DIOSIDENCIAS – M.ª Ángeles López Romero

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M.ª Ángeles López Romero

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Querido Francisco, escribo estas letras prescindibles mientras miles de personas hacen cola para ver tu cadáver y despedirse de ti. Y lo hago desde el agradecimiento por tu ejemplo y tu coherencia hasta el final.

Porque podías haberte muerto en Cuaresma. Pero el papa de la Evangelii Gaudium debía hacerlo en la Pascua.

Podías haber guardado cama hasta el final, buscando preservar tu salud y tu intimidad. Pero quisiste dar un último paseo por el Vaticano, ofreciendo la insólita imagen de un papa apenas cubierto por una sencilla manta. El culmen de tu empeño en abandonar oropeles y parafernalia y ser uno más. 

¿Escogiste también tus últimos momentos celebrativos: el lavatorio de pies del Jueves Santo y la bendición pascual, o fueron «diosidencias» que te permitieron dar una última catequesis viviente resumen del Evangelio? Amar, servir, escoger a los más vulnerables, rechazar la violencia, esperar frente a la desesperanza… 

Dicen que alguna gente te quería muerto. Y que algún partido anda lanzando mensajes a los cardenales con cierto tono amenazante, para que escojan un sucesor «mejor» según su criterio. Unos y otros han minusvalorado la fuerza del Espíritu y el tamaño que adquiere la luz de los profetas cuando mueren. Una luz que han sabido ver y agradecer las miles y miles de personas que han hecho cola estos días para pasar ante tu féretro y rendirte así su humilde homenaje. 

Y es curioso: hasta el lunes de Pascua eras un papa que intentaba transformar la Iglesia para acercarla más al Evangelio. Pero ahora que ya no estás entre nosotros, pareces más presente que nunca, y tus mensajes exhortando a la paz, la acogida y misericordia resuenan más alto y más fuerte, empequeñeciendo a quienes se mueven por la mezquindad o la vileza. ¿Habrás logrado más muerto que vivo, al estilo del Cid? Me lo he venido preguntando estos días porque sorprende poner cualquier emisora de radio o televisión y escuchar a personas no creyentes hablar de ti recordando tus gestos más osados, tus discursos más demoledores, tu valentía. El tamaño de tu autoridad moral, que tanta falta hace en un momento en que adquieren el protagonismo y ostentan el poder mundial una banda de abusones y desalmados. Me he preguntado estos días que han transcurrido desde que saltó la noticia de tu muerte si no es esto que tú has provocado con tus gestos de cercanía y humanidad, el mayor movimiento de evangelización de la historia reciente. 

Ya ves: me puede el agradecimiento por todo lo que has logrado, aunque, te seré sincera, no todo es perfecto en tu pontificado, y no soy de las que se dejan llevar por las hagiografías edulcoradas hasta el hartazgo. Me uno a muchas mujeres que esperaban mayores oportunidades de vivir en una Iglesia que nos respete, nos quiera y nos dé el espacio y las oportunidades de expresión y ocupación que merecemos. Me uno a la decepción de tantas personas homosexuales que creían que la Iglesia por fin las acogería y amaría sin miramientos ni estrecheces. Me uno también a todos esos jóvenes que han dejado de comprender los códigos, ritos y normas que envuelven al mensaje evangélico hasta tal punto que han perdido el interés. Y a tantos y tantas creyentes que esperaban cambios más profundos, inmediatos y evidentes en la estructura eclesial, para hacerla, como querías, más sinodal y menos clerical. 

Pero tranquilo, ya sé que nos has dejado tarea para que no nos durmamos en los laureles. Que el Reino se construye aquí, entre todos, trabajando codo con codo. Tú, como buen jefe de obra, nos has dejado el trabajo organizado. Solo queda que, te suceda quien te suceda, nos pongamos todos manos a la obra. Ya nos lo dijiste un día: «Cuento con ustedes para edificar un mundo nuevo». Ojalá no lo olvidemos ni te olvidemos, Francisco.