Domingo 27B, Proteger el amor – Iñaki Otano

Jesús quiere defender a la mujer del mal trato que a menudo se le reserva en la sociedad de su tiempo. A la mujer se le podía abandonar con cualquier pretexto. Jesús se opone a que la mujer sea considerada como un objeto que se compra y luego se tira cuando uno quiere. El plan primero del creador, el ideal del matrimonio, es la unión inseparable del hombre y la mujer: lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.

            Jesús, al reafirmarlo, está defendiendo también a dos personas que se han prometido amor  contra las arbitrariedades y fáciles cambios de opinión. Si no se tiene como perspectiva la durabilidad, puede suceder que los primeros contratiempos o las primeras desilusiones lleven a tirar la toalla, a no hacer ningún esfuerzo por remontar la crisis.

            Porque es un principio para proteger el amor y a la persona humana – a los propios esposos, a la familia, a la sociedad…-, el matrimonio indisoluble siempre habrá que considerarlo según esa finalidad, todo lo contrario de una argolla asfixiante. Es imposible entrar aquí por los vericuetos de tantos casos y circunstancias, que requieren siempre comprensión y amor, y nunca el juicio de un corazón inmisericorde. Lo que distingue precisamente a Jesús es que, cuando habla con firmeza del matrimonio indisoluble, lo hace con el corazón en la mano, con misericordia, para salvar el amor de la tiranía o del legalismo estricto que lo destruyen.

            En la Iglesia debemos ofrecer hoy comprensión y acogida a los divorciados, ayudarles a rehacer su vida en la línea del amor. El Papa Francisco, en su exhortación pastoral “Amoris laetitia”, dice que los divorciados y vueltos a casar “no solo no tienen que sentirse excomulgados, sino que pueden vivir y madurar como miembros vivos de la Iglesia, sintiéndola como una madre que les acoge siempre, los cuida con afecto y los anima en el camino de la vida y del Evangelio” (nº 299). Afirma que “al mismo tiempo que la doctrina se expresa con claridad, hay que evitar los juicios que no toman en cuenta la complejidad de las diversas situaciones, y hay que estar atentos al modo en que las personas viven y sufren a causa de su condición” (nº 79). Recuerda que “nadie puede ser condenado para siempre, porque esa no es la lógica del Evangelio” (nº 299). “Por creer que todo es blanco o negro a veces cerramos el camino de la gracia” (nº 305). “La Iglesia no es una aduana, es la casa paterna donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas” (nº 310).

En aquel tiempo se acercaron unos fariseos y le preguntaron a Jesús para ponerlo a prueba: “¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer?”. Él les replicó: “¿Qué os ha mandado Moisés?”. Contestaron: “Moisés permitió divorciarse dándole a la mujer un acta de repudio”. Jesús les dijo: “Por vuestra terquedad dejó escrito Moisés este precepto. Al principio de la creación Dios los creó hombre y mujer. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre”.

En casa, los discípulos volvieron a preguntarle sobre lo mismo. Él les dijo: “Si uno se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra la primera. Y si ella se divorcia de su marido y se casa con otro, comete adulterio”. (Mc 10, 2-12)

 

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