Domingo 12B, Despertar a Jesús – Iñaki Otano

El evangelio nos dice hoy que Jesús, en medio de la tempestad, va en nuestra misma barca. No está a la orilla del lago contemplando impasible los esfuerzos de los hombres y mujeres.

            Pero ¿de qué nos sirve que Jesús esté en medio del huracán, en la misma barca, si duerme? Nosotros debemos sentir la necesidad de despertarlo, sin renunciar al propio esfuerzo. Cuando la persona se cree tan fuerte que puede desafiar a la naturaleza, se ve impotente, a menudo superada y devorada por lo que ella misma ha escogido. Hay muchos campos donde podremos encontrar ejemplos de cómo el ser humano es tragado por las olas del mar cuando el único punto de referencia para obrar es la propia fuerza y el propio provecho. Aparecen problemas inesperados en la sexualidad, en el medio ambiente, en la salud física y psíquica, en la libertad humana, en las relaciones sociales, etc. A veces da la impresión de que la persona va a la deriva cuando prefiere que el Señor siga dormido y no quiere despertarlo para que no intervenga en su vida.

            Jesús duerme en la barca expresando su respeto por la iniciativa humana. Al mismo tiempo, Él está allí, en la barca de las fatigas humanas, siempre disponible para ser despertado y apoyar los esfuerzos humanos.

            Jesús aparece como el Señor a quien el viento y las aguas obedecen. Hay que contar con Él, con su persona, su testimonio de vida, su palabra y su ayuda, para afrontar los pequeños y los grandes huracanes de la vida.

            Es verdad que, cuando nosotros despertamos a Jesús con nuestra oración y dejamos que obre sobre nuestro viento y nuestro mar siguiendo sus pasos y sus orientaciones, las intervenciones de Jesús en nuestra vida no son tan espectaculares e inmediatas como en este relato en que, al grito de Jesús, el viento cesó y vino una gran calma.

            Pero, en medio de la tempestad, se puede tener paz, serenidad y confianza interior, a pesar de las incertidumbres. Parece que el milagro exterior quiere poner de relieve el efecto de la calma interior. Vemos que Jesús relaciona el miedo que experimentan sus discípulos con su falta de fe: ¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aun no tenéis fe?

            A esta fe sin miedo, en medio de las olas del mar furioso, no se llega enseguida. Pero nuestra frecuente e instintiva falta de confianza, que se traduce en ausencia de paz interior, no debe desanimarnos. Al contrario, nos debe llevar a contar humildemente con Jesús. El evangelio nos sugiere expresar en la súplica la dificultad que tenemos para notar su presencia y tratar de escuchar a Jesús para vencer los huracanes de la vida.      

Aquel día, al atardecer, dijo Jesús a sus discípulos: “Vamos a la otra orilla”. Dejando a la gente, se lo llevaron en barca, como estaba; otras barcas lo acompañaban. Se levantó un fuerte huracán y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua. Él estaba a popa, dormido sobre un almohadón. Lo despertaron diciéndole: “Maestro, ¿no te importa que nos hundamos? Se puso en pie, increpó al viento y dijo al lago: “¡Silencio, cállate”. El viento cesó y vino una gran calma. Él les dijo: “¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aun no tenéis fe? Se quedaron espantados y se decían unos a otros: “Pero quién es este? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen!”.  (Mc 4, 35-40)

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