Domingo 24B, Lose or win – Juan Carlos de la Riva

Tengo que agradecer a nuestro buen e influyente jesuita Olaizola nos invitase a ver la serie The Chosen. En un post de su web pastoral sj nos detallaba varias razones para ver esta serie. Hablaba de que son actores secundarios, y por tanto no nos recordarán otras interpretaciones. Nos hablaba de que la están financiando por crowdfounding y que se ofrece gratis. Y nos hablaba también del exquisito tratamiento que se hace de los personajes que siguen a Jesús, sus amigos, los «elegidos», como indica el título de la serie. La serie inventa los contextos en los que estos personajes (Pedro. Mateo Santiago, Juan) se encontraron con Jesús. Son en cuanto a tiempo de pantalla dedicado, tan importantes o más que el propio Jesús, y el foco de atención se pone en la transformación que supone para sus vidas el encuentro con Jesús.

Podéis ver la serie en construcción. Han prometido 7 temporadas y han estrenado ya las dos primeras. Merece la pena. Jesús es bien simpático, y me encanta especialmente el protagonismo en la primera temporada de Nicodemo, seguidor de Jesús en secreto. La puedes ver aquí

https://watch.angelstudios.com/thechosen

Yo también, hoy, quiero destacar eso: lo que la gente piensa y experimenta sobre Jesús. Es como si toda la serie estuviera respondiendo a esta pregunta que nos trae el evangelio de hoy: ¿Quién dicen que soy yo? ¿Quién decís que soy yo? De hecho, la segunda temporada comienza con 5 minutos magistrales donde un joven evangelista y apóstol Juan va recolectando relatos del primer encuentro con Jesús de cada apóstol, de Magdalena, de María… Y con brillo en los ojos, emocionados, le van contestando muy brevemente…

Y al hilo del Evangelio de hoy, me pregunto: ¿se nos humedecerían a nosotros los ojos contando quién es para mí Jesús?.

¿Y si nos lo preguntase el propio Jesús? Si nos dijera ¿Quién soy yo para ti?

Es una pregunta importantísima central en la vida. Marcos el Evangelista colocó esta pregunta en el centro del Evangelio. Si extendiéramos el Evangelio de Marcos en un rollo y lo doblásemos por la mitad, en el centro, justo en el pliegue estaría esta pregunta. Y la importancia de la respuesta de Pedro es grande: eres el Mesías. O sea, eres lo que me salva. Y en los bordes de ese rollo tendríamos otras dos respuestas a esa misma pregunta. Una la da dios: este es mi hijo amado en quien me complazco. Pero es una voz que nadie escucha, sólo Jesús. Nadie sabe aún quién es y puede ser Jesús. En mitad del Evangelio lo sabe ya Pedro, y los amigos por el representados. Pero al final del Evangelio, al verlo morir, un soldado pagano responde a la pregunta diciendo: verdaderamente este era el hijo de dios. Y lo hace con más autenticidad que Pedro, porque para Pedro ser Mesías era triunfar al modo humano, e incluso se atrevió a reprenderle a Jesús cuando dijo que tenía que padecer y morir. Pero el soldado (Longino lo ha llamado la tradición) no hablaba de un mesianismo triunfante. Lo que tenía delante era el horrible espectáculo de un ajusticiado en una cruz. Pero ahí supo descubrir la grandeza y la victoria, supo ver que quién parecía perderlo todo, en realidad lo estaba ganando todo. Supo ver en aquél perdón una amnistía para la culpa que nos corroe y una mano tendida para vivir desde el amor. Supo descubrir en lo menos religioso lo más sagrado, la tremenda intimidad con Dios que sólo entregando la vida, olvidándose de sí, se puede conseguir.

