Domingo 2º cuaresma, Transfigurados – Juan Carlos de la Riva

 

Estuve 7 meses en una parroquia muy pobre llamada Transfiguración del Señor, en los suburbios de Barquisimeto, Venezuela, allá donde los taxis no querían llevarte. Salí transfigurado.

Hoy el Evangelio nos habla de la Transfiguración del Señor. Pero no sólo es la del Señor. También Pedro, Santiago y Juan se transfiguran en esta montaña alta desde donde se escucha mejor la voz de Dios.

Y es que la cuaresma es un tiempo especial para saber quién es Jesús para nosotros. Y también para saber quiénes somos nosotros.

El pueblo de Israel pasó una cuaresma de 40 años para aclararse de qué tipo de pueblo querían ser. Jesús cuarenta días en el desierto para aclararse de para qué lo elegía Dios y cómo tendría que ser eso. Justo es también que nosotros nos planteemos un camino de preguntas y experiencias para discernir sobre quiénes somos. Esta es la experiencia del desierto o de la montaña. Y de estos viajes no se regresa igual que como uno lo inició.

Jesús ya se sabía hijo amado de Dios desde su bautismo: escuchó en su corazón que Dios lo amaba y lo elegía. Ahora son estos buenos amigos de Jesús los que escuchan a Dios señalando a Jesús, invitando a escucharle a Él por encima de todas las cosas. Y desde luego, cuando miraron a Jesús lo vieron resplandecer, más blanco que la nieve, más luminoso que la misma luz. No iban a encontrar nada mejor que recogiera el legado de su historia (por eso están por ahí Moisés y Elías, como diciendo… ¡este es el que necesitábamos, lo máximo!

Y todo esto pasa en una montaña.

Seguro que has subido montañas, ¿cierto?

Te lo pregunto porque quizá compartas conmigo esta doble sensación que da el estar en una cumbre: vértigo y maravilla.

Vértigo, claro, depende de la montaña. Las de mi tierra, el país vasco, con frecuencia presentan cortados y fuertes caídas, pasos arriesgados y aéreos que obligan a no mirar para abajo, sino seguir la ruta y poner la mirada al frente, al objetivo. Ese vértigo tiene mucho que ver con lo que Jesús produce en mí. Vértigo. Me invita a subir más, a arriesgar más, a crecer más, a entregar más. Y eso… da vértigo.

Y si tú eres joven, es decir, esa edad en la que todo se decide y la vida toma un rumbo u otro, entonces seguro que me entiendes cuando te digo que el vértigo se hace espectacular: Jesús invita a una vida entregada, y tú… no sabes si fiarte del todo. Vértigo.

Por otro lado está la maravilla del paisaje, de la perspectiva. Es la sensación de haber cumplido un sueño, de mirar el camino recorrido y decir ¡mereció la pena!, de mirar el valle de los problemas y relativizarlos al verlos tan pequeñitos, frente a un azul tan inmenso y divino. Es la perspectiva diferente que da el intentar ver las cosas como las ve Dios. Y Dios nos ve como hijos amados y predilectos. Y nos dice que escuchemos a Jesús.

Subamos a la montaña, sintamos al Dios que seduce y maravilla, y da miedo y vértigo al mismo tiempo. Veamos su resplandor. Estemos junto a él. Pongámonos morenos de su fulgor.

Mi montaña de aquel barrio venezolano de El Trompillo fue también transformadora, y puedo decir que no volví siendo el mismo. Volví más moreno del refulgor de Dios a través de los pobres. ¡Tantas personas me hablaron de él, y yo escuché y escuché! Había incluso un cerrito así como el Tabor. No era gran cosa, pero tenía una vista impresionante de la ciudad y sus miserias, del inmenso rancherío de casitas de cartón en las que los pobres luchaban y esperaban, maldecían pero confiaban… Había allí una gran cruz. En la punta. Presidía el barrio y toda la ciudad. Y cuando el sol la daba, resplandecía.

Un día supe que a la gente pobre le hacía falta aquella cruz. Había subido muchas veces a esa cruz con jóvenes. Desde allí habíamos visto días soleados con luz apabullante, y atardeceres rojos y hermosos. Desde allí habíamos rezado por la gente de los techos de cartón.

Pero un día amanecimos sin cruz. Había sido una noche de tormenta, y un buen rayo terminó de hacer caer una cruz que ya tenía sus heridas de óxidos y tiros (que los malandros la usaban para probar sus armas me dijeron, como si a Jesús no le bastase estar crucificado, que además lo tiroteaban)

El caso es que el barrio fue un hervidero de gente pobre movilizada para restaurar la cruz. Presupuestos me trajeron para que desde la parroquia ayudásemos. Pero también hubo colectas lata en mano, casa por casa. Y se consiguió el millón de bolívares.

Y yo pensaba… ¿Pero cómo esta gente que no tiene agua corriente, ni baño, ni nada, cómo aún así da dinero para que la cruz siga brillando en lo alto?. Una buena mujer captó mi gesto de incredulidad, mi comentario de que era antes comer que poner una cruz en la montaña… ¡Ay, qué dije! Aquél día me llegó de Ramona la lección de teología: ¡Ay padre, usted no entiende! Esa cruz nos recuerda que aunque todos nos abandonen a nuestra suerte a los pobres, Dios no nos abandona, está ahí, crucificado, como nosotros, entre nosotros.

Desde entonces los cerros con cruz me brillan especialmente. Os pego la foto de la nueva cruz que se colocó en lo alto, y de los pobres jóvenes pobres que la pintaron de blanco reluciente, como ningún batanero la podría blanquear, brillo de Dios para los pobres.

 

En aquel tiempo Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y Juan, subió con ellos solos a una montaña alta, y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo.

Se les aparecieron Elías y Moisés conversando con Jesús. Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo a Jesús: “Maestro, ¡qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. Estaban asustados y no sabía lo que decía. Se formó una nube que los cubrió y salió una voz de la nube: “Este es mi Hijo amado; escuchadlo”. De pronto, al mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús, solo con ellos.

Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: “No contéis a nadie lo que habéis visto hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos”. Esto se les quedó grabado y discutían qué querría decir aquello de resucitar de entre los muertos. (Mc 9,1-9)

 

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