DOMINGO 23B, Abrir los oídos y desatar la lengua – Iñaki Otano

La gente decía que Jesús todo lo ha hecho bien. Ha devuelto al sordomudo la palabra, la capacidad de escuchar y hablar, y también la estima de sí mismo y la conciencia de la propia vida.

            Quien tenía dificultad para comunicarse se puede comunicar. Es una parábola de lo que nos puede suceder a nosotros: las circunstancias de la vida pueden levantar un muro entre nosotros y las personas que nos rodean.

            La comunicación puede llegar a ser un problema. Quizá necesitemos la sanación por parte de Jesús para no encerrarnos en nosotros mismos rumiando solos nuestros problemas. Dejarse tocar y sanar por Jesús puede significar, en la práctica, hacer el esfuerzo de abrir o volver a abrir los canales de la comunicación, de no caer en la tentación del aislamiento.

            El “Effetá”, ábrete, dirigido a nosotros, es una invitación a superar los obstáculos que podamos encontrar para escuchar y para hablar.

            Escuchar no es solo oír. Hay que ponerse en la disposición de captar lo que de sí misma quiere expresarnos la otra persona pero que a veces no sabe decir con palabras exactas. Es no ir a pillarle sino a comprenderle también cuando no encuentra la fórmula adecuada para decirse a sí misma. La actitud inicial de acogida y de aceptación facilitará el clima de diálogo. Por el contrario, la actitud de juez examinador lo dificulta. El que se siente constantemente juzgado y evaluado no es libre para expresarse.

            Hay que salir también de uno mismo, abrirse, para hablar, o mejor, para decir. Emplear abundantes palabras no es necesariamente sinónimo de comunicación fluida: un medio de no decir nada y de no afrontar lo fundamental es hablar mucho. Por el contrario, personas más bien silenciosas, poco dadas a exuberancias verbales o gestuales, pueden comunicar y provocar sentimientos de humanidad, sinceridad, lealtad, fidelidad, amistad, etc. Pero, al mismo tiempo, una excesiva timidez o reserva para expresarse uno mismo puede hacer que esos mismos sentimientos no sean suficientemente captados por el otro y que no se puedan establecer puentes de relación.

            Cada uno sabe dónde le aprieta el zapato y en qué línea debe actuar para tener los oídos y la lengua abiertos. En todo caso, la acción sanadora de Jesús es también de consuelo y serenidad para quien se ve impotente para superar ciertas barreras de comunicación. Aunque tu comunicación con las personas tenga lagunas, siempre puedes abrir tu corazón a este Jesús que abre los oídos y desata la traba de la lengua.

 

En aquel tiempo, dejando Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del lago de Galilea, atravesando la Decápolis. Y le presentaron un sordo, que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos. Él, apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y mirando al cielo, suspiró y dijo: “Effetá” (esto es, “ábrete”). Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad. Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos. Y en el colmo del asombro decían: “Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos”. (Mc 7,31-37).

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