Desembocadura en los itinerarios ¿mito? ¿realidad? – José Antonio Rosa Lemus

Me parece interesante comenzar el artículo con la definición del concepto central que vamos a tratar y por esto es por lo que procedo a definir el concepto de desembocadura. Este hace referencia al «lugar en el que una corriente de agua desemboca en otra, en el mar o en un lago». Al descubrir que este momento, situado en las etapas finales de los itinerarios de educación en la fe, está vinculado a una corriente, podemos decir que la desembocadura estará ligada a la etapa final, en ese itinerario, del proceso personal de un joven o una joven en su seguimiento a Jesús. A través de la definición, observamos que dicho final le situará en un sitio o en otro (otra corriente de agua, mar o lago), en función de cómo haya sido y esté siendo «esa corriente». No dará igual el lugar al que llegue, visto desde el proyecto personal del propio joven, desde lo que Dios sueña para él o ella. Esto nos llevará a hacernos una serie de preguntas acerca de cómo estamos trabajando dicho proceso; con qué elementos contamos para que aumente la probabilidad de que «la corriente» llegue al lugar adecuado según el proceso de la persona y su proyecto de vida desde el Evangelio; quiénes ayudarán a ir «encauzando dicha corriente», qué características tendrán, en qué tendrán que estar formados; cómo puede ser «el lugar» que acoja dicha corriente, dicho proceso… Y muchas más preguntas.

En el proceso de recogida de información, para la confección de este trabajo, han participado varias personas e instituciones religiosas, todas ligadas a la atención pastoral de jóvenes y jóvenes–adultos. Es de agradecer el que todos han expuesto sus realidades, con sus luces y con sus sombras, siempre con el ánimo de contribuir a dar pistas para cómo trabajar con estas edades tan difíciles en este momento tan complicado como es el final del proceso y en este siglo XXI. Tras dichas entrevistas, y con la suma de las lecturas consultadas para desarrollar este texto, hemos de decir que hay dos palabras que pueden resumir las conclusiones a las que hemos podido llegar acerca del momento de desembocadura en los distintos itinerarios de educación en la fe, las cuales darán nombre a los distintos apartados del artículo, junto al primero de todos, que hará un repaso por las características de los jóvenes de este siglo XXI. Las palabras han sido MITO y REALIDAD, en forma interrogativa.

Al final del artículo, encontraremos también una batería de preguntas muy concretas, con sus correspondientes respuestas, a modo de pistas e intuiciones para la pastoral de juventud y el momento de desembocadura. Las preguntas creo que son las que se hace cualquier movimiento, congregación, parroquia que trabaja con jóvenes–adultos y que quiere avanzar y mejorar en este momento clave de la desembocadura. Las respuestas aportarán mucha luz, mucha frescura, a los agentes de pastoral.

Junto a esta ficha con preguntas claves y respuestas sugerentes del final, el lector encontrará un último apartado con testimonios de jóvenes que expresarán el cómo han vivido esta etapa final del proceso de itinerario de educación en la fe. Pienso que esta aportación de los jóvenes es fundamental que esté presente en este texto, y además no de cualquier manera, sino cerrando la reflexión. Es necesario que ellos tengan palabra, como protagonistas de su proceso, como jóvenes adultos.

  1. ¿CÓMO SON ESOS JÓVENES INVITADOS A DESEMBOCAR DESDE LA PASTORAL DE JUVENTUD?

Dosis de realidad. Este es el punto de partida si queremos analizar esta etapa final de la desembocadura en la pastoral de juventud. Es imprescindible saber cómo son los jóvenes y la realidad en la que viven. Desde ahí es desde donde podemos plantearnos esta pastoral y este momento ulterior tan importante.

Dice Garrido (1996)[1] que, dependiendo del contexto y de la evolución interior del joven, en esta etapa, desde los 17 a los 28 años, pueden darse dos opciones: o se puede prolongar la adolescencia (instituciones protectoras) o van a ponerse en crisis las identificaciones anteriores[2]. Se va a dar una necesidad de:

  • Aclarar la imagen afectiva inconsciente de Dios.
  • Enraizar la relación con Dios en el conjunto de la existencia humana.
  • Proceso de transformación mediante la relación interpersonal con Dios.
  • Fundamentación teologal del deseo religioso.

