunidades se puso todo en común, rompiendo los privilegios de los ricos, aunque seguimos con brechas de empobrecimiento enormes en las distintas sociedades del mundo. En las primeras comunidades todo el mundo participaba y contribuía a la fracción del pan y a la vida comunitaria, aunque socialmente la democracia para todos (sufragio universal) no llegó hasta finales del siglo XIX. La idea de la vida como valor prioritario, por encima de las leyes y los estereotipos, es un invento del cristianismo, aunque todavía no hayamos conseguido que se respete este criterio siempre. Tenemos tribunales internacionales que buscan impartir mejor la justicia, buscando la protección del más débil. En las escuelas se educa en el respeto y la tolerancia lo mejor que se puede y se valora la diversidad como un regalo de Dios.

En las primeras comunidades todo el mundo participaba y contribuía a la fracción del pan y a la vida comunitaria

Todo ello es consecuencia de un cristianismo que tiene en cuenta a la persona, que denuncia las injusticias y que propone modelos de relaciones humanas desde el cariño y el cuidado. Son consecuencias sociales, que provienen de la acción pastoral de la Iglesia en los lugares de necesidad y en las estructuras sociales para hacerlas más habitables y humanas.

No voy a negar que tanto en el cristianismo como en el feminismo ha habido desviaciones, deformaciones, extralimitaciones y aberraciones, pero eso no deslegitima el aporte de humanización que ambos han traído al mundo de hoy. No depende tanto del cristianismo o el feminismo, sino de lo que los seres humanos interpretamos y hacemos con estas propuestas. Lo cierto es que podemos decir que ambas propuestas tienen en común la preocupación por los más angustiados y hostigados por el mal de este mundo y la búsqueda de relaciones más equitativas y respetuosas. Es bueno recordar que el feminismo surgió porque algunas mujeres que tuvieron acceso a la cultura leyeron la Biblia y se dieron cuenta de que lo que ponía en la Escritura las liberaba de la opresión que sufrían en su sociedad (Mary Astell o Margaret de Cavendish, por ejemplo). El feminismo «ofrece al cristianismo la oportunidad de ser verdadero cristianismo, quitando la desigualdad y creando equidad» dice la benedictina Joan Chittister en su libro Ser mujer en la Iglesia. Humanización y justicia van de la mano. Equidad y empoderamiento son herramientas propias de cristianismo y feminismo. Cuidado y hermanamiento también. Cuando descuidamos estas herramientas que fortalecen el cambio social entonces estamos ante un falso feminismo y un falso cristianismo.

Hombres y mujeres estamos llamados a ser personas plenas e integrales, no complementarias, ni dependientes, y a crear un mundo más justo y libre, es decir, más evangélico. Para ello busquemos el sumar y no el separar, si feminismo y cristianismo tienen puntos en común, usemos estos anclajes para construir mejor el Reino, para transmitir la fe en un Dios justo y misericordioso que se acuerda de sus criaturas, de todas, también de las mujeres, y no las considera pecadoras y sospechosas.

Hombres y mujeres estamos llamados a ser personas plenas e integrales, no complementarias, ni dependientes, y a crear un mundo más justo y libre, es decir, más evangélico

La experiencia de las mujeres jóvenes, motor pastoral del mundo en cambio

Las mujeres jóvenes se preguntan en el siglo XXI quiénes son, qué desean, qué pueden aportar a la construcción de una justicia más humana y universal. En medio de las tareas cotidianas y de las luchas reivindicativas, no ignoran respuestas que otros han dado, pero creen que ha llegado el momento de ensayar sus propias respuestas. Quieren experimentar un feminismo (es decir, igualdad de oportunidades) con la pareja, en el trabajo, en la vida diaria, en los espacios públicos y en los privados. Y quieren tender puentes para que hombres y mujeres puedan encontrarse y establecer nuevas relaciones para construir un futuro común de justicia y libertad.

Sin embargo, cuando miran a la Iglesia como institución lo que reciben mayoritariamente es silencio o incomprensión. Muchas mujeres jóvenes dejan de participar en la comunidad cristiana porque esta no da respuestas a su situación ni problemática. No se habla nunca de ellas, tampoco se las permite opinar. En algunas ocasiones se sienten incluso acechadas por un pecado original que no entienden y que se les otorga por el simple hecho de ser mujeres. El lenguaje, las imágenes, las referencias humanas… todo es masculino. Las que permanecen, pese a todo, se preguntan hasta qué punto importan para la comunidad. Cuando se fijan en Jesús, encuentran en él un modelo de liberación y seguimiento, pero no lo pueden compartir muchas veces en una Iglesia del cumplimiento, que se centra en los comportamientos morales y las obligaciones. Jesús es mucho más que eso. Es sanación de las heridas sociales, es respuesta al sinsentido, es orientación en la dispersión cultural, es valoración de la singularidad.

