Domingo 14 ciclo A: Gracias por hacerme pobre – Juan Carlos de la Riva

En aquel tiempo, Jesús exclamó: “Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo; y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera”.  (Mt 11, 25-30)

Fue una misa de Nochebuena, hace ya mucho tiempo, misa de Gallo nocturna, de las que quedan pocas. El sacerdote había invitado a varias personas a subir al ambón para explicar qué mensaje les traía aquella navidad. Una abuelita se iba acercando al presbiterio, ayudada por una vecina, porue era ciega. Cuando llegó al micrófono todos hicimos un silencio sagrado. Ella simplemente dijo «Gracias, Señor, porque me has hecho pobre». Me impactó muchísimo. Era como si se me estuviera transmitiendo una gran sabiduría para la que aún yo no estaba preparado.

Hoy el Evangelio nos sorprende. ¡Tantas veces lo hace! Hoy Jesús nos dice que a Dios le ha parecido bien que los sabios y entendidos no entiendan nada de su propuesta, y sí lo hagan en cambio los sencillos, los pequeños. No le había ido bien a Jesús en Corozaín, ni en Betsaida: los grupos rabínicos, expertos en la ley de Moisés, no habían aceptado el nuevo rostro de Dios que Jesús ofrece. Por eso Jesús vuelve a los pequeños y sencillos, con los que siempre gustaba de conversar.

Cuando Jesús está dando las gracias a Dios, en una oración inusitadamente pública, quiere reconocer y premiar a esta gente sencilla que sí entiende el Evangelio porque son pobres, débiles, necesitados. Quizá sólo puedan rezar bien los que tienen un corazón así, necesitado, sencillo, capaz de recibir.

Siempre es igual. La mirada de la gente sencilla es, de ordinario, más limpia. No hay en su corazón tanto interés torcido. Van a lo esencial. Saben lo que es sufrir, sentirse mal y vivir sin seguridad. Son los primeros que entienden el evangelio. Jesús da gracias por esa gente. Curiosamente es la gente más agradecida. Es la gente a la que no le cuesta decir continuamente «Gracias a Dios». Os puedo contar lo a gusto que me encuentro dando clases de castellano a mujeres inmigrantes del norte de Africa. Desde su sencillez, la palabra que más les escucho es ¡Gracias! Podría decirse que quien sabe decir eso, ya lo sabe todo.

Esta gente sencilla es lo mejor que tenemos en la Iglesia. De ellos tenemos que aprender obispos, teólogos, moralistas y entendidos en religión. A ellos les descubre Dios algo que a nosotros se nos escapa. Los eclesiásticos tenemos el riesgo de racionalizar, teorizar y «complicar» demasiado la fe. Solo dos preguntas: ¿por qué hay tanta distancia entre nuestra palabra y la vida de la gente? ¿Por qué nuestro mensaje resulta casi siempre más oscuro y complicado que el de Jesús?

 

 

 

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