Editorial, ciencia y humildad – Juan Carlos de la Riva

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¿Será que la ciencia se está sintiendo más humilde y limitada últimamente?

La pandemia nos ha traído muchas malas cosas. Pero es una crisis. Y crisis significa cambio. Los analistas nos están invitando a adoptar cambios. Mientras muchos quieren volver cuanto antes a la normalidad, y se empeñan en recuperar el nivel de consumo y el impenitente olvido de los otros y, más veces aún, otras, más pobres, algunos quieren aprender lecciones: la del respeto al planeta, la de la reducción del gasto, la de la superación de las brechas digitales, salariales, sanitarias, la del retorno a la fraternidad…

Una crisis es un momento para plantearse cosas. Y una de las que nos estamos planteando ahora, en la carrera por la búsqueda de una vacuna que nos salve, es la pregunta por la ciencia. Resulta que nuestro nivel tecnológico y científico no está siendo suficiente para afrontar esta situación, para librarnos de este mal, para mantener el espejismo de que todo se puede hacer. Eso de «si quieres, puedes», parece no estar funcionando para la ciencia, uno de los ámbitos más todopoderosos y supermánicos a los ojos del imaginario colectivo, también de los jóvenes.

Y de la crisis sanitaria surgen más preguntas que exigen otros parámetros valorativos bien diferentes a los de si «podemos o no podemos», y que tienen que ver más con la ética o con el sentido de la vida, y por tanto están más cerca de lo religioso.

En realidad, la ciencia siempre estuvo cerca de lo religioso–espiritual. Ya desde los griegos, el saber experimental se vinculaba a una sabiduría especial para vivir bien la vida única y buena que nos ha sido dada, y los científicos eran a la vez guías espirituales cuando no verdaderos líderes religiosos. La actividad científica estuvo vinculada durante todo su desarrollo histórico a un modo virtuoso de vivir y a una concepción espiritual del sentido de la vida humana en medio del cosmos. La cosa empezó a cambiar cuando adquirió su necesaria autonomía como saber propio con nuevos métodos experimentales, allá por el siglo XVII, pero aun así no dejó de sentirse vinculada a una concepción ordenada del universo y una visión moral de su sentido. Fue en el siglo XIX cuando comenzó a mirar por encima del hombro a la que hasta entonces había sido su madre e impulsora, la espiritualidad y la ética. Y comenzó a erigirse en su sustituto de verdad y sentido por sí mismo, en un planteamiento pragmático y eficientista, buscando conquistarlo todo para aumentar el poder del hombre y la mujer, pero sin preguntarse por su finalidad.

Hoy, sin embargo, la crisis vuelve a poner a la ética y a la espiritualidad en diálogo con la ciencia y la tecnología. Y los jóvenes y mayores nos hacemos preguntas: ¿llegará la vacuna a todas las personas o el sistema capitalista engullirá con su desigualdad las posibilidades de libertad para todos? ¿Se recuperará el planeta de nuestros desmanes o incrementará su rebeldía poniéndonos nuevas pruebas? ¿Está la muerte más cerca y presente de lo que queríamos pensar? ¿Son las pérdidas definitivas? ¿Se puede afrontar individualmente la vida, ante problemas de magnitud planetaria? ¿Somos criatura o creador? ¿Y si somos criatura, cómo vivir los límites que esa condición nos impone y qué pinta el Creador en esta vivencia? ¿Nos hablan los neurocientíficos de un cerebro social, hecho para amar junto al otro? ¿Nos hablan los astrofísicos de una inmensidad excesiva a nuestro entender? ¿Nos quitan los expertos en partículas una concepción ingenua de la materia?

La ciencia y la tecnología avanzan, pero cada avance parece aumentar las preguntas, más que orientar las respuestas. Y, sobre todo, cada avance sigue dejando terreno libre a la pregunta por la finalidad y el sentido de cada vida en particular y de la vida común en esta casa–universo regalada.

El papa Francisco ha incluido alguna reflexión sobre la ciencia en su Fratelli Tutti, que apunta también en esta dirección.

«Con el Gran Imán Ahmad Al-Tayyeb no ignoramos los avances positivos que se dieron en la ciencia, la tecnología, la medicina, la industria y el bienestar, sobre todo en los países desarrollados. No obstante, “subrayamos que, junto a tales progresos históricos, grandes y valiosos, se constata un deterioro de la ética, que condiciona la acción internacional, y un debilitamiento de los valores espirituales y del sentido de responsabilidad. Todo eso contribuye a que se difunda una sensación general de frustración, de soledad y de desesperación”».

«No se debe soslayar el riesgo de que un avance científico sea considerado el único abordaje posible para comprender algún aspecto de la vida, de la sociedad y del mundo. En cambio, un investigador que avanza con eficiencia en su análisis, e igualmente está dispuesto a reconocer otras dimensiones de la realidad que él investiga, gracias al trabajo de otras ciencias y saberes, se abre a conocer la realidad de manera más íntegra y plena».

Copiamos también algunas líneas de Dolores Aleixandre a propósito de la pandemia y el amor que nos reclama:

«Aprende las lecciones de la pandemia: los límites de la autosuficiencia y la común fragilidad, la conciencia de que, frente al virus de la Covid 19, no hay más defensa que el virus de la solidaridad.

Hazte de nuevo las preguntas esenciales, reflexiona sobre los retos planteados, el sentido de la vida, de las cosas y del mundo.

Prepárate para defender la vida, apreciarla como nunca, amarla, vivirla; no desde el temor a la muerte, sino desde la alegría de estar vivos.

Piensa junto a otros y a largo plazo sobre el futuro de la condición humana: qué decisiones y políticas públicas son necesarias para defender la vida y su disfrute, su sentido y su sentir».

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