 

Nuestros jóvenes presentan un estilo de vida con las siguientes características:

  • Valor absoluto de la estética en la vida. Abandono al momento. Concepción de la vida como espectáculo y apariencia (gente «guapa»).
  • Ética provisional y relativista.
  • Mentalidad consumista y pragmática.
  • Individualismo llevado a límites insospechados con aversión a toda fórmula de organización.
  • Pérdida de la centralidad de la religión. Desde el siglo XIII la economía va ocupando su lugar.

 

 

 

 

 

Nos presentan agudizados los perfiles de nuestra sociedad, así que no podemos mirar hacia otro lado. Para ser coherentes, las comunidades cristianas de referencia tendrán que analizarse en relación con estos puntos, ya que los jóvenes son un fiel reflejo de allá donde se miran. Esto nos va adelantando la importancia de analizar esta variable de la comunidad de referencia, si estamos reflexionando sobre el momento de desembocadura.

Volviendo a la juventud, merece la pena detenernos a pensar acerca de los valores finales de los jóvenes hoy y qué es lo importante en sus vidas. En este sentido, indica González–Anleo (2017) en su estudio Jóvenes españoles entre dos siglos 19842017, junto a López–Ruiz, que los jóvenes consideran importante en sus vidas como «muy importante», destacando con valores por encima del 80 % solamente «la salud» y «la familia». Le siguen a una distancia considerable (20 puntos porcentuales) pero con valores superiores aún al 50 %, «los amigos y conocidos», «el trabajo», «el tiempo libre y ocio» y «llevar una vida moral y digna». Ya por debajo del 50 %, pero con aprobado «digno», se encuentran «ganar dinero», «estudios, formación y competencia profesional», «pareja»” y «tener una vida sexual satisfactoria». Todos ellos superan además el 80 % si a ese «muy importante» le sumamos los porcentajes de «bastante importante».

No sucede lo mismo con el grupo formado por «la política» y «la religión» ya que ni siquiera sumando las dos opciones de respuesta «bastante» y «muy importante» alcanzan el 50 %, rebasando algo el 40 % la política y no llegando siquiera al 20 % la religión. Sobre esta, los jóvenes en un 33,5 % la valoran como «no muy importante» y ni más ni menos que el 47,7 % «nada importante».

Estos datos son un «jarro de agua fría» para catequistas y agentes de pastoral, pero a la vez también son un reto. Tenemos un reto por delante y es llegar a cambiar estas estadísticas. Partimos desde la realidad: que nuestros jóvenes nos piden que los escuchemos, que les demos voz.

 
   

 

 

 

Por último, haciendo una radiografía a los jóvenes, podemos decir que existen cuatro aspectos fundamentales que inciden en la confección del proyecto de vida del joven en clave de Evangelio:

  • La influencia de la cultura actual que se presenta, a la vez, como dificultad y oportunidad para poder vivir la experiencia creyente y la alternativa que plantea el proyecto de Jesús.
  • El contexto socioeconómico de crisis que retrasa las decisiones importantes de la vida y que, muchas veces, entra en confrontación con los criterios, los valores y las actitudes evangélicas.
  • La situación de la Iglesia que experimentan como algo ambivalente. En ella descubren un espacio para la acogida, para el servicio a los demás y para la fraternidad, a la vez que es percibida como una institución rígida, autoritaria y anacrónica.
  • El momento decisivo en que se encuentran de cara a realizar una opción seria por Jesús, y que se traducirá en la elección del trabajo, el estado de vida, el lugar donde vivir y el estilo desde el que afrontar la vida.

 

  1. ¿LA DESEMBOCADURA ES UN MITO?

Un mito es una «historia imaginaria que altera las verdaderas cualidades de una persona o de una cosa y les da más valor del que tienen en realidad». ¿Cuando hablamos de desembocadura en los grupos juveniles, en los itinerarios de educación en la fe, lo hacemos en términos de mito, de algo imaginario y que solo está para sobrevalorar el final? La respuesta es no. No, porque esta etapa está llamada a ser el momento final real, y no imaginario, de todo proceso que busque educar en el seguimiento a Jesús.

