Desafíos de la comunicación digital para la pastoral con jóvenes – Jose Fernando Juan

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Las redes sociales son un fenómeno que todavía estamos estrenando. Quizá no sepamos muy bien qué son, salvo por los jóvenes. Sabemos a ciencia cierta que ellos están “ahí”, que se comunican, que invierten su tiempo, que reciben información, que viven conectados a través de la tecnología que llevan en los bolsillos. Y esto, lógicamente, a la pastoral le provoca interrogantes de primer orden. Incluso diría que obliga a ciertos replanteamientos porque, si bien siempre hemos experimentado que las generaciones jóvenes eran diferentes, las actuales están inmersas en una revolución que para ellos es el pan nuestro de cada día

De ahí que lo primero que resulta necesario es replantearse bien el título de este taller. Dejar de hablar de desafíos, que los hay, para situarse en el terreno de las posibilidades. Sacudirse igualmente el peso de la “comunicación”, propia de la era 1.0, para acoger lo específico de lo 2.0: la relación. E igualmente plantearse todo esto sin muchos “para” instrumentalizadores y utilitaristas, que siempre se cuelan, y saber que la red es fundamentalmente un espacio común y habitado por personas, a las que conviene aprender a escuchar porque hablan, se expresan, comparten lo que son. Además, por terminar con los matices, seguir insistiendo en la realidad de nuestro contexto social y eclesial, donde el mundo de los jóvenes necesita más primer anuncio y evangelización que pastoral propiamente dicha.

El taller que presento ahora consta de seis puntos con una introducción, y está pensado más para dialogar que para pasar a ser un artículo. Intentaré transmitirlo de modo que sirva para el lector como ejercicio personal. En general responde a la demanda que me hicieron las personas que organizaron las JIF2015, a las que estoy tremendamente agradecido por su labor y por la posibilidad de compartir con ellos una mañana.

Un previo necesario.
Me pregunto qué aporta el mundo digital hoy en general y para la Iglesia. Pienso que se puede resumir, una primera intuición, en cinco claves. La primera, que ha creado un verdadero espacio, un continente, con vocación de ser común y público. Aun con sus riesgos y limitaciones. Donde las personas se sitúan sin privilegios de partida y pueden dialogar en cierta simetría. Toca por tanto aprender a hacerse sitio y ser visible. La segunda clave sería el fuerte contraste que se está haciendo a la Iglesia en las redes sociales. Y me pregunto si es un signo de los tiempos o el último coletazo antes de la indiferencia. La tercera es la necesidad de “hablar” y “actuar” en la red con verdadera novedad. Es un continente por estrenar, que se va creando a medida que los usuarios intervienen y se implican. Si la Iglesia no interviene en él, entonces es responsable de su ausencia. La cuarta, ligada a la anterior, es la obligación de resituarse y de elegir cómo se actúa. Y la quinta es que en las redes sociales existe un fuerte cuestionamiento de las referencias previamente establecidas.
Dicho lo cual, me parece fundamental la pregunta sobre nuestros propios previos. Yo, como persona que vive en la red, ¿qué sé, qué estoy haciendo, por qué y para qué? Pregunta que lanzo, y que me gustaría dialogar, porque resulta la clave para todo lo demás. E igualmente una aclaración sobre nuestros prejuicios e ideas preconcebidas, frente a lo que realmente se mueve. Si te preguntase cuál es la red más usada por los jóvenes, ¿qué responderías?

De la pastoral de las respuestas a la pastoral de la pregunta.
Ya que queremos preguntas, ¿de qué estamos hablando con “pastoral de preguntas”? Te ofrezco una lista, escoge dos o tres: hacer preguntas a los jóvenes, encontrar sus preguntas, ser críticos con lo que vivimos, provocar pensamiento profundo, superar las primeras impresiones, conocernos más unos a otros, esperar respuestas de los jóvenes, reflexionar juntos sobre la vida, hacer dudar o suscitar sospechas, proponer algo diferente, mostrar que somos interesantes, despertar lo que llevamos dentro. ¿A qué se refiere la pastoral de las preguntas?

