Editorial RPJ nº 544 ¿Qué hago aquí? – Juan Carlos de la Riva

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En el momento de escribir estas líneas nos enfrentamos a un nuevo curso con muchos interrogantes en la cabeza sobre lo que sí podremos hacer y lo que no, tanto en nuestra vida laboral como privada, en las actividades de ocio y en las educativas y, por supuesto, también en las actividades pastorales. Sentimos que se nos pide un esfuerzo de creatividad pastoral, tema que ya abordamos en nuestro número del mes de febrero de este mismo año, cuando nada nos hacía pensar en lo que vendría.

En este número queremos abordar un tema de fondo que puede ir muy vinculado a la situación de crisis generalizada en la que nos toca a todos vivir, pero que sin duda afecta de un modo especialmente intenso a los jóvenes. Si algunas personas necesitan más que nadie el influjo positivo del entorno social y el beneficio de unas relaciones humanas cuidadas y cercanas, son los adolescentes y los jóvenes. Y esa intensidad de relaciones es precisamente la que está quedando más comprometida, cuando se nos recomienda limitar al máximo nuestro contacto con los demás. Este verano nos han faltado los campamentos, los voluntariados, los campos de trabajo, los caminos de Santiago… Volvemos en septiembre con incertidumbres y miedos, con una nueva situación que nos dicen durará mucho tiempo. Podemos, además, añadir las dificultades que la situación plantea para la búsqueda de empleo, o para vivir en situaciones económicas más desfavorables por reducción de ingresos familiares u otras circunstancias. ¿Están nuestros jóvenes preparados para una crisis como la que afrontamos?

Con gran acierto, la parroquia que por domicilio me corresponde organizó ya en mayo a un equipo de voluntarios entre los que se reunieron educadores y profesionales de la psicología y la orientación, para acercarse a los jóvenes, detectar cómo estaban viviendo la pandemia y tenderles una mano amiga en su vivir con ella. Conversando con el párroco, me hablaba de los muchos casos que habían detectado con cuadros de ansiedad, con situaciones de regresión, con déficit de socialización que los llevaban a replegarse en su mundo interno y seguro, con complejos y sentimientos de inferioridad, a veces provocados por resultados positivos en pruebas PCR realizadas a familiares o, en otras, al sufrir pérdidas de seres queridos sin posibilidad de un duelo bien elaborado. Los voluntarios de este equipo vieron que «hay tajo» para trabajar.

Esto hace que el tema que nos habíamos planteado para este número, ya antes de la situación que compartimos, adquiera especial vigencia y actualidad. ¿Están nuestros jóvenes preparados para afrontar y vivir situaciones complejas como la que vivimos, que inciden tanto en tantas dimensiones de su vida?

Este número quiere pensar un poco sobre ello y despertar la vocación especialísima de cuidadores de nuestros jóvenes en su fragilidad. En el tema del mes apuntaremos algunos datos y abriremos perspectivas de trabajo para que nuestra Iglesia sea hospital de campaña para los jóvenes. También Juan Bellido nos inspirará en este cuidado al joven herido, orientándonos en las actitudes y estrategias indispensables para que la experiencia de encuentro con el joven sea para él buena noticia sanadora y liberadora.

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