Resaltemos que un itinerario de educación en la fe tiene, para la desembocadura, unos objetivos como los que vamos a enumerar a continuación. Vienen a confirmar que, de mito, nada, de nada:

  • Personalizar y discernir el propio proceso, tomando opciones desde una fe madura y crítica.
  • Descubrir la comunidad como un lugar de crecimiento humano y cristiano.
  • Profundizar en la propia vocación y dar pasos para la inserción en una comunidad eclesial.
  • Cultivar las propias actitudes de vida, inspirados (guiados) por el Evangelio y el carisma, si lo hubiera, del que emana dicho itinerario.
  • Lograr que la Palabra de Dios, la celebración, el servicio y el compromiso sean los elementos configuradores de nuestra vida.

Ya en otro orden de cosas, y emocionalmente hablando, ha sido duro comprobar en las entrevistas realizadas para la preparación de este trabajo, cómo algunos movimientos, congregaciones y parroquias han respondido con tristeza al preguntarles por la existencia y las características de este momento de desembocadura en sus procesos de fe:

  • Algunos no contemplaban ya ese momento al final en su itinerario de educación en la fe.
  • Si estaba planteado, lo habían dejado de trabajar porque los participantes de su itinerario no llegaban al final del proceso. También había quien lo había dejado porque no creía que fueran capaces de llevarlo adelante.
  • Han llegado a plantear incluso que no es tan importante esta etapa final.

 

Retomemos la reflexión de si la desembocadura es un mito, y siendo conscientes de que hemos concluido que no lo es, tengamos claro lo que sí es dentro de la pastoral de juventud. Para eso vamos a recurrir a lo que nos indica Gómez Serrano (1995) en un artículo[3] especializado en pastoral de juventud: «La pastoral de juventud termina propiamente cuando los jóvenes dejan de serlo y articulan el conjunto de su vida adulta desde el seguimiento de Jesús, adoptando un estilo evangélico, asumiendo su protagonismo en la Iglesia y testimoniando su fe en la sociedad desde el compromiso transformador en favor de los más necesitados».

Ante la afirmación de Pedro José del párrafo anterior, se hace necesario indicar que, desde mi punto de vista, tiene razón en su segunda parte, pero no se puede decir lo mismo de la primera, tal y como está expresada, si tenemos en cuenta la realidad de hoy de los jóvenes. Años después de la publicación de estas palabras, vamos a incluir que este final de la pastoral de juventud, esta desembocadura puede darse, incluso siendo el joven todavía, eso, joven.

 

 

 

 

Esto es algo a cuidar en nuestro discurso para con ellos, cuando los acompañamos. De no hacerlo podemos transmitirles la idea de que si no llegan hasta el final es que tienen un proceso de crecimiento cristiano inacabado, incompleto. Hay circunstancias que el joven se las encuentra, por ejemplo, ir a estudiar con unas becas Erasmus o Sócrates; comenzar a trabajar; salir al extranjero a encontrar trabajo, etc.

 

Así las cosas, si queremos entender de manera completa el fenómeno de la desembocadura dentro de la pastoral de juventud, tenemos que ser conscientes de que con ella nos estamos refiriendo a finales de procesos en jóvenes que pueden ser de dos tipos:

  • personales, en circunstancias como las antes enumeradas, y con las decisiones que él o ella tome;
  • grupales, perfectamente diseñados por aquellos planes de pastoral de juventud que así los recojan en base a objetivos, experiencias que se vayan a ofertar, planteamientos vocacionales explícitos y bien definidos, etc.

 

Si definimos de esta forma desembocadura, estaremos hablando de que, en todo el proceso del itinerario de educación en la fe, tendremos que haber trabajado las competencias para ser un cristiano coherente allá donde se esté. Si hemos trabajado estas competencias aumentan las probabilidades de que los jóvenes puedan desembocar como cristianos adultos con éxito, incluso siendo jóvenes. Podríamos señalar como competencias:

  • Jóvenes competentes en la oración, tanto personal, como comunitaria.
  • Jóvenes competentes para servir. Los jóvenes cristianos competentes habrán descubierto en el servicio a quien más lo necesita y lo que ellos pueden aportar, un pilar fundamental de su proyecto de vida.
  • Jóvenes competentes para compartir. Los jóvenes ven con muy buenos ojos el gesto del dar–se, como Jesús.
  • Jóvenes competentes para celebrar, con capacidad de trascender, de ver más allá, de reconocer a Dios en lo que vive en cada detalle y por esto tener la necesidad de celebrarlo con el Padre y la comunidad.
  • Jóvenes competentes para discernir todo lo que acontece en su vida, de pensar desde dentro y, por lo tanto, desde Dios, para, partiendo de eso, ir tomando decisiones donde se vean reflejados.
  • Jóvenes competentes para testimoniar en el mundo a Jesús Resucitado, sin miedo, con valentía y con alegría.

