¿DESEOS DE VIDA O DE MAS VIDA? – M.ª Luz Sarabia Lavín, odn

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En el punto de partida, ¿de qué estamos hablando?…

Tiempo de incertidumbres

¿Cuándo fue la última vez que lloré? ¿Por qué? ¿Qué situaciones me hacen sentir hasta la médula que soy vulnerable? ¿Por qué creo que soy la persona más infeliz de este mundo? La vida, la que tengo, ¿qué me ofrece?, ¿qué la doy yo?, ¿qué estoy dispuesta a ser, a hacer, para enriquecerla?, ¿dónde encaja Dios y sus sueños para mí, en mis sueños más profundos?

¿Qué tipo de experiencias nos posibilitamos, con la intención de que generen buenos hábitos que a su vez generen carácter, estructura, personalidad, que conduzcan al fin, a la plenitud, al SER de quién quiero ser (ser democrática, ser honrada, ser justa, ser cristiana…)?

Necesitamos «conocer» relatos morales, biografías recibidas, que nos anteceden, que nos acompañan, que nos esperan en el futuro; pero necesitamos escucharlas con tiempo, contemplarlas con mucho ánimo, «saborearlas y gustarlas» internamente, una y otra vez. Pero, sobre todo, necesitamos recrearlas y confrontarlas con nuestra pequeña biografía, para ello, el diálogo y las comunidades yo-local y global, se antojan medios donde crecer con una autoimagen y autoestima positivas, con sentido y fuerza para manejarnos en situaciones de soledad y de herida, como la que estamos viviendo actualmente, a nivel planetario.

Quizás sea bueno, retomar cierta normalidad, antigua o nueva, e ir a las cuatro de la tarde, ¡de cada día! a ese pozo[1], cada un@ sabe dónde está el suyo, a sacar agua, a extraer sentido profundo, a dejar que pase lo que tenga que pasar, como que Jesús se encuentre contigo y conmigo y te dé esa experiencia tan necesaria de hacer verdad, de romper con los círculos de la infelicidad, de la infidelidad y de la culpabilidad, para crecer en humanidad; sabemos que en la oración cristiana, las cargas cambian de hombro[2], una experiencia que si se cuida, si se cultiva en la cotidianidad, enriquecerá sin duda y hará más grandes y dichosas, más felices, más llenas de vida auténtica, nuestras pequeñas biografías de andar por casa.

En el punto de mira, ¿cuál es nuestro horizonte?…

Tiempo de reconstrucciones

En este tiempo de rehacernos, de convivir con mascarillas y distanciamientos sociales, también con miedos y esperanzas reales, «gustamos» más de esos horizontes que hace unos pocos meses, aparecían como vetados, negados a la existencia humana. Mientras unos nos reconstruimos, otros, los y las adolescentes, además, van creando lentamente sus propios horizontes más vitales, creyendo que son posibles alcanzarlos, desde unas raíces, principios, valores y mucha vida que les rodea y acompaña.

Durante la adolescencia los cambios psicológicos y sociales son tan importantes como los físicos. Los cambios psicológicos están relacionados con el autoconcepto, la autoestima y la consolidación de la identidad personal del adolescente, preocupado por su cuerpo y por tratar de encontrar su sitio en el mundo que le rodea (¿quién soy yo?, ¿de qué trata mi vida?, ¿qué hago con ella?[3]). A medida que pierden protagonismo las relaciones con los padres, toman mayor fuerza las relaciones con los iguales, el grupo de pares es cada vez más importante, lo que favorece la independencia y la interacción social.

¿Cuál es el horizonte más vital y cercano para un adolescente? ¿En qué espejos se mira, o qué músicas escucha, o qué deseos acaricia, qué le está llenando y llevando por unos procesos de construcción de identidades únicas e irrepetibles? Si la identidad[4] es la principal preocupación y tarea evolutiva en un adolescente, la pastoral tiene que hablar un lenguaje significativo y cercano a los jóvenes, que favorezca la transmisión de Jesús como referente último y dador de sentido. Si a estas edades son capaces los jóvenes de empezar un proyecto personal a partir de la autovaloración, la pastoral tiene que orientar al joven para que comience la construcción del gran relato de su vida, que es el seguimiento de Jesús y la construcción del Reino. En definitiva, esta pastoral, debería ir ayudando a los jóvenes a ir entendiendo paulatinamente su vida como llamada.

