Domingo 6ºB La dignidad recuperada – Iñaki Otano

La ley judía consideraba al leproso impuro, y la lepra como un castigo por el pecado. El leproso tenía que vivir fuera de la ciudad y, cuando alguien se acercaba, debía gritar: “impuro, impuro”.

Jesús piensa que esa ley es injusta y que margina indebidamente a los leprosos. Hace entonces algo inaudito:

– Permite acercarse al leproso (contraviniendo la ley);

– escucha su súplica: Si quieres, puedes limpiarme (bien diferente del “impuro”);

siente lástima (Jesús no condena al leproso a la soledad, sino que se solidariza con él);

– extendió la mano y le tocó (increíble: no solo le permite acercarse sino que le toca, sin miedo a contaminarse de lo que la ley consideraba “impureza”);

– le cura: quiero; queda limpio.

Con su actitud, Jesús devuelve la dignidad de persona a aquel a quien las leyes y la gente consideraban indigno: Jesús mira más allá de lo que pueda pensar y decir la gente. Él tiene delante a una persona a quien ama y salva.

Jesús nos dice que nadie debe ser marginado. Y todos sin excepción podemos acudir a Él diciendo: Si quieres, puedes limpiarme. Y a quien se presenta así, Jesús lo rehabilita: Quiero, queda limpio. ”Aunque tú te avergüences de ti mismo y aunque los otros quieran lanzar sobre ti cualquier baldón o mancha, para mí cuentas como alguien importante”.

En este relato, no debe pasar desapercibido el modo como ora el leproso. A veces pensamos que orar es muy difícil o propio de los “especialistas”, de monjes y monjas dedicados a la oración.

Pensamos que hay que inventar frases bonitas o repetir monótonamente algo que sabemos de memoria. El leproso nos ofrece un ejemplo de oración de petición. No se prepara grandes discursos sino que expresa a Jesús su anhelo más profundo: Si quieres, puedes limpiarme.

En esa breve y sencilla oración, salida del alma, muestra toda su fe en Jesús. Solo Él podrá devolverle su dignidad humana, vale la pena confiar en Él.

Es una invitación a hacer sencilla nuestra oración: decirle a Jesús lo que nos preocupa, lo que nos alegra y lo que nos entristece, nuestras esperanzas y nuestros miedos, y dejarnos limpiar por Él. Solo Él puede rehabilitarnos de lo que nos avergüenza ante nosotros mismos y ante los demás.

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: “Si quieres, puedes limpiarme”. Sintiendo lástima, Jesús extendió la mano y lo tocó, diciendo: “Quiero: queda limpio”. La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio. Él lo despidió, encargándole severamente: “No se lo digas a nadie; pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés”. Pero, cuando se fue, empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en descampado; y aun así acudían a él de todas partes. (Mc 1,40-45)

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