 

 
   

 

 

 

 

 

  1. ¿LA DESEMBOCADURA ES UNA REALIDAD?

No podemos responder a esta pregunta como si hubiera lugar para varias alternativas u opciones, porque la etapa de desembocadura, en los itinerarios de educación en la fe, tiene que ser una realidad, sí o sí. Tiene que ser de esta forma si pensamos en los niños, los adolescentes y los jóvenes que acompañamos. Es necesario que desde los grupos juveniles se les ofrezca un horizonte, y que ese horizonte sea Jesús, el poder desembocar definitivamente en una vida en Él y con Él. Con esto queremos decir que el final de un itinerario tiene que conducir al joven a vivir, de manera madura, responsable, el proyecto del Reino de Dios, cada día, ocupando el centro de su proyecto personal de vida, allá donde esté, no estando condicionado su seguimiento a Jesús por una forma de grupo única, tal y como se da a una edad determinada, en una sola familia de la Iglesia, etc. Para eso es necesario que reflexionemos los agentes de pastoral, los catequistas, sobre qué estamos ofreciendo durante el proceso de tal manera que el chico, la chica, al terminar su proceso, al desembocar, tenga claro cómo seguir haciendo realidad lo que ha descubierto como cristiano.

Real tiene que ser dicho proceso en todo momento para sus participantes, porque los itinerarios están diseñados para que los niños, los adolescentes y los jóvenes, puedan vivir desde Dios cada instante de esa etapa de la vida en la que están.

Otro matiz para tener en cuenta, aclarando que la desembocadura es realidad o no, más bien, una realidad o no, es el analizar los recursos de los que se dota dicha etapa del proceso en los distintos movimientos, parroquias, diócesis, congregaciones, etc. La inversión en esta etapa, a muchos niveles, como ahora veremos, es directamente proporcional a los resultados que se puedan obtener en la pastoral de juventud. Sin inversiones como las que ahora describiremos no podremos hablar de desembocadura, aunque quisiéramos.

Y es que cuando hablamos de inversión, lo estamos haciendo sobre recursos:

  1. Personas preparadas, catequistas vocacionados y formados, cristianos del siglo XXI. Se necesitan catequistas que den testimonio de Jesús Resucitado, de un Jesús que da vida, y que tienen un perfil en el que confluyen características de los siguientes ámbitos: antropológico, pedagógico, espiritual, pastoral y solidario.
  2. Planes completos de formación para catequistas: contenidos (bíblico, teológico, cristológico, imagen y experiencia de Dios, vocacional, etc.), experiencias para ellos (retiros, encuentros, convivencias, charlas, etc.). Recordemos que nadie da lo que no tiene.
  3. Temarios: con contenidos como la afectividad–sexualidad, lo grupal–eclesial, lo vocacional, su implicación en el mundo (compromiso social, política), la experiencia de Dios, trabajados en espiral y dando la oportunidad de que ellos mismos puedan elegir temas y puedan desarrollarlos en su propio grupo de referencia ya que tienen edad y experiencia para hacerlo.
  4. Experiencias significativas, momentos clave: encuentros, convivencias, eucaristías, cursillos–talleres de oración, etc.
  5. Acompañamiento personal: como recurso pastoral, discernimiento, formación para los catequistas de cara a llevarlo a cabo.
  6. Indicadores de conducta de la etapa final de un proceso: preguntas de horizonte que permitan reflexionar y avanzar.

[1] J. Garrido, Proceso humano y gracia de Dios. Apuntes de espiritualidad cristiana. Madrid, 1996.

[2] Material tomado de los apuntes de la asignatura Psicología Evolutiva de la Religión en la Facultad de Teología de los jesuitas en Granada.

