Domingo 26B, Apoyar siempre el bien – Iñaki Otano

El discípulo Juan acude a Jesús muy preocupado porque otros que no son de los nuestros están haciendo el bien. La respuesta de Jesús es que no impidan a nadie hacer el bien porque quien hace el bien está ya a favor suyo.

En la misma línea del evangelio, el Concilio Vaticano II afirma que “todos los hombres, creyentes y no creyentes, deben colaborar en la edificación de este mundo, en el que viven en común”, y desea que unos y otros “cooperemos fraternalmente para servir a la familia humana”. Por tanto, hacer el bien y, al mismo tiempo, alegrarse de que otros lo hagan igualmente y colaborar con ellos en ese esfuerzo a favor de las personas y de la sociedad.

Hay muchas cosas buenas que podemos compartir en la construcción de un mundo mejor. De hecho, nosotros recibimos la Buena Noticia de muchas personas y del modo más diverso: ese gesto más significativo que mil palabras, hecho por quien parece lejano de nosotros; la actitud servicial de tal persona escondida; la perseverancia en las cosas pequeñas y en los detalles que hacen más agradable la vida común; el esfuerzo por una verdadera reconciliación tratando de superar el resentimiento y sus consecuencias; la preocupación por una ciudad y un planeta más habitable; el empeño por una sociedad más justa y fraterna; la ayuda a los necesitados…

Recibimos numerosos testimonios de esos por parte de “los nuestros” pero también a menudo por parte de los que parecen lejos de nosotros. El Espíritu obra en muchas personas de buena voluntad, aunque piensen diferente. A nosotros, seguidores de Jesús, se nos pide colaborar con las personas e iniciativas que buscan sinceramente el bien.

También en el evangelio de hoy habla Jesús de tener el coraje de hacer renuncias importantes para no traicionar nuestras opciones de vida.

El Señor no nos pide mutilarnos. Pero sí evitar todo lo que entre en contradicción con lo decidido libremente y pensado como lo mejor para uno y  para los demás. Que nuestras decisiones libres no se vean trastocadas por un mal paso; que no se tire por la borda lo que se asumió gozosamente. La violencia que hay que hacerse es el esfuerzo que exige todo bien laborioso, como es el vivir de acuerdo con la propia conciencia. Eso puede significar la rectificación honrada y a veces drástica del rumbo tomado equivocadamente.

En aquel tiempo dijo Juan a Jesús: “Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre, y se lo hemos querido impedir, porque no es de los nuestros”. Jesús respondió: “No se lo impidáis, porque uno que hace milagros en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro. El que os dé a beber un vaso de agua, porque seguís al Mesías, os aseguro que no se quedará sin recompensa. El que escandalice a uno de estos pequeñuelos que creen, más le valdría que le encajasen en el cuello una piedra de molino y lo echasen al mar. Si tu mano te hace caer, córtatela: más te vale entrar manco en la vida que ir con las dos manos al abismo, al fuego que no se apaga. Y si tu pie te hace caer, córtatelo: más te vale entrar cojo en la vida que ser echado con los dos pies al abismo. Y si tu ojo te hace caer, sácatelo: más te vale entrar tuerto en el Reino de Dios que ser echado al abismo con los dos ojos, donde el gusano no muere y el fuego no se apaga”. (Mc 9, 37-42. 44)

 

 

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