Creo que la mayor parte de las veces queremos despertar interrogantes, conectar con las búsquedas, decir cosas “veladamente” o hacer propuestas. Y resultaría terrible ir a la red y ponerse a hacer preguntas, sin más, a diestro y siniestro. Es más, para los jóvenes, y no tan jóvenes, los interrogantes suelen generar desconcierto, miedos, inseguridades, incomprensión, ignorancia y desprotección.
Hagamos la prueba. Escribe una pregunta que lleves contigo mismo, en el corazón. Algo que sea verdaderamente importante, porque lo que queremos es llegar de verdad al mundo de los jóvenes. Escríbela en un papel. Si pudiera alguien hacerte esa pregunta en una red social, ¿cómo te sentirías? ¿Realmente te agradaría, y provocaría conexión o desconexión?

A mi entender, cuando hablamos de “pastoral de preguntas” en la red, donde deberíamos poner el foco es precisamente en lo contrario de la primera intuición. Esas preguntas, tan importantes y radicales que decimos que toda persona lleva dentro, no son otra cosa sino las grandes verdades de la vida, un tesoro regalado a todos y que nos ponen en búsqueda: hemos nacido para ser felices, queremos amar y ser amados incondicionalmente, vivir a fondo y no ver pasar el tiempo sin más, aceptarnos como somos y acoger al otro como es.

Algunas claves para la red, en relación a las preguntas: ser sistémicos como serpientes y amables como palomas; despertar interrogantes que creemos y sabemos que toda persona lleva dentro, respetar tiempos y ritmos sin querer acelerar a nadie en su camino, hoy difícil, y preguntar para escuchar con interés por las personas más que para soltar respuestas tempraneras. La red social para este tipo de “vida” diría que es Twitter. En la red del pajarito no gustan las personas dogmáticas, pero tiene una excelente acogida las cosas que hacen pensar y las frases que mueven el corazón; las preguntas directas suelen ser interesantes en momentos clave, pero mejor en privado; me pregunto muchas veces si aprovechamos las tendencias y las polémicas aportando algo diferente, propiciando una verdadera cultura del diálogo; y, lo que está muy claro, es que el lenguaje no puede ser el mismo de siempre, no pueden ser las preguntas una y otra vez sobre “lo mismo” (y lo leo con tonito), porque lo único que consigue es mayor indiferencia y reforzar continuamente las defensas personales.

De la pastoral centrada en contenidos a la pastoral centrada en las personas.
De nuevo comienzo con una pregunta, que me planteo mirando a los propios jóvenes. ¿Qué es ser persona?, ¿tengo claro lo que estoy diciendo? Si pudiésemos dialogar veríamos dónde están colocados los acentos. Y tocaría profundizar: ¿Por qué hablamos así, y cómo miramos realmente a los jóvenes?, ¿los considero realmente personas o no, los trato como personas o no?

Respecto a estas cuestiones es necesario aclarar que la red no es un instrumento o una herramienta. O no debería serlo en clave evangelizadora. Quizá pueda serlo para otros, pero no debería serlo para la Iglesia. Con @iMision20 hemos aprendido que la red es un lugar habitado, en el que las personas “están” y se relacionan. Su “estar” en las redes en verdad es peculiar, pero es un “estar”, un “vivir”, un “comunicarse”, un “buscar”, un “relacionarse”. De ahí que haya que incidir una y otra vez, de forma repetida en esto: aunque yo vea a un joven aparentemente solo con un móvil en las manos, su experiencia es que está con alguien. Comprender eso nos plantea nuevos retos digitales: prestar atención, saber escuchar verdaderamente, comprender y resultar acogedores, ser amables. De algún modo la llamada es la de siempre: céntrate en lo verdaderamente importante, más allá del tweet está la persona; pon el corazón y las fuerzas en lo esencial a la hora de estar en la red; aprender a descubrir que somos relación, que estamos “juntos” unos por otros. Nadie estaría en la red si estuviera vacía de esta vida. Ha sido su fuerza de atracción para todos los que buscan y el motor del mayor intercambio y relaciones jamás conocido en la historia. Siempre hemos sido seres conectados, es decir en red, y ahora vivimos hiperconectados.