[3] Comunidades ENCOMÚN. Pastoral de niños y jóvenes. Orientaciones, proyectos, sugerencias. Madrid, 1995.

  • ¿Cómo definir la etapa de desembocadura?

Es un momento personal y grupal. En los itinerarios, claramente delimitado, está el grupal, dividido en distintos niveles. Hay procesos que contienen momentos significativos en esta etapa final por niveles: preparación para el sacramento de la Confirmación, proceso con signos de adultez, centralidad de Jesús, una vida menos parcelada, y otros niveles, que prepararían para el salto de desembocadura. Así las cosas, este momento grupal sería el que se produce en el último año de la etapa final.

Por otro lado, está el momento personal. Esto no tiene nada que ver con el itinerario. Los jóvenes llegan a desembocar por muchas razones distintas; una estupenda, porque personalmente deciden, como cristianos adultos, participar de una comunidad ya adulta. Sin embargo, lo que más se están encontrando son desembocaduras personales forzadas por situaciones personales: máster, Erasmus, trabajos, etc. Aquí está una de las claves para la pastoral de juventud de cara a descubrir cómo acompañar, cómo salir de este proceso de desembocadura grupal, para ir haciendo este acompañamiento más en lo personal, trabajando desembocaduras personales, y para además conseguir que se valore el proceso y no se vean dichas desembocaduras como fracasos personales, procesos inacabados. ¡Qué importante cuidar esto en nuestro discurso! Importante evitar transmitir la idea de que te vas a medias. Importante transmitir que son situaciones personales. Cuando los jóvenes desembocan, si los temarios se han trabajo en espiral, como se indica antes en este trabajo, habrán visto los temas necesarios y tendrán las experiencias y las competencias necesarias para participar de una comunidad adulta.

En la mayoría de los itinerarios es todo un reto vivir las desembocaduras personales, los envíos de aquellos que van a estudiar fuera. Está muy bien diseñada la desembocadura grupal, pero está en proceso el trabajo de desembocadura personal.

El objetivo del itinerario, no lo olvidemos, es vivir en cristiano cada momento; así las cosas, cuidemos cada momento del proceso, y de la manera más personalizada posible.

  • ¿Qué elementos de un itinerario permiten llegar a este momento de desembocadura: duración, temario, acciones pastorales específicas (momentos clave)?

 

  • En el grupal, la transición en la figura del catequista. En la última etapa del itinerario, que los temas sean algo comunitario, es decir, que no sea ya tanto el catequista quien va orientando, guiando todo. Ir pasando del 100% de la gestión a que sea algo comunitario, responsabilidad de todos. El grupo menos preparado para la desembocadura es aquel en el que sus miembros se han acomodado y se lo han dado todo hecho. El catequista no ha sabido ocupar su lugar, compartiendo de igual a igual, compartiendo como cristianos adultos, todos.
  • No apagar las inquietudes de los jóvenes, lo que proponen, etc., porque un temario que apaga esto, está apagando algo que es fundamental para la adultez que es que sean capaces de llevar adelante sus propios itinerarios grupales y personales.
  • Un análisis local más allá del itinerario. El itinerario puede tener seis años, pero si es menos, adaptarlo. Esto no se trata de edad, se trata de madurez, adultez, es otra cosa. En papel hay que ponerle edad, objetivos, líneas, pero en esto hay que ser muy abiertos porque la vida no es lineal.
  • Dar competencias es imprescindible. El joven tiene que adquirir la capacidad de vivir su fe con otros, personalmente, en otros lugares, etc. Las reuniones tienen que ayudar a que los jóvenes sean capaces de desarrollar dichas competencias de un cristiano de cara a vivir una vida significativa desde el Evangelio. Un itinerario tiene que permitir que el joven viva desde lo mejor que tiene dentro. Desde ahí, los jóvenes tienen la capacidad de desembocar y de encontrar un lugar donde vivir su ser cristiano ya adulto.
  • A nivel de proceso personal, tenemos que hablar del acompañamiento, en distintos grados (sistemático, más puntual, etc.), como algo que va a ayudar mucho en este proceso, junto a su ritmo de grupo, para plantearse lo que personalmente le esté surgiendo. No tiene que esperar a que el grupo tenga sus mismas inquietudes. El acompañamiento le va a permitir personalizar.
  • Fomentar fuera de los itinerarios de educación en la fe el buscar aquello que necesite, obteniendo en consecuencia que el joven termine desembocando en otras congregaciones, en otras realidades de Iglesia.
  • Trabajar la eclesialidad será también fundamental. Tener mirada de Iglesia en los itinerarios es imprescindible. No puede ser que mi reunión de grupo sea mi única visión de Iglesia, ya que esto puede llegar a ser muy limitante, en el sentido de que, si no se ajusta a dicha imagen, lo que esté viviendo no sea Iglesia. El riesgo va a ser que cuando esto se termine buscaré un grupo de amigos, de la misma edad, que participan de los mismos proyectos, hasta en los mismos horarios, conociéndonos de toda la vida, mismas formas de ocio y diversión, etc., teniendo como consecuencia la frustración de no encontrarlo («Esto es imposible. Nunca voy a tener lo que tuve…») y no llegando a pensar que todo se debe a una visión, a una imagen muy limitada de Iglesia. Va a ayudar tener experiencia de Iglesia. Mirada eclesial y amplia: imprescindible.