Demos un paso más: la identidad[5], tanto individual como colectiva, se construye mediante procesos reflexivos en los que entran en juego los valores como criterios de discernimiento y toma de decisiones. Optar hoy por una identidad global y cosmopolita frente a una identidad fragmentada y parcelada, de corto alcance en lo personal y en lo sociocultural, implica diseñar procesos de reflexividad del yo, como elementos clarificadores de la identidad, que precisan discernimiento y desarrollo de la competencia espiritual. Cuando no hay reflexividad, las identidades son prestadas o impuestas, pero no apropiadas o interiorizadas, son débiles y difusas, pero no opciones vitales de sentido, son marcas personales en el intercambio social, pero no identificaciones con valores importantes. Acompañar estos procesos supone poner a la persona en el centro y su dignidad dentro de un proyecto universal compartido desde un acuerdo de ética mundial.

Es en nuestras necesidades de cada día, en nuestras tareas cotidianas donde Jesús quiere encontrarnos. Volvemos repetidamente, una y otra vez, a ese precioso relato que narra el encuentro de Jesús con la mujer samaritana, porque seguimos escribiendo nuestro propio relato como seguidores y seguidoras de Jesús. Gran parte de los cristian@s[6] de hoy sentimos tres anhelos: el anhelo de una mayor y más profunda experiencia de Dios; anhelo de la búsqueda de unidad en nuestras personas, en nuestras actividades y relaciones con los demás y anhelo de una cierta plenitud afectiva. El cristianismo viene a llenar estos profundos deseos de hombres y mujeres de hoy: una determinada manera de vivir la experiencia de Dios; ha de ser un proceso de unificación existencial en la búsqueda de Dios y su justicia y dinamizado por el amor. El Dios de Jesús, el Dios de María de Nazaret, de tantos y tantas seguidoras y discípulas del Hijo, nos llama amándonos y nos ama llamándonos. La pastoral juvenil en este sentido tiene el reto de provocar, sino se tiene o no se percibe, esta sed de anhelos tan fundantes como posibilitadores de un más, de un plus en la existencia humana.

En esta corriente de anhelos, recibidos como dones, como agua que sacia toda sed, gratuitamente, en el corazón de la Iglesia resplandece María, la muchacha de Nazaret. Ella es el gran modelo para una Iglesia joven, que quiere seguir a Cristo con frescura y docilidad. Cuando era muy joven, recibió el anuncio del ángel (El Señor es contigo, bendita entre las mujeres, no temas porque has hallado gracia delante de Dios) y no se privó de hacer preguntas. Pero tenía un alma disponible y dijo: «Aquí está la servidora del Señor» (Lc 1,38), CV 43.

María pasó toda esta batería de preguntas por su corazón: ¿dónde y con quién lo voy a hacer?, ¿qué tengo que hacer?, ¿cómo lo voy a hacer?, ¿por qué lo voy a hacer?, ¿qué tiene que ver conmigo? Y ¿qué sentido doy a lo que haré? Planteamientos hondos y profundamente humanos, inquietudes e incertidumbres, todas ellas, toda Ella, acompañada por la Gracia, por la presencia de un Dios que está presente en forma de don, de llamada, de amor. María es llamada a ese más, porque es amada, como cada uno de los jóvenes que habita en este mundo.

[1] Jn 4,5-43.

[2] Mt 11,25-30.

[3] Fundamentos de Psicología. Para Ciencias Sociales y de la Salud. M.ª Luisa Delgado Losada. Madrid, 2018.

