DECÁLOGO PARA ACEPTAR LOS LÍMITES – Hna. Inmaculada Luque

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Hna. Inmaculada Luque

Monasterio de la Conversión

hna.inmaculada@monasteriodelaconversion.com

El día tiene 24 horas, pero a mí me faltan siempre dos o tres para hacer todo lo que me gustaría. Y sospecho que no soy la única. Nos faltan horas para terminar tareas, días para cumplir sueños, años para vivir todo lo que quisiéramos. Nos faltan llamadas por hacer, cafés por compartir, ratos para estar con quienes queremos, tiempo para retomar aquel hobby que dejamos aparcado. El tiempo nos recuerda a diario que no podemos con todo. Pero no es el único límite con el que convivimos. 

La vida viene con límites. El de nosotros mismos, que no somos tan estupendos como nos gustaría. Bien lo sabemos los que luchamos toda la vida contra nosotros mismos, con ese rasgo de carácter, esa forma de ser o de hacer que nos gustaría cambiar. El límite de nuestras capacidades, que no abarcan todo lo que quisiéramos. El límite de nuestra historia personal, que con los años nos va dejando cabos sueltos: caminos, personas y episodios que no se resolvieron bien y que todavía arañan la memoria. 

Y, por supuesto, los límites de los demás. Del pesado, de la que repite las cosas mil veces por inseguridad, del que es un cabezón y nunca da su brazo a torcer, del que siempre llega tarde o del que parece que nunca se entera de las cosas. Convivir nos enfrenta una y otra vez, y a veces con dolor, a la realidad de que el otro no se amolda a mis expectativas. 

Pero no son solo los demás. Está también el límite de la salud, con sus fastidios inoportunos. El límite del sueldo y las cuentas que nos provocan insomnio. El límite de las personas que se fueron, de los proyectos que nunca se realizaron, de las palabras que no dijimos a tiempo. La vida entera está marcada por fronteras que no hemos elegido y que, sin embargo, forman parte de nuestro camino.

La cuestión es que hay distintas maneras de abordar los límites de la vida y eso mismo tantas veces nos condiciona. Es necesario hacer las paces con los límites de la vida para tener una vida plena, feliz, agradecida. No nos pasemos la vida soñando con una vida distinta de la que tenemos, y, en cambio, aprovechemos esta, la nuestra, la real, la única vida, en definitiva, en la que podemos amar, entregarnos y ser felices. La vida cristiana, la relación con un Dios que ha entrado en el tiempo, es una escuela preciosa de esto.

Por eso propongo un decálogo para aceptar los límites: 

  1. Relájate: Dios existe y no eres tú. Tú busca el bien y empéñate en él, pero no te creas el salvador de todo ni de nada. Haz el bien que puedas, pero confía la última palabra a Dios. Él salvará todo límite. 
  2. Acéptate a ti mismo. Reconoce tus virtudes sin exagerarlas y tus defectos sin esconderlos. Mírate con asombro, con humildad y con gratitud. Primero acéptate y luego busca superarte. 
  3. No te compares. No te midas con los demás ni te midas con tus éxitos o fracasos. No eres tampoco tus pecados. Lo que te define es la mirada de Dios sobre ti, eso te dice tu verdad más sincera. Vive hacia Él, no para que los demás te aplaudan. 
  4. Acepta a los demás. Cambia la exigencia por la acogida. Los demás no tienen por qué amoldarse a tu expectativa, son como son. Querer a alguien no es aprobarle ni perdonarle la vida, es acogerlo en su verdad concreta. 
  5. Haz las paces con el pasado. Reconcíliate con tus decisiones, con las cosas que salieron mal y con lo que los demás hicieron. Aprende de ello, habla y reacciona frente a lo que estuvo mal, pide perdón y perdona. Deja que el pasado te enseñe, pero no permitas que sea una piedra pesada en tu mochila. Libérate, aligérate, ten esa costumbre cotidiana. 
  6. No te resignes. Aceptar los límites de la condición humana no significa conformarse con lo que está mal. No toleres la injusticia ajena ni pactes con la mediocridad propia. Al contrario, sal y combate. Que tu corazón aprenda a distinguir aquello contra lo que hay que luchar de aquello que hay que aceptar. 
  7. Vive hoy. No esperes a que la vida sea perfecta para entregarte, porque nunca lo será. La plenitud no se alcanza cuando desaparecen los límites, sino cuando los habitamos con amor. El hoy concreto, con sus límites, es la oportunidad para abrirnos al misterio de la plenitud.
  8. Cultiva la gratitud. Acostúmbrate a dar gracias. No des por hecho todo lo que tienes, lo que eres, las personas con las que estás y te han amado. Di «gracias» en voz alta y dilo en silencio, en el corazón, muchas veces al día. Díselo a los demás y díselo a Dios. Un corazón agradecido está reconciliado con la realidad.
  9. Dios es realista. Su gracia actúa sobre lo real, en eso que te pasa de verdad, no sobre lo que te gustaría que pasara. Dios cuenta contigo tal como eres y estás ahora, no tal como crees tú que deberías ser. Tu propia historia, con todas sus luces y sombras, con todos sus cutreríos y sus huecos en blanco, es su oportunidad de hacer historia de salvación contigo. 
  10. Jesús vivió en el límite. Los límites existenciales han sido asumidos por Él y salvados: el paso del tiempo, las despedidas, la decepción de los amigos, la pérdida de las personas queridas y las dificultades para entendernos. Vive tus límites con Él. 

En definitiva, solo en lo real se puede amar, entregarse y ser feliz. La vida real es el espacio del encuentro con Dios. Aceptar los límites es, al fin, una manera de decir sí, heme aquí. Es toda una forma de vivir.