Lo que me plantearía en este punto del taller es que las redes sociales han abierto el campo de la relación muy ampliamente. Los jóvenes están compartiendo su vida, que es fundamentalmente privada, no pública, y de forma emocional, como es propio de su edad. Y su modo de “estar” ha girado hacia lo visual; por lo tanto, comparten a través de imágenes. Los más jóvenes hoy están en Instagram y se han pasado de forma masiva a Snapchat. Si quieres encontrarnos, están ahí. Y están compartiendo sus cosas. Si pudieras tener “acceso” a ellos, ¿qué les dirías viendo lo que hacen, lo que viven, lo que escriben, lo sentidos que son?

Muchos se plantean en este punto que no les agradan los jóvenes y lo que hacen, que no les gusta aquello que comparten y que no sienten ningún tipo de interés por ello. Lo cual se percibe y es muy llamativo. Otros creen que su forma de estar puede ser simplemente cotillear, como visor silencioso, pero eso no es relación sino invasión de la intimidad, que por otro lado es causa de insignificancia y pérdida de credibilidad. Pero entonces, ¿qué decir cuando “vemos lo que vemos”? Y ésta es la clave: fijarse y atender bien a la persona. Los jóvenes buscan lo que siempre han buscado los jóvenes, sólo que el modo de mostrar esas búsquedas es ahora en forma de imagen, de alegría. Quieren ver lo mejor de sí mismos, lo están persiguiendo, saben que está pero no saben dónde ni qué. Quieren sentirse acogidos como son, pero tienen miedo al mismo tiempo. Como siempre. Quieren ser parte de algo, y parte importante. Quieren pertenencia, relación, amistad, grupo, complicidad.

Cuando decimos en pastoral que hay que pasar de los contenidos a las personas, por un lado estoy absolutamente de acuerdo; pero también por otro me doy cuenta de que los cristianos tenemos un gran problema con nuestro contenido, o al menos no sabemos qué es lo esencial. Durante años se ha puesto todo el contenido de la Iglesia al mismo nivel, o incluso se ha dado más importancia a cuestiones secundarias o muy secundarias. De ahí viene el conflicto. Sin embargo, quien recupera de verdad el contenido esencial del mensaje y del Evangelio acierta de pleno con los jóvenes y es luz: Dios te ama y tú eres muy valioso e importante, eres bello, tienes mucho que aportar, los otros son tus hermanos, Dios ha dado la vida por ti y te regala la Vida. Esto es, a poco que pensemos, lo que hay que decir a los jóvenes estén donde estén, de un modo comprensible. Y qué mejor lenguaje hoy que el de las redes sociales.

En las redes sociales, Instagram y Snapchat son las que triunfan. En la segunda es muy complicado acercarse, salvo que ellos quieran hacerlo. La primera es más abierta y da pie a la relación y al contacto, a compartir el mundo. En Instagram es fundamental estar al día de la gente, hacerse visible y descubrir lo maravillosos que son los jóvenes. En esta red social la imagen ha cobrado el papel principal y es así como muestran que son importantes y que quieren ser importantes para otros, estar bien consigo mismos y crear comunidades fieles donde se refuercen mutuamente. Desde mi experiencia, es un privilegio compartir mundo así con ellos y tener la oportunidad de señalar sus bondades y sus búsquedas. Y dejaría a un lado la crítica al “postureo”, que tiene más que ver con los desagrados de los adultos, que con lo que están de fondo buscando los jóvenes.
De la pastoral de la transmisión a la pastoral del testimonio.
Esta parte se plantea muy fácil, sin descubrir nada nuevo: sé tú mismo. Ahí se podría dejar todo y habríamos dicho lo más importante de todo lo que se pueda decir. No hay nada fuera de esto que verdaderamente aporte algo significativo a la vida de las personas, que es lo que realmente importa dentro y fuera de la red. Plantearse otras cosas quizá sea impostura torpe o deseo de manipulación de otros, antesala de la propia soledad e infelicidad.

