domingo 11B, El reino, ese imparable – Juan Carlos de la Riva

Jesús dedicó mucho tiempo a explicar lo que a él le parecía su aportación más importante: la enseñanza sobre el Reino, unas intuiciones simples y profundas que pudieran poner palabras a lo que ya estaba pasando con hechos. Jesús no elaboró grandísimos discursos sobre el Reino. Pero sí lo señaló. A veces en las personas (aquella viuda que echó de lo que no tenía, o aquél Centurión con más fe que muchos fieles judíos…) pero otras se fijaba en la naturaleza y tomaba ejemplo de ella. Así pasa con estas dos parábolas de hoy, un poco campesinas.

La primera es la de la semilla que crece sola. Habría que decir… El Reino crece solo.

Y uno se queda un poco perplejo porque entonces… yo, que me creo que estoy salvando el mundo a cada rato con mis sermones o mis proyectos, con mis muchas actividades y compromisos… entonces …

Pues entonces eso, que no estoy yo salvando nada ni construyendo nada, sino que el Reino se abre camino sin mí, y a veces a pesar de mí.

Acabo de ojear una chuleta para preparar esta homilía (esas cosas hacemos los sacerdotes cuando vamos apurados y rezamos poco, ya veis), y me ha encantado leer de Serafín Béjar estas dos frases: No hay nada que pueda hacer para que Dios me ame más. No hay nada que yo pueda hacer para que Dios me ame menos.

O sea que el Reino sale porque Dios está empeñado en que salga. Y por eso no hay quien lo pare. Me acuerdo de aquélla parábola del tren de Boff, que era la vida con sus gentes dentro, en la que cada pasajero hacía de su capa un sayo. Pero nada detenía el avance de ese tren hacia su destino, el país de los abrazos.

No quiere esto decir que no tenemos que hacer nada, que nos podemos echar a dormir (eso pone en la parábola) porque la semilla sigue creciendo… No. Alguien plantó, regó y cuidó esa planta, pero el dinamismo de crecimiento estaba en la propia semilla, no en el jardinero. El Reino es una realidad que tiene un dinamismo propio, y que va avanzando. Me quedo con aquella frase de San Agustín, «Trabaja como si todo dependiera de mi, y reza sabiendo que todo depende de Dios». Y así nos alejaríamos de aquél dicho sobre DeGaulle y su relación con Jesús cuando le atribuían la frase «Sagrado Corazón de Jesús, confía en mi». Me gusta este cuadro del Ángelus de Millet. Creo que expresa bien esta idea de trabajar y rezar.

Si te fijas en tu propia vida, seguramente notarás que cada vez eres más sabio o sabia, que cada vez aceptas más, entiendes más, y quizá ames más. El Reino se ha apoderado de ti sin que tú te des cuenta. También la historia va progresando, lenta pero segura, hacia una mayor conciencia del bien que debemos construir entre todos. En fin, que el Reino funciona. Teilhar de Chardin participaba de este optimismo cuando hablaba de la evolución como ese camino de todo hacia su cristificación final.

En esta parábola lo importante era el tiempo. Y el tiempo, nos ha repetido Francisco, es superior al espacio. El tiempo va restañando las heridas y profundizando y purificando las relaciones, va relativizando éxitos y fracasos y va poniendo mi orgullo en su sitio, va abriéndome a la acción de Dios, y me voy haciendo menos activo y más receptivo de la acción de Dios en mí y en todo. Ojalá te pase a ti también.

La otra parábola habla del espacio. Porque nos invita a imaginar un grano de mostaza. Mi hermano Carmelo tenía (espero que siga usándolo) un botecito lleno de semillas de mostaza, y verdaderamente eran unos puntitos como cabezas de alfiler. Y de ahí sale un arbusto capaz de albergar pájaros. Se nos invita a pensar que no hace falta ocupar mucho espacio para generar la dinámica del Reino. Cuidado con la tentación de los grandes éxitos. Más bien se nos invita a agudizar la mirada para captar la presencia pequeña y misteriosa del Reino, que va brotando. No son los brotes verdes del presidente Zapatero, son la paradoja de lo pequeño que en realidad es inmensamente grande precisamente por ser pequeño. El reino, amigos, es de los pequeños, y se siente muy cómodo en lo pequeño. Luego el tiempo hará su trabajo.

 

En aquel tiempo decía Jesús a las turbas; “El Reino de Dios se parece a un hombre que echa simiente a la tierra: él duerme de noche, y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo la cosecha ella sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega”.

Dijo también: “¿Con qué podemos comparar el Reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos? Con un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después, brota, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros pueden cobijarse y anidar en ellas”.

Con muchas parábolas parecidas les exponía la Palabra, acomodada a su entender. Todo se lo exponía con parábolas, pero a sus discípulos se lo explicaba todo en privado.  (Mc 4, 26-34)

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