Editorial RPJ nº 547, Vaccinato tutti – Juan Carlos de la Riva

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Perdonadme el juego de palabras. Pero este número va de la Fratelli Tutti, y me tomo del propio Francisco la licencia para inventar palabras con tal de interpelarnos y crecer como fraternidad.

Seguramente quienes leáis estas líneas y recibáis esta revista tenéis, a estas alturas de la pandemia, el mismo enfado que yo. Pone uno la televisión y solo se habla de vacunas. Bien. Pero se habla de a ver quién vacuna más rápido, donde los más ricos del mundo pareciéramos competir en un concurso de niños abalanzados sobre un pastel, en un salvaje «a ver quién se lleva el trozo más grande». La longitud de la mirada de los políticos solo abarca la superficie dentro de la cual están sus votantes, y la política internacional se reduce a llegar a acuerdos y políticas que me hagan líder en gestión pandémica y vacunación exprés. ¿Nadie va a decir en los medios lo que me dijo en una Eucaristía un niño de 5º de primaria, que con la vacuna no se hace negocio, que debe ser para todos? También habrá sitio para las vacunas en este número de RPJ, pero sobre todo habrá sitio para el Tutti, todos, hermanos.

Este es el grito de Francisco, en mitad de un mundo enfermo que se cree no sano, sino encima listo. Se le reconoce al hombre como autoridad ética internacional, pero no se le hace el más mínimo caso, y no se retuitean sus propuestas simples y demoledoramente humanas: que todos y todas somos un inmenso nosotros, hermanos y hermanas, con un destino común y una responsabilidad solidaria.

Y, mientras, algunos eclesiásticos siguen criticando a Francisco. Le tachan de revolucionario y de rupturista, cuando no hace sino repetir palabras de san Juan Crisóstomo, que en el siglo IV hablaba ya del fin social que ha de tener la riqueza, y que «los bienes no son nuestros, sino de todos», o las de Basilio Magno, del mismo siglo, que gritaba por el «destino común del regalo de la creación», o también las del coetáneo Ambrosio de Milán, que cuestionaba diciendo «¿por qué vosotros, los ricos, os atribuís un derecho de propiedad? Eres su servidor, no su dueño». Siento mucho que entre las propuestas pastorales de juventud se abra camino exitosamente el fundamentalismo y la relación individualista con un Dios que no remite a los hermanos, sino que simplemente engorda la autocomplacencia espiritual.

Y otros le tachan de comunista o masón, de ideológico. Parece que prefirieran un papa que solo hable a los bautizados por la Iglesia romana y les diga lo que tienen que hacer, sustituyendo su discernimiento y conciencia por un supuesto magisterio «claro y distinto» que ni Descartes lo hiciera mejor.

Pero Francisco sale a las ovejas que no son de este redil y quiere escribir e interpelar a toda persona humana precisamente apelando a su indistinta condición de persona humana, como parte de un nosotros relacional y habitante de un don creacional, inmensamente amada y por eso inmensamente responsabilizada. Y traduce a palabras llanas el humanismo antropológico que renace después de batallar con las ideologías antihumanistas, las que destruyen la concepción de la dignidad humana y redujeron al ser humano a un resultado azaroso de leyes aún ignotas y, por tanto, incapaz de sostener en su ser ninguna dignidad ni derechos, justificándose así la vuelta a la ley de la selva. Y también se atreve a cuestionar los humanismos de corte neoconservador y esencialistas que enfocan al ser humano en su individualidad como tocado por el dedo de Dios, con esencia perenne, pero que renuncian a la dimensión dialógica del ser humano, a la necesidad de encuentro, a la búsqueda de la situación ideal de diálogo que ya Kant postulaba, y Apel y Habermas abogan hoy: una situación que supere la asimetría del descarte de los más pobres y propugne una mesa fraterna para un diálogo universal. Y recoge de Levinás su deseo de filosofar desde el dolor de las víctimas, desde el desconcierto de la violencia y el hambre. Y de Zubiri la necesidad de hacerse cargo, cargar con y encargarse de la realidad que hace al ser humano humano.

Pero no es en el terreno de la filosofía donde está el mejor aporte de la Fratelli Tutti, sino en el de la praxis. Renacen los sueños que iluminaron la gestación de la Declaración de los Derechos Humanos, de aquellos tiempos en que los hombres nos horrorizamos de la pérdida de humanidad posible. Renace el sueño de un perdón como estrategia, de una misericordia incondicional, de una paz sin querer hacer al otro como yo, de un encuentro que me haga ser yo en un nosotros poliédrico y, sin embargo, hermoso.

Termino con la referencia fundamental que enlaza con lo más joven de la encíclica, la palabra amistad. Amistad social. Cualquier joven la entiende. Cualquier joven la disfruta ya. Cualquier joven es capaz de incluir en su cuadrilla al latino y al árabe, al diferente y al igual. Que no le quitemos esa capacidad haciendo espacios segregadores en escuelas o parroquias, sino que le animemos a moverse como hermano en el encuentro con todos, y regalar ahí su diferencia y quizá su ser Evangelio vivo.

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