Domingo 4ºB Asqueroso y dividido, pero de ahí se sale – Juan Carlos de la Riva

Me ha entrado la curiosidad de buscar en el diccionario de la RAE la palabra inmundo. En la rae pone “sucio, asqueroso”, y como segunda acepción “impuro”. En otro diccionario dice “que está muy lleno de basura o suciedad”.

En el siglo XXI hemos relegado a los demonios al ámbito de las películas de miedo. Pero no está tan claro que haya dejado de haber personas sucias y asquerosas, llenas de basura y suciedad. ¿Verdad que no? Digo esto cuando en la tele no hacen más que salir noticias de cómo hay colones que se ponen la vacuna sin que les toque (¡qué bonito! diríamos espontáneamente, queriendo decir obviamente lo contrario: ¡qué sucio y qué asqueroso!) o la noticia todavía más fea y cochina de que las vacunas se vendan en el mercado al mejor postar, los ricos compramos vacunas y a los pobres les dejamos sin nada (al revés que lo que cantó María en el Magníficat). ¡Qué bonito!

Otra nota característica del demonio de nuestro evangelio dominical es la división. ¡Es un demonio que habla en plural! Y no es ese plural mayestático de la autoridad, porque aquí en este evangelio lo que más claro queda es que la autoridad la tiene Jesús, que no necesitó subirse a ningún pedestal ni tener medallas ni cargos para demostrar que sabía lo que decía y su palabra tenía autoridad. No. Es el plural de la división. Esa persona estaba dividida. Y eso es uno de los signos de los tiempos: la división. Divididos por dentro, y consecuentemente divididos por dentro.

Divididos por dentro porque funcionamos con varios yoes contradictorios, y sin una voz rectora (autorizada) que gobierne el yo caprichoso que quiere hacer lo que le apetece, del yo leguleyo que se autoimpone cargas y exigencias y quiere ser más que los demás, del yo individualista que no ve la realidad… del yo bueno, que a veces también quiere tener su momento de gloria, pero queda asfixiado entre tantos otros yoes que pugnan por salir a escena.

Y claro, esto hace que nos dividamos por fuera también. Es que en realidad no creemos en la unidad, sino en la división. No nos creemos capaces de ser una familia, si estamos divididos incluso por dentro y no podemos poner de acuerdo nuestras tendencias diferentes y contrapuestas. “Un reino dividido internamente no puede subsistir; una familia dividida no puede subsistir”: nos había dicho la palabra autorizada de Jesús.

Y digo esto en el día que recordamos la muerte de Gandhi, aquel hombrecillo que creyó en que el ser humano puede unificarse y puede ser familia, y se convirtió en palabra autorizada para solucionar uno de los conflictos más complejos de la historia del siglo XX. Vaya para él nuestro homenaje agradecido de hoy, como palabra autorizada, como la de Jesús.

Vuelvo a la historia de Jesús que nos ocupa. Esta persona asquerosa y dividida, sin embargo reconoce al “santo de Dios”, reconoce dónde está la vida y la luz. Nuestra maldad sabe dónde está el bien. Qué nos pasa, pues que como lo queremos todo, nos quedamos sin nada. Como dejamos hablar al egoísmo y al altruismo al mismo tiempo, pues gana quien grite más. Sé que eres el santo de Dios, pero no vengas a destruirme, a cambiarme, a transformarme, a renovarme. Estoy bien como estoy, asqueroso y dividido.

Él, como Jesús, supo decir a la gente ¡Cállate y sal de él! Qué palabras tan contundentes. No dejes hablar a lo feo y sucio de tu persona, y sepárate de todo eso, porque tú no eres eso. Lo buenísimo para mí de todas las historias de endemoniados de los evangelios es que siempre queda claro que debajo de ese ser feo que se revuelve como una culebra, hay una persona íntegra que hay que rescatar.

Podemos hacernos la pregunta de qué persona hermosa hay que rescatar en esa otra malhumorada que me humilla cada día, o en la que pasa de mí, o en la que me traicionó… Es la pregunta que se hacía Jesús. Y no le importaba arremangarse y ensuciarse en la mugre, para desatascar la porquería. Me viene a la mente, y disculpar la grosería, una foto que tengo de un campamento en la que me tocó el oficio de vaciar el depósito de una letrina química y dejarla operativa y agradable de nuevo. Pero es que Jesús bajó a los infiernos, lo decimos en el credo.

Ásí que, si crees que estás feucho y medio roto por dentro, no dudes en ponerte delante de Jesús y escuchar con autoridad su palabra sanadora que tú puedes repetir con el a tus demonios: ¡callaos y dejadme vivir la Vida!

 

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos entraron en Cafarnaún, y cuando el sábado siguiente fue a la sinagoga a enseñar, se quedaron asombrados de su doctrina, porque no enseñaba como los escribas sino con autoridad. Estaba precisamente en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo, y se puso a gritar: “¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno?¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios”. Jesús lo increpó: “Cállate y sal de él”. El espíritu inmundo lo retorció y, dando un grito muy fuerte, salió. Todos se preguntaron estupefactos: “¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen”. Su fama se extendió en seguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea. (Mc 1,21-28).

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