 

  • ¿Qué perfil tienen aquellos agentes que la atienden? ¿Qué formación es importante cuidar en los catequistas que acompañan este momento?
  • Como perfil es imprescindible, que el catequista tenga vida personal como cristiano y también comunitaria, es decir, que viva lo que va a acompañar. Ayudará el que haya tenido conciencia de su etapa de desembocadura también. Desde la perspectiva formativa, ayudará que el catequista tenga formación potente en acompañamiento y discernimiento personal, grupal y vocacional.
  • Los catequistas tienen que saber cuál es su lugar dentro del perfil, y si nos centramos en la dimensión afectiva hay que tener claro que los jóvenes, el joven se irá despegando de mí, buscando dar respuesta a sus inquietudes. Desembocar es también desvincularse del catequista, desembocar es también desembocar del catequista. Esto es importante tenerlo presente como perfil de estos catequistas, y a nivel formativo para ayudarles a ser conscientes de este punto y saber cómo manejarlo de cara a los jóvenes y a ellos mismos.
  • Dentro del perfil de estos catequistas, indicamos como muy importante el que sean personas de Iglesia, de mente abierta. Personas capaces de expresar que la Iglesia es un don de Dios, que es rica, huyendo así de personas que puedan tener una visión reducida de lo que es la Iglesia, siendo conscientes de que no ayudaría tampoco tener catequistas con una visión negativa de la Iglesia. Con esto no queremos decir que se tenga que decir sí a todo lo que de la Iglesia venga y salga, sino que es necesario que el catequista tenga criterio propio, sea una persona crítica con la Iglesia pero sabiendo que la institución, como el resto de instituciones, no es perfecta, y que para que llegue a serlo necesita de todos y cada uno de nosotros. Es complejo porque existen distintas realidades eclesiales difíciles, pero aun así es importante tener un sentimiento arraigado de que «somos todos Uno» (Jn 17,21).
  • Junto a los puntos anteriores, es importante que en este perfil se dé el que los catequistas tengan una formación bíblica; también que se hayan trabajado su imagen de Dios, ya que van a trabajar la de otros y en un momento delicado a la par que importante de sus vidas; cómo está su vida afectivo–sexual; su compromiso social–solidario, político, etc.
  • ¿Qué papel tiene la comunidad cristiana donde se da un itinerario en el que existe este momento?

Destacan las personas entrevistadas que tiene todo el papel. La comunidad tiene como vocación el unir dos polos y toda diócesis, movimiento, congregación, debería planteárselo así. Por un lado, se trabaja la comunidad adulta para que exista, para que se visibilice, para que se vea como horizonte (con una visión siempre eclesial, es decir, presentando varios modelos de comunidades), como motor de todo, incluida la pastoral infanto–juvenil, este momento de desembocadura, etc. Y, por otro lado, conseguir que todos los jóvenes desde los dieciséis años en adelante quieran vivir como su comunidad de referencia vive. Ir uniendo los dos polos es la mejor manera de cuidar el momento de desembocadura; por lo tanto, es imprescindible trabajar adultos, trabajar jóvenes y unirlos. Así verán que la Iglesia, después de cierta edad, es heterogénea, personas de distintas edades, con distintas circunstancias personales, con hijos, sin hijos, etc. Esta heterogeneidad y el roce, el contacto con ella, va a ayudar, y muchísimo, a la desembocadura.