¿Y qué dicen las pastorales de estas cuestiones? Silencio… ¿Es que acaso no tenemos en los lugares de misión mujeres? ¿Hablamos con ellas de su situación laboral precaria? ¿De que no encuentra trabajo porque está en edad de tener hijos? ¿De que la pareja no quiere compartir los trabajos de la casa y los hijos? ¿De que las expectativas que hay sobre ellas no coinciden con sus intereses y se sienten presionadas? ¿No es esto también pastoral: acompañar en la dificultad, ayudar a discernir, ayudar a crecer y tomar las riendas de la vida…? Esta debe ser una de las revisiones que debemos hacer a las pastorales actuales: repensar qué papel tiene la educación en la igualdad en la transmisión de la fe. Si somos hijas e hijos de Dios en igual dignidad, la igualdad y equidad son dos conceptos básicos que se deben poner en práctica en nuestras relaciones fraternas.

Esta debe ser una de las revisiones que debemos hacer a las pastorales actuales: repensar qué papel tiene la educación en la igualdad en la transmisión de la fe

Hay conceptos del feminismo, por ejemplo, la sororidad, que nos pueden ayudar a replantear una pastoral centrada en una experiencia de fe contextualizada y comunitaria que multiplique las visiones de la experiencia religiosa de hombres y mujeres en su diversidad. Pues no vamos a encontrar tan solo una experiencia masculina y otra femenina, sino que la singularidad de cada uno y cada una va a generar un tejido de experiencias en diálogo, un tejido diverso, irregular, orgánico, pero tremendamente incluyente, dialógico y creativo.

La sororidad es un recurso feminista que busca el apoyo, el sostenimiento de la otra persona por medio del cuidado y el compartir la vida. Así dicho, suena bastante evangélico, ya que es poner en práctica que «donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18,19-20). Es hacer comunidad. Lo que buscan las mujeres jóvenes en la Iglesia es ser verdaderamente comunidad cristiana, no un miembro mudo, sin voto, sin palabra y sin acción. Quieren participar con todas sus consecuencias. La pastoral debe propiciar estas experiencias de participación cristiana. Con ello está contribuyendo también a la renovación de la Iglesia, una Iglesia de verdad circular y sinodal, donde la aportación de las mujeres refresca y restituye las dinámicas inclusivas y proféticas como centro de la acción creyente. La presencia de las mujeres jóvenes en la Iglesia es motor de cambio eclesial. Con ellas nos jugamos una Iglesia que sea capaz de leer los signos de los tiempos acorde con los cambios culturales del siglo XXI.

Una pastoral al servicio de la igualdad y convivencia

La presencia participada de las mujeres en la pastoral aporta creatividad en los proyectos y programas que diseñamos, tan solo por el sencillo hecho de que tienen una mirada distinta hacia los problemas y la realidad. Se trata de que las pastorales de este siglo cuiden especialmente los procesos personales y de acompañamiento que desarrollan vínculos con la comunidad cristiana que acepta y favorece la diversidad en la experiencia religiosa. Para (re)diseñar este tipo de pastorales nos vamos a centrar en cuatro rasgos pastorales que favorecen la inclusión femenina en la comunidad cristiana: la observación de la realidad, la reflexión conjunta desde la diversidad, la creatividad en los modelos de participación y el trabajo de empoderamiento. Me detengo un poco en ello.