En la red, como en la vida, la valoración personal no es exclusiva de mí mismo. No conozco a nadie sano cuya opinión sea la única importante sobre sí mismo. De hecho, más bien sucede todo lo contrario. En la red esto es vivido con una tensión notable: una cuestión es la propia imagen y valoración, y otra es la identidad recibida en forma de reputación. Lo que digo de mí en la red es fundamental, y lo puedo controlar mucho más que en cualquier otro medio en el que estoy, pero igualmente tiene un peso descomunal lo que otros dicen de mí, sobre lo que no suelo ejercer más poder que el de la seducción o influencia.

Al margen de lo anterior, es interesante subrayar que apostar por el testimonio en las redes sociales supone salirse de lo convencional, e implicarse personalmente. Significa de este modo poner punto y final al anonimato, hacerse visible y audible, dejar por tanto que otros participen de lo propio y nos digan lo que tengan que decirnos, desenmascararse sin falsedades ni hipocresías, como tampoco refugiarse en prepotencias que no conducen a nada. Todo esto está claro. Y, por otro lado, tener cuidado con “tufillos” que espantan o presencias que se hacen repetitivas e insoportables. Ser auténticos cristianos en la red no puede ser adentrarse sin ningún tipo de respeto a repartir estampitas virtuales de dudosa calidad estética, ni sentirse tan importantes como mejores.

Es más, lo que yo plantearía es si siendo auténticos los jóvenes encontrarían algo de lo que buscan. Es decir, ¿tengo algo que ofrecer que ellos estén realmente buscando?, ¿puedo conectar en algo, qué hay en común que pueda provocar atracción y sirva de llamada? De otro modo será imposible encontrarse. Mejor dicho, nos encontraremos los “muy cristianos con los muy cristianos”, “los menos cristianos con los menos cristianos” y “los jóvenes con los jóvenes”. ¿Qué buscan, por tanto, en la red donde puedan encontrarme? ¡Ésta es la pregunta de la autenticidad, y no la del egoísmo! Los jóvenes buscan música, diversión, distracción, relaciones, amistad, complicidad, protagonismo, libertad, intimidad, preocupaciones, información, desahogo, expresión, pertenencias, tendencias, imágenes, apoyo, sentimientos, palabras, gustos, ideas, cercanía… ¿Hay algo auténtico de mí que conecte con esto?

Para terminar, subrayar el carácter personal de las redes, donde las presencias se pueden “convocar” pero nunca “forzar”. Se está o no se está, pero hay que aprender a estar bien, por encima de nuestros egoísmos y mediocridades. “Ser auténticos” no puede ser para los cristianos un torpe escaparate de todo lo buenos que somos, porque somos imperfectos. Ser auténticos requiere, de corazón, valorar y dar valor a lo pequeño que vivimos, identificar –de identidad– aquello que nos hace felices por lo encontrado o removido y saber –querer- compartirlo con libertad. La red valora mucho esto: la capacidad de apertura de lo que vivimos. Y estoy tremendamente convencido de la riqueza de la Iglesia en este sentido: para dar y contagiar vida.

Cierre.
Fue imposible abordar todo el programa planteado. Y también ahora lo es. Quedaron en el tintero cuestiones fundamentales como la proximidad, la narración y la interioridad. En cualquier caso, si alguien quiere el Powerpoint preparado para el encuentro, o bien la organización, o bien RPJ, o yo mismo se lo hacemos llegar sin problema. Porque la buena red trata de esto: encontrarse, compartir y enriquecerse. Sin más, muchas gracias a los que compartieron el taller e hicieron posible con su participación lo vivido allí.

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