Diario íntimodel encuentro europeo de jóvenes – Ávila 2015

El Encuentro Europeo de Jóvenes (EEJ) celebrado en Ávila durante los días 5 al 9 de agosto de 2015, ha sido otro evento evangelizador que ha reunido a casi 6000 adolescentes y jóvenes de toda España y algunos países europeos (Portugal, Italia, Polonia…). Con motivo del V Centenario del nacimiento de Santa Teresa de Jesús, la Iglesia en España se ha unido a la Orden del Carmelo para significar este acontecimiento con un encuentro que pusiera en contacto a los jóvenes con la santa abulense y de ahí, suscitar el encuentro con Dios por medio de la oración. Bajo el lema ‘En tiempos recios, amigos fuertes de Dios’, fue un encuentro pensado en los jóvenes, sus horarios, sus búsquedas, sus gustos… Y se notó. Itinerarios diferenciados para adolescentes y jóvenes, talleres de diversa índole, visitas a los lugares teresianos, experiencias de oración y retiro… y todo ello unido a los eventos compartidos en una zona con una estética de concierto de música que atraía: acogida, vigilia de oración, noches de música y Eucaristía centraron este espacio y lo llenaron de vida y de evangelio. Adolescentes, jóvenes, sacerdotes, religiosas, religiosos, catequistas y… obispos que se dejaron ver poco, llenaron la ciudad y suscitaron la sorpresa local ante un evento tan numeroso y joven y, a la vez, tan pacífico y limpio. La valoración de los acompañantes ha sido mayoritariamente positiva. La de los adolescentes y jóvenes está por recopilar. Pero el tono generalizado fue positivo. Más que hacer una crónica, en RPJ nos hacemos eco de este evento y lo queremos significar con este Diario íntimo que escribió una de las participantes y que puede ser un buen documento a trabajar y compartir en alguno de nuestros grupos.

Inicio de una nueva experiencia de este verano tan intenso que llevaba unido las primeras sensaciones. A lo largo de ese día no dejó de resonar en mi interior una misma cantinela que a la vez, se transformaría en meta y compromiso a buscar en el resto de los días: hablar con Dios como si se tratase de un amigo; hacer de la oración una amistad tal y como hacía Santa Teresa. Esto también suponía el abandonar a ese “Dios paracaídas” al que acudo en momentos de caída y necesidad para pasar también a empezar a hacer con mayor asiduidad algo que, en los últimos meses, se está abriendo con fuerza en mis momentos de oración: agradecer a Dios todas mis alegrías y lo afortunada y bendecida que me siento, ya no solo por lo bueno, sino también, por todo lo malo que me ha hecho ser la persona que soy hoy en día.

Si tuviera que definir con alguna palabra este día sin duda alguna sería ‘encuentro’. Ya no solo por esas caras conocidas que me alegraba y me sorprendía de ver, sino también, por todos los momentos mágicos que viví. Encuentro con el resto de jóvenes que allí estábamos y hacer brillar ante cualquier circunstancia y en cualquier lugar de Ávila esa luz que nos caracteriza a los cristianos. Encuentro con Santa Teresa a la vez que visitábamos los lugares relevantes para entender su figura, algo que no dejaba de generar en mí una admiración por su manera de abandonarse a lo que Dios le pedía.
Poco a poco, a lo largo de este día también se fue generando aquello que venía buscando, el encuentro con Dios y reafirmar mi respuesta a ese “qué quieres de mí, Señor” que dos semanas antes había terminado de descubrir. Una respuesta que se vio culminada al ver un Dios de carne y hueso en una persona al servicio de una señora mayor durante toda la Eucaristía, algo que fortaleció mis pensamientos del día: la vocación al servicio, y en mi caso, hacia los inmigrantes y los niños.

Nunca dejaré de sorprenderme con la capacidad que tiene Dios para ponernos a cada uno en el momento y lugar adecuado. Al principio del día no entendía muy bien qué hacíamos en una gymkhana mientras otro grupo de compañeros tenía catequesis, pero tal y como me dijo Itziar: confía. Poco después entendí qué hacía ahí y era para vivir otro momento de encuentro con Dios a través del otro en el compartir que se nos proponía y que me dejó una huella profunda: la necesidad que tengo de abandonarme a Dios y confiar plenamente en Él.
La presencia de Dios no se quedó ahí, sino que en el ratito de oración y confesión que tuve la suerte de vivir ya no solo tuve la experiencia de un Dios cercano, sino también un momento de reconocer muchas cosas que llevaba tiempo negando o, sencillamente, no quería verlas, pero sacando algo en claro: la necesidad de dejarme querer por Dios para que su amor me ayude a querer y cargar con mis cruces a la vez que aprendo a reconocerme débil, porque su amor lo puede todo.

Llegó el momento que tanto había estado esperando en la experiencia, el tener la oportunidad de un momento de retiro y de silencio, pero tras la decepción que supusieron para mí las preguntas que se nos propusieron, ahí volvió a estar Dios para sorprenderme en un encuentro pleno con Él en el momento de oración improvisado que tuve la suerte de disfrutar, resonando todo el rato en mi interior algo que venía del día anterior: dejarme querer por Dios en mi debilidad, porque no debo de tener miedo de sentirme así, ya que su amor todo lo cura. Un amor que me sentía invitada a perseguir y de contemplar a mi alrededor a lo largo del día y que se hizo presente en cada uno de los rincones que pisé ese día: desde la feria de las vocaciones en el que experimenté ese saber dejarse guiar por el amor de Dios hasta la belleza del encuentro con Dios compartido con todos los jóvenes que estábamos presentes en la vigilia haciendo gala de una Iglesia joven pasando por ese gran acto de amor que realizaron durante esos días los voluntarios; sencillamente aprender y darme cuenta que el amor de Dios me rodea, solo tengo que saber abrir mis ojos para encontrarlo.

Los sentimientos enfrentados se han hecho más presentes hoy que nunca: Por un lado, la belleza y la alegría de ver que no soy una simple loca que va a contra corriente en nuestra sociedad al encontrarme con tantos jóvenes de distintos lugares celebrando la misa y dando testimonio de una Iglesia viva, pero ser también consciente de que había una pequeña desilusión en mí al ver la falta de acercamiento por parte de las autoridades eclesiásticas a la realidad de nosotros, los jóvenes.
Esta experiencia no pudo tener mejor broche que con uno de los momentos de compartir más bonitos que he vivido en todo mi camino de fe, en el que, sin duda, se veía una llama de amor de Dios brillando en cada uno de nosotros, con palabras que conmovían y dispuestas a seguir llenando de luz nuestra vida diaria hasta volver a coger energía en nuestra próxima parada: Cracovia 2016. (O quizá en Navidad en Valencia con motivo del Encuentro Europeo de Jóvenes convocado por la comunidad de Taizé).

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