Domingo 24B, Perder y salvar la vida – Iñaki Otano

El célebre escritor León Tolstoy hablaba de cómo cambia nuestra idea de Dios, y decía: “Cuando un hombre salvaje se desarrolla y deja de creer en su dios de madera, no significa que Dios no existe, sino que el verdadero Dios no es de madera”.

            Pedro y los discípulos son sinceros cuando expresan su plena confianza en Jesús diciendo: Tú eres el Mesías, es decir, “Tú eres nuestra esperanza, confiamos en Ti”…

Pero todavía tienen que evolucionar porque en ese momento piensan en un Jesús triunfal, mágico con sus milagros, inmune al sufrimiento y que ahorra sufrimientos a los suyos. Por eso, el primer impulso instintivo es rechazar la cruz: Pedro se pone a increpar a Jesús cuando este anuncia que va a sufrir.

            Jesús no engaña a sus discípulos y amigos: dice que sufrirá, que será condenado y matado antes de resucitar. Y que quien quiera seguirlo deberá negarse a sí mismo y cargar con su cruz.

            Con esto no quiere el sufrimiento por el sufrimiento: al contrario, vemos en su vida que nunca acepta como normal que unas personas abusen y hagan sufrir a otras.

Pero ser fiel a Dios y a las exigencias humanas de la existencia supone asumir el sacrificio cuando sea necesario. En la vida ordinaria, el estudiante que quiere terminar sus estudios y ejercer una profesión dignamente tiene que esforzarse en la preparación; los padres que quieren la curación de un hijo enfermo, o los que quieren simplemente lo mejor para él, son capaces de sacrificarse para conseguirlo; el que quiere vivir de acuerdo con la propia conciencia tiene que sacrificar fórmulas poco éticas, aunque sean más tentadoras; en alguna circunstancia, decir “no”, puede ser incómodo pero también lo más honesto; la preocupación por mejorar la sociedad y ayudar a los desfavorecidos, exige necesariamente esfuerzos.

La felicidad, aun con los sinsabores que la vida lleva consigo, va muy unida a los esfuerzos por conseguir el objetivo: el que pierda su vida por el Evangelio, la salvará.

 

 

Lectura del santo evangelio según san Marcos (8,27-35):

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se dirigieron a las aldeas de Cesarea de Felipe; por el camino, preguntó a sus díscípulos: «¿Quién dice la gente que soy yo?»
Ellos le contestaron: «Unos, Juan Bautista; otros, Elías; y otros, uno de los profetas.»
Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy?»
Pedro le contestó: «Tú eres el Mesías.»
Él les prohibió terminantemente decirselo a nadie. Y empezó a instruirlos: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días.» Se lo explicaba con toda claridad.
Entonces Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo. Jesús se volvió y, de cara a los discípulos, increpó a Pedro: «¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!»
Después llamó a la gente y a sus discípulos, y les dijo: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará.»

Palabra del Señor

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