  • La observación de la realidad: si una pastoral quiere ser eficaz debe aplicar el método pastoral ver–juzgar– Para poder observar y aprender sobre la realidad y contrastarla con le fe, necesita preguntar a las mujeres jóvenes qué buscan y qué necesitan. No son mujeres iguales a las de hace 30 años. Su cuerpo, su psicología, sus relaciones, comportamientos y decisiones han cambiado. Si queremos atenderlas y acompañarlas necesitamos escucharlas. Esta práctica fomenta una buena comunicación y empatía entre cristianas y cristianos y favorece procesos de reconciliación con la institución eclesial y con la comunidad cristiana local. No hay cosa peor que las mujeres salgan de la parroquia o movimiento eclesial con experiencias de dolor o rechazo. Evitémoslas con el diálogo.
  • La reflexión conjunta desde la diversidad nos permite analizar acontecimientos personales y experiencias comunitarias diferentes y contextualizarlos, agruparlos y codificarlos. De forma dinámica, dialogando, compartiendo y analizando juntos, estamos construyendo, entre todos, un relato de Dios que nos sana y nos libera. En ese diálogo deben estar presentes las historias de las mujeres jóvenes. Dialogar con ellas en las diferencias que entre ellas encuentran. Pasar de la homogeneidad femenina del sistema patriarcal a la diversidad real de las hijas de Dios. La diferencia, la singularidad, ayuda a comprender y a amar al otro con todo nuestro ser. Así estamos favoreciendo una pastoral que ama, y en el amor crece la fe.
  • La creatividad en los modelos de participación provoca cambios, transformaciones y emergencias de nuevas formas de acceder a Dios y a lo religioso en general. La creatividad es un fenómeno humano polisémico, en el que va a afectar lo individual, lo social, la forma de percibir, lo afectivo, la voluntad, la motivación, el contexto… Se trata de recuperar la idea de que sin las mujeres no somos un solo cuerpo (1Cor 12,12-24). Hay que recordar que es urgente que las mujeres participen en todos los niveles de la vida eclesial porque si no la comunidad de los discípulos y discípulas de Jesús se muere. Esto supone relaciones más fraternas, menos jerárquicas. Supone también romper la dinámica eclesial, francamente machista, de que las labores pastorales de cuidado y servicio son femeninas y hacer un reparto más creativo y diverso.

Se trata de recuperar la idea de que sin las mujeres no somos un solo cuerpo

  • El empoderamiento del sujeto individual y colectivo es un trabajo esencialmente pastoral como demostración de que la acción de Dios en nuestras vidas y su dinámica creativa nos dota de autonomía, participación, voz y decisión. Empoderar no es dar el poder a las mujeres. Es educar en la capacidad de tomar las riendas de la vida de forma autónoma, sin esperar que otros me digan qué tengo que hacer. La comunidad cristiana, el párroco o los miembros influyentes de la comunidad no están ahí para decir a las mujeres lo que tienen que hacer. La responsabilidad de la comunidad es acompañar a la persona, mujer u hombre, para que sea libre y tome decisiones desde la confianza en Jesús. Por eso es urgente que las pastorales eduquen en el discernimiento, la autoestima y la autonomía. Y esto produzca una toma de decisiones compartidas dentro de la comunidad donde la voz y experiencia de las mujeres también cuente. Este trabajo pastoral desemboca necesariamente en la participación en órganos de coordinación y gobierno de la Iglesia, debate actualmente abierto con el tema del diaconado de mujeres.

La responsabilidad de la comunidad es acompañar a la persona, mujer u hombre, para que sea libre y tome decisiones desde la confianza en Jesús

Los rasgos que aquí expongo suponen un momento de oportunidad que puede desembocar en una renovación pastoral en la Iglesia católica. Esta renovación debe ir a la raíz de los problemas eclesiales. Uno de ellos es la no inclusión de las mujeres en la vida activa y participativa de la Iglesia. La propuesta de renovación pastoral apuesta por que los hombres dejen ocupar espacios eclesiales a las mujeres, pues van a aportar una riqueza y frescura nueva. Por otro lado, animar y favorecer que las mujeres tomen las riendas de su fe y se atrevan a ofrecer su mirada y colaboración.

No es posible una Iglesia de la Misericordia sin una renovación que rompa la incongruencia interna de la Iglesia que sigue pidiendo a las mujeres que acepten un papel pasivo. La pastoral puede ser camino de liberación, espacio de creación de nueva sinodalidad y transformación de estructuras eclesiales empobrecidas a comunidades igualitarias. Nos jugamos en ello la supervivencia del proyecto de Jesucristo. Nos jugamos el ser, de verdad, Sacramento de Salvación para la humanidad.

Nos jugamos el ser, de verdad, Sacramento de Salvación para la humanidad

[1] 267 padres sinodales, 23 expertos, 49 auditores y oyentes, 34 jóvenes entre 18 y 29 años.

[2] http://www.synod2018.va/content/synod2018/es/documentos/documento-final-del-sinodo-de-los-obispos-sobre-los-jovenes.pdf

[3] Recuerdo así la anécdota de la artista Maruja Mallo cuando con Margarita Manso paseó sin sombrero como reivindicación femenina por la Puerta del Sol de Madrid en 1927.

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