DOMINGO 23B, Primero escuchar, luego hablar – Juan Carlos de la Riva

Los sentidos son muy importantes. Y aunque parece que nuestro mundo ha dado prioridad al de la vista sobre el resto, porque parece que todo es visual, llega por pantallas, y nos estimula, el texto de hoy nos invita a pensar en la importancia de otro, relacionado con la comunicación, el oído, y junto a él, el habla. Los dos van unidos. Se es mudo porque se es sordo. No hablo porque no escucho.

El grito de Jesús significa ábrete, Efettá. Lo terrible del no escuchar ni hablar es que la persona queda encerrada en su soledad, ajena a la relación y los vínculos, desplazada de cotilleos y complicidades, invitada a desaparecer. Es la escucha y el habla lo que nos acerca a las demás personas. Esta semana los profesores del colegio tendremos un taller para signantes. No podemos comenzar un curso con el lema Cerca de ti, sin hacer un esfuerzo por estos niños y niñas que tienen que romper esta burbuja. Quienes sufren esta discapacidad hacen un gran esfuerzo por leer los labios y por comunicarse por signos, pero pueden quedar encerrados en un mundo de sordos si el resto no hacemos un esfuerezo de leer sus gestos y aprender a comunicarnos con ellos.

Sin embargo, el evangelio también nos hace preguntas a los que sí podemos oír y callar. Curiosamente, las orejas, a diferencia de los ojos o la boca, no se pueden cerrar. Es obligatorio oír. Pero, ¿de verdad escuchamos? Hacerse el sordo es una expresión más que cotidiana para ese hacer como que no me entero.

Ya en el hinduísmo se han encontrado esculturas milenarias con esos tres monitos, cada uno de los cuales se tapa los ojos, los oídos o la boca. La sabiduría antigua ya nos hacía la pregunta de qué es lo que no queremos ver, a qué nos hacemos los sordos, o qué no nos atrevemos a decir.

¿Hemos escuchado los datos de vacunación en África o sólo escuchamos cómo vamos en España?  ¿Hemos escuchado al que habla en idioma diferente y hay que hacer un esfuerzo adicional para entenderse? ¿Hemos escuchado las críticas que nos hacen los que nos rodean, o sólo nos escuchamos a nosotros mismos? ¿Hemos escuchado los consejos que nos dan quienes más nos quieren? ¿Hemos escuchado las dolencias del otro o solo queremos que nos escuchen nuestros achaques?

Parece que primero hay que curar la sordera. Es difícil hablar sin haber antes escuchado. Podríamos preguntarnos también si antes de hablar hemos escuchado, condición sin la cual no hay diálogo, y el dialogo es la gran estrategia para la felicidad del mundo. El capítulo 6 de la Fratelli Tutti está dedicado a la amistad social, y la clave para eso está en el diálogo fraterno entre diferentes, sinodalmente, dispuestos a escucharse y buscar nuevas soluciones verdades nuevas que son mejores que la mía sesgada y subjetiva. ¿Recuerdan los últimos debates de los políticos? Se escuchaban? Habríamos votado más y mejor al que más escuchase?

Los judíos recitan, como Jesús lo hizo siempre, cinco veces al día una oración que en realidad es una súplica de Dios para con su pueblo: Escucha, Israel. Shemá. Porque Dios es palabra. Había una gran prohibición ante el hecho de hacer imágenes de Dios, que hoy quizá nos parezca extraña, pero que lo que hacía era insistir en que a Dios se le escucha, a veces como un trueno, y otras en el susurro de la brisa suave, en mi voz interior, en la voz de mi hermano de comunidad… es Voz del Espírito, que viene y va, toca el corazón y pasa, como lee dijo Jesús a Nicodemo. Dios no está hecho para que lo veamos y descubramos, sino para que lo escuchemos y sigamos.

¿Hemos escuchado la voz de Dios, su Palabra? ¿Hemos escuchado la voz del pastor que nos busca cuando nos perdemos? ¿Hemos escuchado la voz del profeta que nos echa en cara las contradicciones? ¿Hemos escuchado como Jesús en el bautismo Tú eres mi hijo amado» o como Pedro hemos escuchado yo te haré pescador de hombres, o como Zaqueo hoy ha llegado la salvación a esta casa, o como los discípulos Id por todo el mundo?

Y sobre el hablar cosas de Dios. Os envío con poder para predicar y expulsar espíritus, nos dice Jesús. Predicar. Podríamos considerarnos predicadores de Jesús hoy? ¿Cómo hablar de Dios a nuestros familiares, compañeros de trabajo, vecinos, amigos… sin pecar de pesados, o irrespetuosos de la necesaria autonomía y libertad de creencias, sin ser invasivos. Nos atreveríamos a hablar «llamando» como hacía Jesús? Jesús no hacía meras invitaciones, no ponía n cartel o un anuncio y esperaba a que la gente viniera. Jesús llama, que es más irrespetuoso que la invitación, y supone el cariño y la confianza de quien sabe que necesitas esa llamada.

Quizá tengamos que pensar bien nuestras formas de hablar.

EL SUEÑO DEL SULTÁN

Un Sultán soñó que había perdido todos los dientes. Al despertar, ordenó llamar a un sabio para que interpretase su sueño.

– ¡Qué desgracia Mi Señor! -exclamó el Sabio- Cada diente caído representa la pérdida de un pariente de Vuestra Majestad.

– ¡Qué insolencia! – gritó el Sultán enfurecido. ¿Cómo te atreves a decirme semejante cosa? ¡Fuera de aquí!

Llamó a su guardia y encargó que le dieran cien latigazos.

Más tarde mandó que le trajesen a Nasrudín y le contó lo que había soñado. Este, después de escuchar al Sultán con atención, le dijo:

– ¡Excelso Señor! Gran felicidad le ha sido reservada. El sueño significa que sobrevivirás a todos vuestros parientes. Se iluminó el semblante del Sultán con una gran sonrisa y ordenó que le dieran a Nasrudín cien monedas de oro.

Cuando el mullá salía del Palacio, uno de los cortesanos le dijo admirado:

– ¡No es posible! La interpretación que habéis hecho de los sueños es la misma que el primer Sabio. No entiendo porque al primero le pagó con cien latigazos y a ti con cien monedas de oro.

– Recuerda bien amigo mío, respondió Nasrudín, que todo depende de la forma como se dicen las cosas.

En aquel tiempo, dejando Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del lago de Galilea, atravesando la Decápolis. Y le presentaron un sordo, que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos. Él, apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y mirando al cielo, suspiró y dijo: “Effetá” (esto es, “ábrete”). Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad. Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos. Y en el colmo del asombro decían: “Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos”. (Mc 7,31-37).

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