Aquí el autor no ha podido pasar por alto (ya le habría gustado, ya) esta bronca entre Jesús y Pedro. Debió ser memorable y para Marcos da, ni más ni menos, comienzo a la segunda parte del evangelio, la subida a Jerusalén aunque haya que morir. Pedro no puede aceptar un mesianismo en fragilidad. Seguramente porque tampoco para sí mismo se quería ver en fragilidad, y sacaba pecho de todo y ante todos, antes de mostrar un resquicio de debilidad a los demás, y ante sí mismo. Así que se proyecta, y lo que no admite para sí, tampoco para los demás. Y menos para su líder, a quien sigue y que por tanto debería ser siempre más que él mismo, que ya era mucho.

Sabemos que Pedro terminó también entregando su vida, que entendió el mesianismo de la fragilidad. Entre este primer Pedro farruquito, y el que no se vio digno de morir igual que Jesús hay todo un camino de tropiezos (le negó), asombros (le retiró los pies del lavatorio), de preguntas (¿me amas?), de envíos, y de mucha mucha mucha pesca marinera de personas por salvar, con intentos de fuga de por medio (Quo Vadis?). Todo para llegar a este otro Pedro que se queda en Roma para morir con el Señor, haciendo verdad la frase que el Pedro farruquito escuchara: el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, se salvará.

Porque también de eso va este Evangelio, de quién pierde y quién gana. Me ha despertado interés el saber que alguien anda haciendo una serie con este título, ganar o perder, win or lose. Es de animación, y  “Win or Lose” tratará de mostrar las reuniones de equipo desde una perspectiva diferente, siguiendo a un equipo mixto de softbol de un instituto, en la semana previa a un importante partido. Con una duración de 20 minutos, cada capítulo estará contado desde la perspectiva de un personaje diferente y destacará los pequeños desafíos que nos impone la vida, tanto dentro como fuera del campo. Como está prevista para 2023, aún no salimos de dudas sobre si su versión de ganar y de perder se parecen a la de Jesús. Me da que seguramente no, pero vaya usted a saber.

Efectivamente, si tienen buenos asesores y talante educador, llegarán a un concepto de ganancia bastante aceptable, como el de este poema que transcribo. Pero no creo que lleguen a proponer que para vivir hay que morir. Eso sólo se le ocurre al mismísimo Hijo de Dios.

El ganador es siempre parte de la solución.
El perdedor es siempre parte del problema.

El ganador siempre tiene una meta.
El perdedor siempre tiene una excusa.

El ganador dice: «yo te puedo ayudar a hacerlo».
El perdedor dice: «ese no es mi trabajo».

El ganador encuentra una solución para cada problema.
El perdedor encuentra un problema para cada solución.

El ganador dice: «puede ser difícil pero es posible».
El perdedor dice: «puede ser posible pero es muy difícil».

El ganador es osado, toma riesgos y asume desafíos.
El perdedor es temeroso, no se arriesga y teme a los desafíos

Cuando el ganador comete un error dice: «estaba equivocado».
Cuando el perdedor comete un error, dice: «no fue mi culpa»

El ganador dice: «soy bueno, pero no tan bueno como pudiera ser».
El perdedor dice: «no soy tan malo como son otras personas»

El ganador siente responsabilidad más allá de su trabajo.
El perdedor dice: «yo solo cumplo con mi trabajo»

El ganador convierte las amenazas en oportunidades.
El perdedor ve las oportunidades como amenazas.

¿Ves? Está bien, pero se me queda corto. ¿Y a tí?

 

 

Lectura del santo evangelio según san Marcos (8,27-35):

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se dirigieron a las aldeas de Cesarea de Felipe; por el camino, preguntó a sus díscípulos: «¿Quién dice la gente que soy yo?»
Ellos le contestaron: «Unos, Juan Bautista; otros, Elías; y otros, uno de los profetas.»
Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy?»
Pedro le contestó: «Tú eres el Mesías.»
Él les prohibió terminantemente decirselo a nadie. Y empezó a instruirlos: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días.» Se lo explicaba con toda claridad.
Entonces Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo. Jesús se volvió y, de cara a los discípulos, increpó a Pedro: «¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!»
Después llamó a la gente y a sus discípulos, y les dijo: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará.»

Palabra del Señor

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