Editorial RPJ nº 532 – Juan Carlos de la Riva

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Unos jóvenes cercanos quisieron ver mi cara ante uno de los vídeos del campamento que más les hacía reír. Consistía en una grabación de varios de los adolescentes del grupo atreviéndose a tocar el alambre de un pastor eléctrico, con su pequeña pero efectiva descarga eléctrica. La emoción era intensa. También la presión del grupo, que hacía aumentar la curiosidad y vencer el miedillo inicial a recibir el shock, alimentados por un deseo muy grande de sentir lo que otros se habían atrevido a sentir ya.

Uno podría pensar que es un vídeo tonto sobre unos tontos haciendo tonterías divertidas. A mí sin embargo me enseña algo sobre el tema que en este número nos ocupa, que es la pastoral que ayuda a madurar. Quiero aprender de aquí que nadie escarmienta en cabeza ajena, y que las cosas se aprenden por experiencia. Quiero aprender que el grupo invita a experiencias imposibles sin ese «¡Dale Paula!» que se repite una y otra vez en ese minuto de gloria juvenil. Quiero aprender que en aquellas experiencias donde no pase nada (no haya una especie de descarga eléctrica que cambie a la persona) no habrá proceso pastoral, ni Evangelio, ni nada. Quiero aprender que, si no presento a Jesús así, como un buen pastor que no deja indiferente, pero sobre todo si no se lo doy a tocar, a acalambrarse un poco con él, entonces no estoy anunciando nada. Quiero aprender que si nuestras celebraciones, actividades y reuniones no atraen como ese sencillo cable electrificado que da miedo, pero se hace irresistible, entonces los jóvenes no durarán en mi programa. Quiero aprender que ellos inventarían nuevas y atrayentes maneras de vivir el Evangelio que a mí no se me han ocurrido todavía. Quiero aprender que madurar es un proceso autónomo de descubrimientos, donde la fe coadyuva a lo humano en el crecimiento y creación de identidad personal, pero que necesita también experiencias de saltos de nivel, que le lleven al joven a vivencias nunca experimentadas, susceptibles de ser interpretadas en un horizonte de sentido.

Nuestro número 532 va de acompañar procesos de maduración humana y cristiana, sin contradicción, sino desde la convicción de que parecerse a Jesús despierta en cada joven lo mejor de sí mismo, de su identidad más propia e inimitable.

Nos ayudan en la reflexión la visión de Antonio Ávila, un poco más larga, como tema del mes, y los destellos sabios de otras cuantas firmas, que, desde la experiencia de acompañar al joven, nos apuntan dirección.

Resuenan todavía en mí los ecos de una carta pastoral de Pedro Aguado, general de los escolapios. Nos dice que somos pastores, sí (no sé si eléctricos, pero sí amantes de sus ovejas), pero también somos pescadores. Nos toca saber de mareas y temperaturas, de climas y calados, de barcos y de redes, de vientos y de estrellas. Hoy nos planteamos la pregunta sobre los caminos para la madurez, porque no queremos pez-queñines, sino grandes piezas que se atrevan a ser alimento para la vida del mundo. Una madurez que no se conforma con los criterios de autorrealización imperantes en el ambiente, sino que encuentra su identidad en el salir de sí, y no en la propia conquista; y que encuentra su libertad al liberarse de sus antojos y vivir desde el vínculo y el servicio, incluso esclavo, del necesitado; y que cuanto más sale, más dentro de sí se siente, y cuanto más olvidado de sí, más identificado en su ser profundo. Madurar desde lo espiritual es, sin duda, más de lo que las psicologías al uso están diciéndonos. ¿Sabremos acompañar tanta belleza?

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