Domingo 25B, Haceos servidores – Iñaki Otano

Jesús quiere enseñar a sus discípulos una lógica sorprendente y aparentemente contradictoria: Si queréis ser los primeros, sed los últimos. Si queréis ser grandes, haceos pequeños. Si queréis dominar, haceos servidores.

A nosotros Jesús nos dirige la misma pregunta que a sus discípulos: ¿De qué discutíais por el camino?, es decir, ¿qué es para vosotros lo importante, lo que merece vuestra atención, vuestra pasión y vuestra discusión?… Las cosas en que pensáis y las cosas a las que aspiráis, ¿están en la línea de tener más o en la de servir mejor?

Ya en los inicios, las comunidades cristianas sintieron bien la diferencia entre tener como ideal de vida el servicio o la ambición. En las que prevalecía el servicio, vivían fraternalmente, ponían todo en común, nadie carecía de lo necesario. Por el contrario, en las comunidades en que se había olvidado la vocación de servicio, surgían envidias y rivalidades, guerras de unos contra otros, pasiones rastreras, etc. Todas las energías que hemos recibido para construir y servir, si no se emplean en el servicio, se convierten en lo contrario, o sea, en fuerzas de destrucción y desunión.

Y esto sirve para todo grupo humano, desde la familia hasta los grupos de trabajo. Por ejemplo, cuando uno o varios miembros de una familia, en vez de proponerse servir al bien de todos, tratan de ser servidos, en esa familia se producen situaciones de malentendidos, de desánimo, de tensión, de incomprensiones, etc. Ayuda a superar las situaciones difíciles el hecho de que cada uno no ponga como primer objetivo el propio provecho sino el bien de todos.

Hemos podido sentir también en nuestro trabajo la diferencia entre trabajar con personas que tienen el sentido de los otros o trabajar con personas que solo piensan en sí mismas. Cuando se tiene el sentido de los otros, el trabajo sirve de acercamiento, confianza mutua, solidaridad, reconciliación, amistad, alegría. Todo lo contrario ocurre cuando solo se piensa en el propio provecho: se crea un clima irrespirable de celos, luchas, envidias, traiciones…

Pero el mundo no acaba en nuestros próximos. Los pequeños que Jesús acoge en el evangelio representan a los más necesitados, a los que no pueden desarrollarse si no encuentran solidaridad. Mientras existan pequeños, es decir necesitados, sin riqueza ni poder, los discípulos de Jesús acogerán a Jesús mismo cuando acojan a esos necesitados, y así contribuirán también decididamente a un mundo más humano y fraterno.

 

En aquel tiempo instruía Jesús a sus discípulos. Les decía: “El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará”. Pero no entendían aquello, y les daba miedo preguntarle.

Llegaron a Cafarnaún, y una vez en casa, les preguntó: “¿De qué discutíais por el camino?”. Ellos no contestaron, pues por el camino habían discutido quién era el más importante. Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo: “Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”. Y acercando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: “El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino al que me ha enviado”. (Mc 9, 29-36)

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