Editorial RPJ nº 536: Francisco – Juan Carlos de la Riva

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Pensé que no era para mí. Que ya pasé la edad de proyectar y de soñar, de hacer deporte y trasnochar, de criticar y de arriesgar. Ponía para los jóvenes y tentado estuve de leerla solo para comentarla, leerla para otros, leerla para convertirla en meras palabras. Pero sí era para mí. Y me ha rescatado de un repentino ataque de ancianidad. Era para el joven que yo también soy, para el joven que todos somos en la misma juventud eterna de Jesús.

Y la firmaba un anciano. Francisco. Y como el mismo Hitchcock en sus películas, nos hace un guiño desde su vigorosa prédica a la juventud, para confesarnos que, a su edad, hacer de papa le ha hecho joven. («El Señor me amplió los horizontes y me regaló una renovada juventud», 160), y que lo que dice aplica en primera persona. ¡Cualquiera se atreve a decirle que ya no estoy para trotar, que el médico del cuerpo me dijo que me cuide, que la prudencia, que la mística del dejarse hacer… cualquiera le replica a este anciano, que nos invita a no dejarnos robar nuestra propia juventud!

Siento fuerza en sus palabras. Siento que entiendo el verbo exhortar, que tantas veces me pareció excesivo para un documento. Siento que los jóvenes quizá lo entiendan y lo lean.

Exhortar es gritar. Y me he reencontrado con todos sus gritos a los jóvenes, desde el ¡Hagan lío! hasta el ¡No balconeen su vida!, (143) desde el que la vida de ustedes no es un mientras tanto, sino un ahora de Dios (178), ni están ustedes en una subasta, ni tienen precio (122) , hasta el darle juego a Jesús para que venza (155), pues tu Amigo quiere triunfar en ti (126); desde los ojos que ven porque las lágrimas los limpiaron (76), hasta el gran sueño de Dios que es Jesús, que es una persona, que corre por nuestras venas, estremece el corazón y lo hace bailar (156).

Pero en la Exhortación también he escuchado los gritos de los jóvenes: escuchados, pasados por la Palabra y rebotados de nuevo a la juventud de todos. Los gritos lanzados a una Iglesia clerical, sin escatimar la palabra rabia con que los jóvenes sienten las traiciones de la Iglesia, y que recuerda la ira del propio Dios (96); los que lanzan a unos adultos que se conformaron con llevarse bien con ellos sin ser referencia educativa (80); los que ocasiona el dolor sufrido del joven descartado migrante o en su periferia existencial, o los gritos de alegría que se le escapan al joven que transformó su turismo social en compromiso de cambio social y conversión de actitudes de vida, o incluso en encuentro con Jesús; he sentido el escuchar del joven que a la inquietud molesta de una edad le sucedía la madurez que decide y piensa en clave de amistad y fraternidad; he sentido escuchados los gritos que piden hablar de temas hasta ahora tabú como las identidades sexuales, las orientaciones; he sentido que los gritos digitales también se escuchaban, con sus mensajes directos al corazón, y sus peligros ciertos; también los gritos que quieren cambiar la Iglesia con un nuevo Pentecostés, y los gritos de los sueños que quieren ser reales y no se les deja, y los gritos de alegría y los de inclusión y fraternidad. Todos esos gritos, escuchados de los jóvenes, cribados en el Evangelio, y re-anunciados a la juventud de todos. Para ti, joven, y para todo lo joven que hay en cualquier persona.

También he encontrado nuevos conceptos para que la juventud no pase sin dar fruto. Por ejemplo, que la tan valorada amistad se convierta también en amistad social como buscar el bien común, y pueda así parar las guerras y las hambres, (169). O ese otro concepto de las raíces que todo joven necesita (180-182), y que los manipuladores intentan destruir, pero que la relación con esa ancianidad fecunda y sus largas narraciones pueden preservar y hacer fértil en los jóvenes. Arraigados en el presente, para frecuentar el pasado y el futuro. O el otro de la Iglesia como una canoa donde ancianos orientan e interpretan y los jóvenes reman e imaginan el próximo recodo. O el que me parece más original y novedoso de «pastoral popular juvenil», ya metidos en la harina pastoral. Desde la clave de la sinodalidad para que los jóvenes sean evangelizadores de jóvenes, la pastoral ha de basarse en un caminar juntos y con dos grandes líneas de acción: la búsqueda-convocatoria a todos donde se privilegie el lenguaje del amor que despierte esperanza y deseos; y el crecimiento y maduración, basados en suscitar y arraigar grandes experiencias, abandonando el adoctrinamiento y buscando el encuentro gozoso con el Señor. Todo en espacios fraternos y atractivos que sean familia, en comunidades abiertas, vivas en la fe, con un llamado especial a la escuela que, como religioso educador, me toca especialmente.

Una pastoral que toca los distintos ámbitos, desde lo contemplativo hasta el servicio protagónico, las expresiones artísticas y la alegría deportiva, el medio ambiente y los regalos de la liturgia (224-229). Nos propone una pastoral popular juvenil (230), donde dejemos ejercer los liderazgos naturales, con capacidad para incorporar a todos, especialmente a los heridos (231), con espacios inclusivos donde todos tengan el deseo de dejarse encontrar por la verdad revelada de Dios (234), incluso para los que tienen otros credos o están ajenos a lo religioso. Lo popular entendido como un proceso lento, respetuoso, paciente, esperanzado, incansable, compasivo. (236). Y en salida, misionera, con una creatividad que solo los jóvenes tienen, para que llenen, por ejemplo, las redes sociales de Dios.

Termina el documento con movimiento sinfónico para hablar de la vocación, de la capacidad de los jóvenes para responder a las llamadas más profundas al amor y a sus concreciones en el trabajo y la familia, y del arte de discernir desde una profunda amistad con Jesús, que no se sustituye, y un ser acompañado por alguien que nos eduque la sensibilidad.

Todo un regalo de Francisco que dará su fruto en tantos equipos pastorales, en los que los jóvenes y los ancianos seguimos anunciando la Vida. Me gusta. Creo que la pueden leer mis jóvenes y quizá también les guste. Vamos, ¡al lío!

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