Domingo 32 B, El don del pobre – Iñaki Otano

Un cuadro de fuertes contrastes. Por un lado, los arrogantes que alardean de ser superiores a los demás con signos externos ostentosos. No tienen, sin embargo, ningún pudor para apoderarse, con pretextos religiosos, de los pocos bienes que les quedan a las pobres viudas.

            En el otro extremo, la viuda pobre. No tiene nada que lucir y de que presumir. A la muerte de su marido, se quedó en el mayor desamparo. Ocupa un lugar humilde, no pretende grandezas, sino simplemente confiarse a su Dios. Los dos reales que tenía los ha dado generosamente porque es su manera de decir al Señor que le quiere y que se acoge a Él.

            Jesús saca una conclusión. Esta mujer, en su pobreza, sabe lo que se hace. No está hueca por dentro. Ha encontrado en el Señor a su protector.

            Un teólogo jesuita, Victor Codina, que lleva muchos años entre los pobres de Bolivia, dice que “los que tienen la vida continuamente amenazada necesitan y buscan la protección de Dios. Quizá algunos se escandalicen al ver cómo los pobres desean que el agua bendita les rocíe y llegue a tocarlos, o que se lleven a sus casas velas bendecidas en el templo. Pero este escándalo es farisaico y de gente que no padece hambre ni sabe lo que es sobrevivir en un mundo de pobreza, enfermedad y continuas amenazas. Pero cuando el rico y poderoso se encuentra en peligro y se siente impotente (enfermedad, desgracia, terremoto, muerte…), también muchas veces acude a la velita o a la imagen o estampa protectora”.

            La viuda pobre del evangelio busca la protección de Dios como ella sabe. El mismo teólogo citado se hace a sí mismo una pregunta sorprendente: “¿por qué no se suicidan los pobres, sino que luchan por la vida, se casan, tienen hijos, esperan un mañana mejor, compran flores y celebran fiestas?”. Para él, la respuesta es profunda y sencilla al mismo tiempo: “el Señor, que les revela los misterios del Reino, suscita en ellos una gran esperanza; sienten que Diosito siempre les acompaña”.

            Aquella viuda, que se sabía privilegiada de Dios a pesar del desdén de los hombres, quiere agradecérselo con esos dos reales, que a ella le son  necesarios y que a Dios no parece que le resuelvan nada. Etty Hillesum, la joven judía holandesa que murió en Auschwitz en 1943, dice en su rico diario espiritual que hay que ayudar a Dios. Ayudar a Dios suponía confiar en  Él y entregar su vida al servicio de sus compatriotas judíos.

En aquel tiempo enseñaba Jesús a la multitud y les decía: “¡Cuidado con los letrados! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en la plaza, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas con pretexto de largos rezos. Esos recibirán una sentencia más rigurosa”.

Estando Jesús sentado enfrente del cepillo del templo, observaba a la gente que iba echando dinero: muchos ricos echaban en cantidad; se acercó una viuda pobre y echó dos reales. Llamando a sus discípulos les dijo: “Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el cepillo más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir”. (Mc 12,38-44)

 

Te interesará también…

Newsletter

Recibirás un correo con los artículos más interesantes cada mes.
Sin compromiso y gratuito, cuando quieras puedes borrar la suscripción.

últimos artículos

Anillo del profesor – Josep Périch

Anillo del profesor – Josep Périch

Un alumno se dirigió a su profesor:  -Me siento tan poca cosa… Dicen que no sirvo para nada, que no hago nada bien, que soy tonto y muy idiota. ¿Qué puedo hacer para que me valoren más? El profesor, sin mirarlo, le dijo: -Lo siento, ahora no puedo ayudarte. Primero...