DOMINGO 34 CICLO C CRISTO REY– Juan Carlos de la Riva

Fin del ciclo litúrgico, Cristo Rey. Pocos se acuerdan de esta fiesta de Cristo Rey.

Llegará el Adviento, que siempre viene con más entusiasmo, pero algunos están ya esperando el Black Friday, para gastar ese día una media de 256 euros por persona en España.

Culmina este mes de noviembre, cargado de mensajes sobre cómo terminará todo, llenos de esperanza última, más allá de las decepciones de cada día, e incluso de cada año, legislatura, etc… Y termina diciendo que al final nos espera Jesús. Que todo termina bien, como en las películas de acción (no así en muchas películas más costumbristas, que nos quieren precisamente acostumbrar al pesimismo).

No ayuda mucho esto de llamar a Jesús Rey del Universo. Lo de Rey queda ya caduco o para gente muy monárquica, que cada vez los hay menos. A lo mejor habría que actualizar lo de Rey del Universo, y poner Presidente del Gobierno de todo, por ejeEmplo. Aunque más de uno pensará que la cosa empeora todavía más, en estos tiempos en que mucha gente quiere ser presidente de nuestro gobierno.

Además, eso de que le llamaran rey en vida quizá fue uno de los motivos que lo llevó a la cruz. El soldado que escribió aquello de INRI (Iesus Nazarenus Rex Iudeorum) se ganó un buen regaño del centurión que le dijo que había que corregirlo, que había que poner “El dice que es Rey de los judíos”. Pero el soldado, no sabemos si por vagancia y no volver a rehacer todo el escrito, o porque en su fuero interno respetaba a Jesús, dijo que “lo escrito, escrito está”. Y acertó poniendo que era Rey (lo de los judíos acertó menos, porque no están por la labor de seguir a Jesús los actuales israelitas…).

Quizá tendríamos que actualizar los piropos a Jesús. Decirle cosas chulas. El lenguaje teológico es precisamente eso, un piropear continuo a Jesús. No es tan racional como nos han intentado hacer ver tantas discusiones teológicas a lo largo de los siglos. Destacaría la de lo del hijo de Dios, que dio tanto que hablar, discutiendo qué palabra poner para acertar en las cosas de la vinculación de Jesús con el Padre… Olvidaron estos teólogos que buscaron apoyo en la filosofía, que la teología expresa algo subjetivo, existencial: quiere recoger qué acontecimiento hay para mí en la figura de Jesús, más allá de definiciones objetivadas.

Así que os invito a buscar un piropo para Jesús. Un buen piropo que exprese lo mucho que significa para ti. No pongas Rey si no manda nada en tu vida, y no quieres que oriente nuestra colectividad. No pongas salvador si no te ha sacado de ningún apuro. No pongas maestro si no recuerdas ninguna de sus lecciones. No digas Señor si no sabes ser su esclavo… Los niños dicen que Jesús es su amigo, y lo dicen con todo su corazón… Cómo me gusta oírles decir que Jesús es su gran amigo.

Pero volvamos al tema de la esperanza. Qué bonito ver a Jesús dando esperanza al que está al lado. Hoy estarás conmigo en el paraíso. Si eso se lo hubiera dicho alguien que pasaba por allí, que no estaba en ese trance de morir en una cruz, no tendría tanto valor. Sin embargo se lo dice aquél que está en la misma situación. Jesús consuela desde el sufrir con toda la humanidad que sufre.

Tengo una anécdota muy bonita sobre esto. Estaba yo en Venezuela, en el barrio del Trompillo, presidido por el Cerro de la Cruz… Su estampa blanca se veía desde todos los ranchitos del barrio de 40000 almas sufrientes. Un buen día la cruz desapareció del skyline del barrio: la noche anterior hubo una tormenta fortísima, y quizá un rayo la derribó. Estaba ya dañadita y oxidado su corazón metálico, blanco de pistoleros malandros que probaban sus pistolas acertando a darle a la cruz de 8 mts de alta. Como si fuera poco estar crucificado, para que vengan luego y te baleen.

La gente venía a la parroquia preocupada. Unos, que si era una señal, otros que si habíamos hecho algo malo… otros incluso, que el párroco (o sea yo) había hecho algo malo… Pero unos cuantos se pusieron a pedir dinero con sus latuchas, de casita en casita, para poder repararla o hacer una nueva. Yo, cura del barrio, pensando que mejor que se ocupe la alcaldía… con cara escéptica… Pero la gente recaudando dinero. Y gentes que no tenían para comer, ni agua en su ranchito, daban dinero para la cruz…

Y yo con mi cara de extrañeza occidental: pero… ¿no es mejor comprar harina o arroz?

