Domingo 28B, Vivir desprendidos – Iñaki Otano

Jesús quiere inspirar en el hombre rico una gran generosidad: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, y luego sígueme. Es decir, no te encierres en tu riqueza sino da a esa riqueza una función social. Para eso, es necesario que el dinero no sea para ti lo único importante.

Aquello a este hombre le pareció impracticable: frunció el ceño y se marchó pesaroso, porque era muy rico. Él había puesto todos sus objetivos en ganar dinero. Luego, unas teorizaciones que daban a entender una gran inquietud por temas espirituales y de altura intentaban tapar ante sí mismo y ante los demás su avidez crematística.

Sin duda, había equivocado el camino. Necesitamos el dinero para vivir y es normal que estemos preocupados por conseguir lo necesario para llevar una existencia digna y asegurar el pan y el futuro de los nuestros. Pero, una vez satisfechas las necesidades vitales, hay otros valores que deben estar antes que acumular dinero.

A este hombre rico las riquezas le impiden ver y entregarse de veras. En el fondo, le impiden ser feliz. En la pregunta que ha hecho al Maestro evidencia una insatisfacción interior, pero no quiere dar el paso al que le invita Jesús para  no ser esclavo de su dinero.

Este paso es difícil para todos, y también lo era para los apóstoles que, en un principio, se espantan de la exigencia de vivir desprendidos de las riquezas. Pero, según Jesús, lo que es imposible para los hombres, no lo es para Dios. La prueba son tantas personas que sacrifican su vida con alegría, no buscando la felicidad en tener más sino en darse a los demás.

En aquel tiempo, cuando salía Jesús al camino, se le acercó uno corriendo, se arrodilló y le preguntó: “Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?”. Jesús le contestó: “¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno más que Dios. Ya sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre”. Él replicó: “Maestro, todo eso lo he cumplido desde pequeño”. Él replicó: “Maestro, todo eso lo he cumplido desde pequeño”. Jesús se le quedó mirando con cariño y le dijo: “Una cosa te falta, anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres – así tendrás un tesoro en el cielo -, y luego sígueme”. A estas palabras, él frunció el ceño y se marchó pesaroso, porque era muy rico.

Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: “¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el Reino de Dios!”. Los discípulos se extrañaron de estas palabras. Jesús añadió: “Hijos, ¡qué difícil les es entrar en el Reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero! Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el Reino de Dios”. Ellos se espantaron y comentaban: “Entonces, ¿quién puede salvarse?”. Jesús se les quedó mirando y les dijo: “Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo”.

Pedro se puso a decirle: “Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido”. Jesús dijo: “Os aseguro que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más – casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones -, y en la edad futura vida eterna. (Mc 10, 17-30)

 

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