Domingo 13B, La opción de vida – Iñaki Otano

Ante el dolor que nos abruma por la pérdida irreparable de un ser querido, este relato evangélico nos enseña que la muerte no es el final de todo.

            A veces nuestra misma esperanza desfallece. Pero dando vida a la niña, Jesús nos está diciendo que estamos llamados a la vida, no a la muerte.

            Los creyentes optamos por todo lo que signifique vida y dignificación de la vida. Por eso, vemos a Jesús en el evangelio curando constantemente, perdonando, ayudando, sirviendo. En eso consiste la opción por la vida.

            Una cosa que sorprende en muchos milagros es la recomendación que  hace Jesús también en el evangelio de hoy: les insistió en que nadie se enterase. Parece que choca con las técnicas publicitarias de promoción personal, que suelen querer conseguir que hablen de uno, y cuanto más mejor.

            Jesús no realizó sus milagros para presumir de poderes portentosos delante de la gente sino para ella y en su favor. Rechazó como una tentación la posibilidad de hacer milagros en beneficio propio, por ejemplo el convertir las piedras en panes en el desierto.

Los milagros de Jesús son siempre en beneficio de otras personas, especialmente de los pobres, de los enfermos y de los que están desprotegidos. Ante el dolor humano, a Jesús se le remueven las entrañas, expresión que aparece doce veces en los evangelios.

Es lo que sucede en este episodio de hoy. Se le remueven las entrañas ante el dolor de unos padres que han perdido a su hija de doce años. Jesús está muy cerca de nuestros dramas, los vive con nosotros y nos asegura la superación de los mismos con la victoria de la vida sobre la muerte.

Jesús, en gestos humanos concretos, hace carne grandes esperanzas de la humanidad. En la superación de la muerte de una niña de doce años está “haciendo carne” nuestra aspiración a una vida plena.

En aquel tiempo Jesús atravesó de nuevo a la otra orilla, se le reunió mucha gente a su alrededor, y se quedó junto al lago. Se acercó un jefe de la sinagoga que se llamaba Jairo, y al verlo se echó a sus pies rogándole con insistencia: “Mi niña está en las últimas; ven, pon las manos sobre ella para que se cure y viva”. Jesús se fue con él, acompañado de mucha gente que lo apretujaba.

Llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle: “Tu hija ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro?” Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga: “No temas; basta que tengas fe”. No permitió que le acompañara nadie más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegaron a casa del jefe de la sinagoga y encontró el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos. Entró y les dijo: “¿Qué estrépito y que lloros son estos? La niña no está muerta, está dormida”. Se reían de él. Pero él los echó a todos fuera, y con el padre y la madre de la niña y sus acompañantes, entró donde estaba la niña, la cogió de la mano y le dijo: “Talitha qumi” (que significa: “contigo hablo, niña, levántate”). La niña se puso en pie inmediatamente y echó a andar – tenía doce años -. Y se quedaron viendo visiones. Les insistió en que nadie se enterase; y les dijo que dieran de comer a la niña. (Mc 5-21-24. 35-42)

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