  • ¿Qué se puede decir, desde un itinerario, a otros itinerarios de educación en la fe que quieren llegar a tener esta desembocadura?

Es imprescindible volcarse en los jóvenes–adultos, por pocos que sean. Desde aquí, llegará el beneficio a los pequeños. En la medida en la que se dote esta etapa y esta parte del proceso de recursos materiales (temarios elaborados desde las necesidades de los jóvenes, desde la Biblia, espacios, momentos claves de oración, de encuentros solidarios, etc.) y de recursos humanos (catequistas que tengan este perfil indicado más arriba, personas muy bien formadas) aumentará la calidad de la desembocadura en los itinerarios. Es absolutamente necesario que la Iglesia (congregaciones, movimientos, parroquias) reflexionen acerca de si están invirtiendo en esto. ¿En sus presupuestos hay fondos destinados para ayudar a formar personas para que sean catequistas con ese perfil? ¿Se está contando con las personas más preparadas y con un testimonio de Jesús Resucitado para liderar esos procesos? ¿Se están generando espacios donde estos catequistas puedan compartir momentos profundos en relación con el servicio que están prestando desde la Sagrada Escritura, desde la realidad social en la que estamos viviendo, desde la oración personal y comunitaria, desde una crítica constructiva? ¿Y espacios vocacionales para orar por esta vocación de servicio como catequistas? Si no es así, no se podrá llegar a tener un proceso de desembocadura, ni personal, ni grupal, de calidad, entendiendo por «de calidad», un proceso donde finalmente el joven es protagonista de su vida, donde toma decisiones, donde salta a la vida adulta cristiana en la Iglesia, independientemente de dónde esté, con qui´rn esté, etc.

  • ¿Qué hay que tener claro en este momento de cara a vivir la desembocadura como proceso?
  • Trabajar la adultez en la Iglesia. No tratar a las personas, a los jóvenes, como niños pequeños. Esto lleva a transmitir un Dios liberador, un Dios que me permite sacar lo mejor que tengo dentro, permaneciendo en el Amor, consiguiendo así que el proyecto de Dios y el mío se encuentren. Es muy importante cuidar el discurso, de tal manera que no provoque en quienes lo escuchan un sentimiento de inmadurez, de incapacidad, porque es directamente contrario al mensaje de liberación que Jesús nos trae a todos, sin excepción. Así las cosas, tratemos a los jóvenes como adultos a todos los niveles de la Iglesia.
  • Tener un planteamiento eclesial, como ya hemos indicado más arriba. De otra forma, el joven vivirá una experiencia limitada, no completa de lo que significa ser cristiano. Por muy bueno, sugerente y creativo que sea un itinerario, sino es eclesial, está incompleto. La eclesialidad en un proceso. En los itinerarios de educación en la fe va a garantizar una mejor desembocadur; de otra forma, dicha dimensión eclesial se habrá formado de opiniones que hayan escuchado a otras personas, en los medios de comunicación, en las redes sociales, y será una visión muy pobre y distorsionada, amén que limitante para poder concretar, desde Jesús, su proyecto personal de vida como cristianos.
  • Por último, señalamos que dicho planteamiento eclesial debe trabajarse desde la unión por los más necesitados, desde la Iglesia en misión, la Iglesia misionera, la de tienda de campaña, a la que nos invita el papa Francisco. El motivo que nos lleva a proponer esto es que esto nos une sí o sí. Mientras que si nos juntamos para orar se pueden ver diferencias en la liturgia, con las que corramos el peligro de separarnos entre distintas familias de la Iglesia, el trabajar por la justicia, por los auténticamente necesitados, por un mundo más justo, solo puede generar unión, sintiéndonos todos hijos de un mismo Padre. Donde mejor se trabaja la eclesialidad, por tanto, es en la Iglesia en salida, es saliendo, no encerrándote, y queriendo que el otro se cierre contigo.