[4] «Adolescentes en Secundaria. Módulo 1: Psicología evolutiva». Curso de Pedagogía Pastoral. Iniciación. Pastoral MAG+S.

[5] Identidad Cosmopolita Global. Un nuevo paradigma educativo-social para un mundo nuevo. César García-Rincón de Castro (coord.). Madrid, 2016.

[6] Conferencia pronunciada, en la Universidad Pontificia de Comillas-Madrid, con motivo del año ignaciano y publicada en CONFER, 1991, páginas 239-252.

En el punto de encuentro, ¿cómo es mi red de apoyo social?…

Tiempo de respuestas

En tiempos de pandemia, los grupos de fe-Alcor «no se quedaron en casa» y se han seguido reuniendo, de forma virtual. Esta vez, el pretexto, reflexionar sobre qué es la dignidad humana y cómo se construye, qué la constituye como algo valioso, sobre la que edificar toda la vida, toda vida.

El transcurso de los acontecimientos le ha llevado a plantearse a este grupo de adolescentes, el verdadero sentido de su paso por esta vida y el motivo de su felicidad. Este no ha sido y es un problema únicamente de adultos; estos jóvenes han visto una sociedad cada vez más marcada por la discriminación, la injusticia, el sinsentido, la falta de ideales… que los ha llevado a no sentirse animados y cuestionarse si todos esos valores que se transmiten en los grupos de fe son los verdaderamente necesarios en la sociedad actual o se están convirtiendo en «bichos raros».

Con el objetivo de reforzar la fe, el sentido de vida y los ideales de los jóvenes, salió la idea de preparar una reunión basada en la dignidad de la persona como arma contra estas actitudes de insolidaridad, injusticia, discriminación, crisis de identidad, de valores… que suscitan mucha inquietud en ellos.

«Ustedes valen por lo que son», «No se dejen despreciar la dignidad…». Con estas palabras del papa Francisco se comenzó el encuentro. ¿Realmente sentían estas palabras y las hacían suyas? Todos coincidieron en la idea de que el primer paso para tener dignidad humana es aceptarse y valorarse a uno mismo para poder hacerlo después con los demás.

Así, con esa idea, fueron ellos mismos los que nos condujeron a la pregunta que iría de trasfondo durante la reunión: ¿cómo podemos ser cauce para restaurar la dignidad humana donde no la haya?

Para ayudarlos a forjar una opinión al respecto, les fuimos presentando temas que sabíamos que tenían una especial relevancia para ellos, como son el aborto, la pobreza, la economía, la inmigración, la identidad sexual… y viendo cómo estos casos pueden abocar a la persona a la depresión, la desolación o, en casos extremos, el suicidio, si no se encuentra una mano amiga que les dé ánimo, apoyo y fortaleza para superar la situación que vive.

Para terminar el encuentro, se hizo un sencillo ejercicio de recogida de lo que durante todo el encuentro había estado pasando por sus cabezas y corazones acerca de cómo pueden ser ellos esa mano amiga y contribuir así a recuperar la dignidad de todas esas personas, quizás otros adolescentes como ellos, que hoy día viven situaciones de crisis en sus vidas.

Las respuestas del grupo nos abren las puertas hacia un compromiso activo con la sociedad. Son muchas las experiencias de voluntariado que podemos encontrar en nuestras ciudades y gracias al convencimiento que vemos en los jóvenes, de querer ser «la luz y la sal» en el mundo, serán ellos los encargados de tender la mano a todo el que la necesite y, con ello, ayudar a estas personas a sentirse queridas, aceptadas y útiles en este mundo tan controvertido que nos está tocando vivir.

Siempre hay un tiempo para todo, esperemos que este, el que estamos transitando, sea un tiempo para los encuentros, de salida hacia todo tipo de periferias existenciales, especialmente la de los menores migrantes no acompañados, madres adolescentes en riesgo de exclusión social, jóvenes que no encuentran su sitio en la sociedad, que fracasan en sus estudios, en precariedad laboral… con quienes rehacer la vida a base de apoyos sociales y manos tendidas.

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