Hasta que una abuelita me dijo; Ay padre, usted no entiende nada. Esa cruz nos recuerda a todos nosotros, los pobres, que aunque todos nos olviden, Dios está ahí con nosotros, en medio de nosotros, crucificado con nuestros dolores…

Toda la teología del seminario se me vino abajo, frente a esa descomunal predicación de la Ramona, abuelita desdentada que sin pedir nada a cambia barría todos los días la capilla.

Jesús reinaba para Ramona y para aquella gente de barrio. Y lo hacía dando esperanza, no promesas como los políticos. Dando compañía, no slogans. Dando razones para seguir luchando y compartiendo como barrio, pues Dios-con-nosotros (y ya casi me meto en el adviento) consigue, aún crucificado, lo que nadie en la tierra puede hacer: dar alegría al que sufre y esperanza al olvidado.

Leí una parábola que me gustó tanto que la he usado en cantidad de ocasiones en grupos de jóvenes para hablar del sentido de la vida… Es de Leonardo Boff. Dice así.

Lectura del santo evangelio según san Lucas (23,35-43):

En aquel tiempo, los magistrados hacían muecas a Jesús diciendo:
«A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido».
Se burlaban de él también los soldados, que se acercaban y le ofrecían vinagre, diciendo:
«Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo».
Había también por encima de él un letrero:
«Este es el rey de los judíos».
Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo:
«¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros».
Pero el otro, respondiéndole e increpándolo, le decía:
«¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en la misma condena? Nosotros, en verdad, lo estamos justamente, porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha hecho nada malo».
Y decía:
«Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino».
Jesús le dijo:
«En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso».

Palabra del Señor

Un tren corre veloz hacia su destino. Corta los campos como una flecha. Atraviesa las montañas. Pasa los ríos. Se desliza como un hilo en movimiento.

Dentro de él se despliega todo el drama humano. Gente de todo tipo. Gente que conversa. Gente que calla. Gente que trabaja en su ordenador. Gente de negocios, preocupada. Gente que contempla serenamente el paisaje. Gente que ha cometido crímenes. Gente que es buena gente. Gente que piensa mal de todo el mundo. Gente solar que se alegra con el mínimo de luz que encuentra en cada persona. Gente a la que le encanta viajar en tren. Gente que por razones ecológicas está contra el tren. Gente que se equivocó de tren. Gente que no se cuestiona; sabe que está en su rumbo y a qué hora llega a su ciudad. Gente ansiosa que corre a los primeros vagones con el afán de llegar antes que los demás. Gente estresada que quiere retrasar la llegada todo lo posible y se va a los últimos vagones. Y, absurdamente, gente que pretende huir del tren andando en dirección opuesta a la que lleva el tren.

Y el tren impasible sigue hacia su destino, trazado por los raíles. Lleva a todos despreocupadamente. No rechaza a nadie. Sirve a todos y a todos proporciona un viaje que puede ser espléndido y feliz, garantizando dejar a cada cual en el punto de destino establecido en su ruta.

En este tren, como en la vida, todos viajamos gratuitamente. Una vez en movimiento, no hay como escapar, bajar o salir. Uno puede enfurecerse o alegrarse; no por ello el tren deja de correr hacia el destino prefijado y llevar a todos cortésmente.

La gracia de Dios —su misericordia, su bondad y su amor— es así, como un tren. El destino del viaje es Dios. El camino también es Dios, porque el camino no es otra cosa que el destino realizándose paso a paso, metro a metro.

La gracia carga a todos, a los que están a favor y a los están en contra. Negándolo, el tren no se modifica. Tampoco la gracia de Dios. Sólo el ser humano se modifica. Puede estropear su viaje, pero no puede dejar de estar dentro del tren.

Acoger el tren, hacerse amigo y compartir con los compañeros de destino es ya anticipar la fiesta de llegada. Viajar ya es estar llegando a casa. La gracia es «la gloria en el exilio, la gloria es la gracia en la propia tierra» como decían los antiguos teólogos.

Rechazar el tren, correr ilusoriamente en dirección contraria, no sirve para nada. El tren carga y lleva también a estos rebeldes con toda paciencia, porque Dios se da indistintamente a buenos y a malos, a justos y a injustos.

La vida, como la gracia, es generosa para con todos. De vez en cuando nos hace darnos cuenta de la realidad. En ese momento —y existe siempre el momento propicio para cada persona humana— el recalcitrante se da cuenta de que es llevado gentil y gratuitamente. De nada sirve su resistencia y su rechazo. Lo más razonable es escuchar la llamada de su naturaleza y dejarse seducir por la oportunidad de un viaje feliz.

Entonces se deshace el infierno interior e irrumpe gloriosamente el cielo, el rostro humanitario de Dios. Descubre la gratuidad del tren, de todas las cosas y la presencia de Dios. Hay un destino bueno para todos; para cada cual a su medida.

Y tú, lector y lectora, ¿cómo viajas?