Domingo 20B, El servicio, signo de vida – Iñaki Otano

María, primera cristiana, ha recorrido el camino que lleva a la resurrección, a la vida. Es un camino de servicio con el que alabamos a Dios.

María se había enterado de que su pariente Isabel iba a dar a luz. Isabel era ya mayor, iba a necesitar ayuda. Entonces María “se puso en camino” y fue aprisa a donde vivía Isabel. No dejó para más adelante la ayuda a Isabel: fue de prisa. No aplazó lo que tenía que hacer. A menudo, aplazar las cosas no hace más que dejarnos clavada una espina y como un malestar por no resolver lo que continuamente se presenta a nuestra conciencia como una preocupación no resuelta. No dejar para más adelante el servicio y la ayuda que podemos prestar a la persona necesitada; no dejar para más adelante eso que nos queda pendiente en nuestra relación con los demás.

En cuanto María entró a casa de Isabel, la criatura que llevaba Isabel en su vientre saltó de alegría. María con su presencia produce alegría, gozo. Tenemos que hacer lo posible para que nuestra presencia sea una bendición para los demás: no estamos llamados a condenar sino a animar, a dar esperanza, producir alegría. Alegrarnos de ver felices a los demás.

Isabel dice a María: Dichosa tú que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá… “Feliz tú por haber creído, por haber confiado en el Señor”: confiar en el Señor produce felicidad. Quien desconfía de todo y de todos, incluido Dios, es tremendamente infeliz. Confiar en Dios nos trae paz.

María prorrumpe en un cántico de agradecimiento a Dios y, al mismo tiempo, subraya el Dios en quien Ella cree: un Dios salvador, que mira a los pobres, misericordioso, que no se deja sobornar por los ricos y por los poderosos sino que se inclina siempre hacia el que es maltratado.

María expresa su vocación de “resucitada” promoviendo la vida. El servicio, la alegría, la confianza, el agradecimiento a un Dios misericordioso, son actitudes de resucitado. Nosotros estamos llamados a vivirlas para vencer a los signos de muerte, que son la indiferencia, la amargura, la desconfianza, el miedo.

En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito: “¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. ¡Dichosa tú, que has creído!, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá”.

María dijo: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo. Y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación. Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos, y enaltece a los humildes; a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos. Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia – como lo había prometido a nuestros padres -, a favor de Abrahán y su descendencia para siempre”. María se quedó con Isabel unos tres meses y después volvió a casa.  (Lc 1, 39-56)

 

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