DIOS, VISITADOR DE PROFESIÓN aquí el artículo en PDF
Hna. Inmaculada Luque
hna.inmaculada@monasteriodelaconversion.com
«¿Tú crees que se puede empezar de nuevo, aunque uno no sepa por dónde?» me preguntó mientras se quitaba la mochila, con la espalda empapada de sudor y los ojos brillando más por dentro que por fuera.
Se llamaba Marc, venía de Bélgica y llevaba 41 días caminando solo. Llegó a nuestro Albergue en el Camino de Santiago, donde cada día acogemos a un río de gente que busca, desesperadamente a veces, una razón para caminar. Me contó Marc que no tenía muy claro por qué había empezado el Camino. «Algo dentro me decía que tenía que andar», me explicó luego, ya con las sandalias puestas y una cerveza fría entre las manos. No venía huyendo, decía. Pero tampoco sabía si caminaba hacia algo. Solo caminaba. «Como si los pies supieran antes que yo», me dijo, y ya me pareció que esa era una forma de saber.
Esa conversación me acompañó toda la tarde. Porque no hablaba solo de él. Hablaba de todos. ¿Quién no ha sentido alguna vez esa mezcla de desconcierto y esperanza? ¿Ese deseo de empezar de nuevo sin tener muy claro el punto de partida ni la dirección?
Acoger a un peregrino es siempre entrar en una historia que viene andando. Cada uno con su porqué y sus silencios, con sus heridas y su mapa interior. Cada uno con su ritmo. Y nosotras nos apostamos ahí, como pequeños testigos de ese tránsito sagrado. Me gusta pensar mi vida así, a nosotras como una flecha amarilla en el Camino, que señala no hacia Santiago sino a Dios, o a las verdades más profundas del corazón.
Hay mil motivos para hacer el Camino, sin duda uno distinto para cada uno, pero en todos ellos me reconozco, incluso en los que no creen. Hay tardes, cuando les preguntamos a los peregrinos en un Encuentro en el que todos nos presentamos por qué hacen el Camino, en las que juraría que yo soy cada uno de ellos. «Camino porque estoy en un tiempo de transición y necesito un tiempo para reflexionar», «camino para saber qué quiere Dios de mí», «camino porque mi hermano murió y quiso hacer el Camino, yo lo hago en su nombre», «camino para estar en contacto con la naturaleza, para hacer amigos», «camino para vivir más lento», «camino porque estuve enfermo y quiero dar gracias», «camino por la paz»… Así el Camino se convierte en un rosario de nombres, de pasos, de razones… como un lento goteo del corazón, buscando sentido, amor, plenitud, ojos… ¿Pero quién no es peregrino?, ¿quién no se reconoce en ese corazón en marcha camino de su meta?
El Camino nos va desnudando de las etiquetas con las que funcionamos en el día a día. De los roles que creemos ser. Y poco a poco va trayendo al corazón del caminante la memoria, las preguntas y los deseos más verdaderos. Por eso, cuando llegan a nuestro albergue, el corazón viene ya sin maquillaje, sin máscaras, sin tanta protección. Y así reconocer en cada uno de ellos la visita de Dios no es tan difícil. ¿No pasará también así, en nuestro día a día?, ¿no habría que vivir así, de tal manera, tan desde el corazón que pudiéramos reconocer los unos en los otros al Dios que nos visita?
A veces este Dios Caminante o este Dios Visitador se esconde en una conversación al caer la tarde, en un silencio compartido mirando al cielo estrellado, o en ese momento en que un peregrino se sienta en la capilla y simplemente respira, aparece en unas lágrimas que brotan como manando porque la Vida, y el Señor de la Vida, le está reclamando, a sacudidas, el corazón. Lo he visto tantas veces en ese «gracias» que suena más a oración que a amabilidad.
El Camino, incluso para los que no hablan de Dios, es profundamente espiritual. Porque caminar, de verdad, con el cuerpo entero, es una forma de despojarse. Es dejar atrás lo innecesario, cargar solo con lo esencial, afrontar el cansancio, reconciliarse con el propio límite. ¿No es eso, en el fondo, una imagen viva de la vida cristiana?
Marc volvió a hablar conmigo la noche antes de marcharse. Me dijo que no había encontrado respuestas, pero que algo dentro de él había cambiado, que aquí había encontrado algo, no sabía qué, que le había dado luz. Esa historia me suena, pensé yo. Tiene nombre propio. «Me he dado cuenta de que no necesito saber todo para poder empezar», dijo. «Solo tenía que ponerme en camino y confiar».
Deseé para Marc que se encontrara con Dios, con el mismo Dios que le busca a Él. Y pensé también que algo de Marc podríamos aprender todos. La fe tiene mucho de esta peregrinación suya. No hace falta saberlo todo para caminar. Como si la fe, la vocación, la felicidad fueran el resultado de una planificación perfecta. El camino se hace caminando, y la luz se enciende cuando uno se atreve a dar el primer paso. La luz que no se apaga, en realidad, es Él. Solo el amor verdadero ilumina la vida. Solo de Jesús nos viene la luz que no se apaga para caminar, solo Él se muestra como compañero en cada paso. Pero, como en el albergue de peregrinos, hay que saber apostarse, abrir la puerta, y dejar que te visite, discretamente, sudando, pidiendo ser acogido. Quizá la vocación del creyente sea esa: estar en el camino, atentos, con el corazón abierto, para reconocer al Visitador que pasa.







