Editorial RPJ nº 533: Jóvenes con valores – Juan Carlos de la Riva

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En el momento de cerrar este editorial leo el discurso inaugural de Francisco y no dejo de asombrarme: su consejo repetido de buscar espacios de encuentro entre jóvenes y mayores, se hace más realidad que nunca en este hombre y su capacidad para conectar con los «nietos y nietas» de nuestro mundo.

Y leo su párrafo final, donde veo que se nos invita a «¡frecuentar el futuro!». Quizá no haya mejor manera de tomar decisiones que la de frecuentar el futuro. Quizá esta sea la única propuesta válida para educar la conciencia moral de nuestros jóvenes: eres el futuro que quieres ver.

Miremos este par de genios del discernimiento bien diferentes, pero que podrían hermanarse por esta idea común de frecuentar el futuro. Hablo de Ignacio de Loyola, y hablo de Enmanuel Kant. El primero nos proponía en el número 43 de los Ejercicios Espirituales, el famoso examen del día, que sin duda es uno de los mejores aportes de este santo a la espiritualidad moderna. Estos diez necesarios minutos terminan con una mirada al futuro predecible de al menos el día siguiente…

Usando mi agenda si es necesario, considero mi futuro inmediato. Tomo conciencia de los sentimientos –ansiedad, duda, cansancio, alegría, tranquilidad, debilidad, remordimiento– que surgen mientras repaso las reuniones, conversaciones, charlas, los viajes, trabajos, etc., que espero para mañana y los convierto en una oración de petición, de alabanza, de gratitud, etc.

Kant nos invita a frecuentar un futuro aún más lejano pero importantísimo: «Obra sólo según aquella máxima por la cual puedas querer que al mismo tiempo se convierta en ley universal». O sea, piensa en el resultado futuro para la humanidad si tu acción la hiciera todo el mundo…Interesante.

Que nadie nos robe ese futuro. Sí, es cierto que no estamos en épocas de grandes utopías, cierto. Que los grandes relatos con final feliz solo prevalecen en el cine, y no son para ser creídos sino solo para entretenerme. Pero la vida que hay que construir y la sociedad que hay que consensuar no son una ficción. Por eso el llamado del Sínodo a educar sujetos críticos capaces de discernir su vocación y su respuesta a la realidad.

Las escuelas cada vez somos más conscientes de la necesidad de educar sujetos autónomos y capaces de dirigir sus propios pasos. El Instrumentum laboris ha destacado el papel insustituible de la educación en la creación de sujetos capaces de discernir para su plenitud personal y para el bien común. Recordamos aquel gran titular de Delors en La educación encierra un tesoro, pidiendo que la escuela asuma su gran tarea de ayudar a Aprender a Ser.

Hoy se definen las competencias para aprender a aprender y para pensar, para convivir, social y cívica, para aprender a ser, para la autonomía, saber ser uno mismo. Posibilitar las experiencias necesarias para que eso se dé requiere una concreción didáctica en el día a día de la escuela, y en los últimos años vamos detectando un verdadero esfuerzo por renovar las metodologías y las estrategias de evaluación, haciendo más caso a algunas pedagogías alternativas que han puesto en el centro el proceso de autonomía del niño o niña y su capacidad para ser crítico ante sí mismo y ante la realidad. Pero no podemos educar simplemente la autonomía: hace falta ese futuro esperado y deseado hacia el que caminar. Aunque la cita de Francisco es larga, merece la pena que le escuchemos en su descripción de ese futuro por transitar:  

«Comprometámonos a procurar “frecuentar el futuro”, y a que salga de este Sínodo no solo un documento –que generalmente es leído por pocos y criticado por muchos–, sino sobre todo propuestas pastorales concretas, capaces de llevar a cabo la tarea del propio Sínodo, que es la de hacer que germinen sueños, suscitar profecías y visiones, hacer florecer esperanzas, estimular la confianza, vendar heridas, entretejer relaciones, resucitar una aurora de esperanza, aprender unos de otros, y crear un imaginario positivo que ilumine las mentes, enardezca los corazones, dé fuerza a las manos, e inspire a los jóvenes –a todos los jóvenes, sin excepción– la visión de un futuro lleno de la alegría del Evangelio».

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