Domingo 6ºB, Piel protectora y conectora – Juan Carlos de la Riva

Hoy me copio unas buenas sugerencias que nos hace Serafín Béjar en un libro de comentarios al Evangelio que os recomiendo: «¿Qué tienes que no hayas recibido?», publicado recientemente por PPC.

Tienen que ver con la piel. Y es que en el Evangelio de hoy el protagonista es un leproso, Puede quedarnos un poco lejos lo de la Lepra. Aunque todavía existe, tiene ya una cierta cura o al menos disminución de los efectos que el bacilo de Hansen provoca en la piel y los cartílagos de las personas afectadas. Se ha caído ya el estigma que tenía hasta hace bien poco, por ser una enfermedad de la que se creía que era de fácil contagio (lo cual no es tan cierto) y que provocaba cierto desagrado a la mirada (esto sí, para nuestros ojos acostumbrados a sólo ver la belleza superficial y olvidar la profunda) Como esto también pasaba en tiempos de Jesús, pues el leproso sufría una marginación social muy fuerte, que además se justificaba con argumentos religiosos: eran personas impuras y de alguna manera rechazadas por Dios mismo, por lo que los hombres podíamos protegernos de ellos y relegarlos a las leproserías.

Serafín, en su comentario, nos habla de que a estas personas se les cae la piel a pedazos. Yo tuve en clase un «niño mariposa», con una enfermedad rara de la piel que lo hacía muy frágil y vulnerable. La piel se le escamaba y caía, dejando al aire la carne desnuda, con el consiguiente dolor. El muchacho necesitó protección durante toda su infancia: vendajes, auxiliares educativas que lo arropasen y evitasen que otros compañeros/as le hicieran mayores las heridas. Me viene esta dolencia a la memoria al hablar de cómo la pérdida de la piel les hacía vulnerables a estas personas, cómo la piel sirve en primer lugar para eso, para proteger. Y si falla, nos vemos frágiles.

La segunda función de la piel es la contraria, aparentemente: ponernos en contacto con el exterior. Millones de terminaciones nerviosas nos hacen sentir qué hay ahí fuera o cuánto me quiere alguien. La piel es el órgano sexual más grande, y en el ejercicio del sexo da y recibe amor y presencia a los que lo ejercen. Pareciera entonces que el leproso, además de ser vulnerable, está aislado al carecer de esa capacidad sensitiva que nos proporciona la piel.

Ser vulnerable y estar aislado. Esa es la lepra.

Y  la pregunta es también para tí, porque podríamos decir que si eres vulnerable y estás aislado, estás leproso. Hazte la pregunta sobre tu fortaleza, sobre lo que te protege y lo que no, lo que te hace más fuerte y te da más seguridad, y lo que, al contrario, te deja la carne a la vista, dolorida. Y pregúntate si te asilas tú, o te aíslan otros, si te comunicas, si contactas, si tu piel siente la realidad y establece un diálogo con ella, porque si no hay tal diálogo, estás aislado, maldito, leproso.

Hoy estamos recordando a un gran escolapio que falleció ayer, Iñaki Arriola, y me ha emocionado ver un vídeo que ha corrido por whatsapp donde, desde la Araucanía Mapuche donde tanto bien hizo, hablaba de ese contacto con la realidad, de la calidad con la que debemos dejarnos tocar por ella, para transformarla. Si quieres conocerle pincha en el video o en este enlace:

 

Si sientes que eres demasiado vulnerable y no encuentras fortaleza, o si sientes que te aíslas y no sientes la realidad en tu piel, hermano, hermana, te conviene la oración del leproso: «Jesús, si quieres puedes curarme»

Ma gusta cómo Jesús le dice que no se lo diga a nadie porque Jesús no quiere éxitos ni multitudes, sólo quiere el bien del pobre leproso. Lo único que le dice es que vaya a donde el sacerdote para ofrecer algo por su purificación, y de paso decirle a los del templo que Dios ha venido a curar y rescatar lo que ellos dan por maldito y perdido. Es un aviso para los titulares de la religión, que recuerden que el Evangelio es liberación, que todos somos dignos y dignas, y que Dios quiere la vida de todos y todas.

 

 

 

Lectura del santo evangelio según san Marcos (1,40-45):

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: «Si quieres, puedes limpiarme.»
Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Quiero: queda limpio.»
La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio.
Él lo despidió, encargándole severamente: «No se lo digas a nadie; pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés.»
Pero, cuando se fue, empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo, se quedaba fuera, en descampado; y aun así acudían a él de todas partes.

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