Domingo 30 CICLO A Amar a Dios y al prójimo – Iñaki Otano

En aquel tiempo, los fariseos, al oír que había hecho callar a los saduceos, se acercaron a Jesús y uno de ellos le preguntó para ponerlo a prueba: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?”. Ël le dijo: ’Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser’. Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas”.  (Mt 22, 34-40)

Pedro Casaldáliga dice que “todo es relativo menos Dios y el hambre”. Dios es el Absoluto. Amarle a Él es crucial en nuestra existencia. Es un Dios que se hace humano  hasta el punto que la llamada a amarle a Él es, al mismo tiempo, llamada a amar al otro. Si no se debe relativizar ni ningunear a Dios, tampoco se puede relativizar ni ningunear al ser humano, sobre todo al que pasa hambre o necesidad. Por eso, el mandamiento del amor al prójimo es semejante al del amor a Dios. Cómo nos comportamos con los demás muestra si amamos a Dios o no. La primera carta de Juan es contundente: “Quien no ama al hermano que ve no puede amar a Dios a quien no ve”.

Si el amor a Dios resulta falseado cuando se ningunea o margina al hermano, también el amor al prójimo queda incompleto si se olvida explícitamente a Dios. El Papa emérito Benedicto XVI decía que “sin Dios el hombre no sabe a dónde ir ni tampoco logra entender quién es… El humanismo que excluye a Dios es un humanismo inhumano”.

            Para comprender lo unidos que están el amor a Dios y al prójimo, algunos maestros espirituales antiguos empleaban la imagen de la rueda de un carro, que para nosotros puede ser la de una bicicleta. La rueda es el mundo; el centro Dios; los radios los diversos modos de vivir de los hombres. Cuando nos acercamos al centro, Dios, nos acercamos unos a otros, y cuanto más nos acercamos unos a otros, más nos acercamos a Dios.

            Si Jesús dice que hay que amar al prójimo como a sí mismo, amarse a sí mismo es algo bueno, al contrario del egoísmo. El egoísta no se acepta ni se ama a sí mismo. Busca ansiosamente el afecto y el reconocimiento de los demás, y nunca está satisfecho porque desconfía de sí mismo y de los otros.

            En cambio, quien se ama a sí mismo de veras no vive pendiente de lo que los demás puedan pensar de él, y no está siempre mendigando la atención de los otros. Puede vivir más desprendido y libre.

            Muchos de los esfuerzos de Jesús en el evangelio son para devolver a las personas la estima de sí mismas que el ambiente les negaba. Pobres y pecadores, enfermos y miserables, se sienten incondicionalmente comprendidos y aceptados por Jesús a pesar de su penosa situación personal. Así, por medio de la reconciliación consigo mismo, Jesús les pone en el camino de amar a los demás porque se sienten amados de Dios.

            Para amar a los otros es importante saberse amado por un Padre que nos ama tal como somos y nos invita a quitarnos el miedo a darnos. Muchas veces será humildemente, sin ser aplaudidos, pero siempre con la paz de sabernos envueltos por el amor de Aquel que ama de veras y merece ser amado con todo el corazón, con toda el alma y con todo el ser.

 

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