Domingo de Ramos

Hoy celebramos el paso del desierto a Jerusalén, os invito a recorrer ese camino, un camino lleno de significado y de sentido. Emprendamos el viaje:  

El origen…y el camino: el desierto 

¿Qué es el desierto? ¿Qué significa? El desierto es el lugar en el que se forja el Pueblo, lugar de penurias y necesidades, lugar de carencia, lugar de dificultad, pero en medio de todo eso está la Alianza con Dios, que sustenta al Pueblo. El desierto es todo lo roto del mundo, los niños forzados a trabajar, las personas que mueren de hambre, el planeta que destruimos día a día, la injusticia, las guerras que solo traen violencia, destrucción y muerte. Ese es nuestro punto de partida, un mundo roto, en conflicto, imperfecto y de dolor. El desierto no es una prueba de Dios, pero el desierto pone a prueba nuestra relación con Dios. Dios habita en el desierto porque nos acompaña siempre, y con una cercanía especial cuando más lo neceitamos. 

El desierto me recuerda también a hacer el camino de Santiago, con su cansancio, con sus ampollas, con su dolor y su fatiga, pero caminando con compañeros, fraternos en Dios y con la Esperanza puesta en Él. El desierto y el camino ayudan a tejer red, porque es cuando nos sentimos pequeños y necesitados cuando nos dejamos hacer por Dios, y cuando acogemos y atesoramos la ayuda y el apoyo de la hermana.  

El destino: Jerusalén (El Reino de Dios) 

¿Qué significa subir a Jerusalén? ¿Cuál es la Buena Noticia de que Jesús entre en Jerusalén? 

«Id al pueblo que está enfrente de vosotros, y enseguida encontraréis un asna atada y un pollino con ella; desatadlos y traédmelos. Y si alguien os dice algo, diréis: El Señor los necesita, pero enseguida los devolverá.» (Mt 21). Para nosotros esto ha podido perder su sentido, pero para el pueblo judío que Jesús llegara montado en una asna y un pollino no podría haber sido más significativo. “Esto sucedió para que se cumpliese el oráculo del profeta: Decid a la hija de Sión: He aquí que tu Rey viene a ti, manso y montado en un asna y un pollino, hijo de animal de yugo.” (Mt 11). Por tanto, con este gesto Jesús está anunciando su llegada como el Rey manso anunciado por el profeta Zacarías. Está gritando al Pueblo: La paz llega a Jerusalén, vuestro dolor ha sido escuchado, el Reino de Dios ya está aquí. Por eso acogen a Jesús exultantes, celebrando que sus días de opresión por fin van a acabar. Los que acogen así este gesto son los pobres de Yahvé, los anawim, los caminantes del desierto, aquellos que en la sociedad judía de entonces eran oprimidos, aplastados, marginados, ¿cómo no van a celebrar el fin de su opresión? Jesús es su Esperanza hecha realidad. Está consumando la llegada definitiva del Reino de Dios, la que tanto habían esperado peregrinando en el desierto, con Jesús, vivir en el amor se hace posible, el mundo roto debe albergar esperanza porque Dios ya está aquí reinando, transformando la dinámica de opresión en una de amor. Porque no ha vuelto la espalda al dolor y al sufrimiento, sino que toma partido por los más débiles y frágiles. 

Subir a Jerusalén… simplemente lo cambia TODO. No podemos seguir en el desierto padeciendo porque tenemos una misión, construir piedra a piedra y codo con codo el Reino de Dios, es corresponsabilidad de todos, no podemos mirar hacia otro lado, es aquí y ahora, basta de esperas, toca ponerse en acción. Es la hora de ser profetas, de tejer lazos de fraternidad, de afrontar el conflicto, de crear paz, de calmar el dolor, es la hora de dejarle a Dios reinar. 

En palabras de Francisco: “Es posible comenzar de abajo y de a uno, pugnar por lo más concreto y local, […] Busquemos a otros y hagámonos cargo de la realidad que nos corresponde sin miedo al dolor o a la impotencia, porque allí está́ todo lo bueno que Dios ha sembrado en el corazón del ser humano” (Papa Francisco, Fratelli tutti).  

La celebración: Dios ya reina 

El pueblo acoge con palmas la llegada de Jesús. Las palmas representan la victoria del Pueblo en la dificultad. Pese al dolor, la opresión y el sufrimiento: la esperanza. Hoy celebramos que somos red fraterna, que somos constructores del Reino, que en Dios somos hermanas y hermanos. 

Si vuelvo a pensar en el Camino de Santiago, cada vez que he pisado la plaza del Obradoiro, me ha asaltado la emoción, la alegría, la gratitud. Después de las penurias, de las caídas, de las ampollas, de miradas llenas de cariño, de manos tendidas, de palabras de aliento, de abrazos… hemos llegado, pero no importa llegar, lo que importa es todo lo que hemos construido en el camino juntos, lazos fraternos, una fe más profunda, una generosidad más amplia, una mirada más cálida. 

Hoy no celebramos solos, individualmente, lo hacemos en comunidad, en red, en ἐκκλησία (ekklesía), celebramos que Dios es nuestra Esperanza, que nos sostiene, que Reina en nuestros corazones y deseamos que reine en el mundo. 

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