DE TAL PALO, TAL ASTILLA – Marita Osés

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Marita Osés

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Cuando era jovencita, me resultaba arrogante la expresión «hijos de Dios». Con lo poca cosa que somos, con las burradas que llegamos a hacer, ¿cómo vamos a ser hijos de Dios?, pensaba para mí. Me iba grande aquella categoría y, aunque conocía a muchas personas buenas y mi propia bondad, también sabía por experiencia lo mezquinos que podemos llegar a ser. Para colmo, la expresión «hijos de Dios» se refería a todos, los «buenos» y los «malos» de la película, y eso me parecía todavía más difícil de aceptar. Era una época en la que entendía que una cosa era Dios que estaba Allá y otra nosotros que estábamos aquí. Había una separación enorme entre unos y otros. En realidad, no había entendido nada.

Jesús tuvo una experiencia de amor de Dios tan grande que no pudo dejar de comunicarla todos los días de su vida hasta el de su muerte. Comprendió que su tarea era traer ese amor al mundo, acortar el espacio que había entre el cielo y la tierra, entre la dimensión espiritual y la material, entre lo divino y lo humano. Con Jesús ya no hay distancias insalvables entre Dios y las personas. Él se hizo uno de nosotros al nacer, y volvió a recordárnoslo cuando se puso a la cola para recibir el bautismo. A partir de entonces, nos habló con su vida: pasó por todas las vivencias que un ser humano puede atravesar. Es por eso por lo que él es nuestra esperanza, porque tiende un puente entre los seres humanos y Dios.

¿Qué consecuencias tiene esto?

  • A partir de Jesús, la relación con lo divino es de amor y no de miedo o de poder como ocurría en el Antiguo Testamento.
  • Si Dios es nuestro Padre, estamos hechos de su misma esencia (amor y luz). «Vosotros sois la luz del mundo».
  • Su poder es nuestra herencia y no tenemos que hacer méritos para ganarlo. Nos lega su Espíritu en un acto de amor. Nuestra propia existencia es un acto de amor de Él que se vuelca en nosotros.

Me pregunto si Jesús fue el primero en experimentar que venimos todos de una fuente suprema y que, por lo tanto, estamos hechos de su misma materia prima lo que nos hace a todos iguales. O tal vez fuese el primero que se atrevió a decirlo. No solo existe una relación directa sino el hecho de «ser parte de» aquel de quien procedes, de aquel que te ha creado. Formamos parte de algo más grande, de una forma tan personal que se habla de ese algo como Alguien. Jesús se experimentó parte de ese amor tan grande, se sintió tan amado que quiso que nadie se perdiera esta experiencia. Y para explicarla la comparó con el amor que siente un padre por un hijo. Acaso fue por eso por lo que utilizó la expresión hijos de Dios. Con Jesús, pasamos del Dios riguroso y autoritario del Antiguo Testamento a un Dios-amor como el padre de la parábola del hijo pródigo que también es madre (amar es acoger, aceptar sin juicio, cuidar).

Nos descubrió que Dios no estaba Allá, sino Aquí, dentro de cada uno de nosotros, que no estamos sueltos en el universo, dejados de la mano de Dios (nunca mejor dicho), sino que somos parte de él, manifestación de su amor, el cual perpetuamos.

Si hay alguien que nos ama tanto como para darnos la vida y la oportunidad de conocer el Amor ¿por qué nos cuesta tanto amarnos a nosotros mismos? ¿Por qué nos tratamos con rigor y exigencia en lugar de con comprensión y amabilidad? ¿Por qué no prestamos atención a nuestras necesidades y deseos? Porque interpretamos mal su mensaje. Creemos que el amor es un premio que hay que merecer, creemos que Dios negocia con su amor y lo hace depender de nuestra conducta. Por el contrario, el amor de Dios es un regalo, una gracia, no hay que hacer méritos. Nos ama porque no puede hacer otra cosa, porque esa es su naturaleza.

Jesús se dio cuenta de eso, de que su ser era uno con la totalidad y que ese todo, esa energía de puro amor que ha dado lugar a todo lo demás por el hecho de desplegarse y encarnar ese amor, nos hace a todos hijos. Es muy atrevido decir «soy hijo de Dios» en una sociedad y en una cultura que habían mitificado a Dios y lo habían encerrado en el tiempo y elevado a los altares alejándolo del ser humano. Pero es todavía más atrevido decir: Todos sois hijos de Dios.

En Egipto, el faraón decía tener sangre divina, para justificar su poder político, económico, religioso, militar. En virtud de su supuesta conexión con la divinidad, se le debía culto y pleitesía. Jesús, por el contrario, lo que viene a anunciar es ¡¡¡nuestra naturaleza divina!!! No usa su filiación divina para someternos sino para elevarnos, para colocarnos junto a él. Nos dice: «Sois como yo». Él está al servicio de las personas y le mueve el amor a sus semejantes y la compasión ante su dolor. Dice: «Haréis mis obras y mayores». Experimentó la grandeza que le otorgaba su relación con el padre y quiso que nosotros viviésemos lo mismo. Por eso nos dice: «Haced lo mismo que yo». ¿Qué hacía él? Largas horas de silencio y oración, empatía con el sufrimiento, lucha por el respeto y la igualdad de todos los seres, no juicio, no violencia, vivir el presente, confiar. Ese modo de proceder le sirvió para hacer el descubrimiento que le cambió la vida: soy amor y la vida tiene sentido si lo soy plenamente. Y no pudo resistirse a proclamar este descubrimiento íntimo, aunque le costara la muerte.

Creer que Dios está dentro y no fuera, y que al mismo tiempo estamos en Él que nos envuelve con su amor y constatarlo en nuestro día a día como una presencia amorosa nos permite vivir desde la confianza, desde la esperanza, desde la posibilidad siempre abierta de que se haga presente y dé un sentido muy concreto a todo lo que va sucediendo en nuestras vidas. Creer que procedo de Él me abre a vislumbrar en mí y en mis semejantes un potencial que ni siquiera me habría atrevido a imaginar. Y me estimula a comprobarlo, me reta a ponerme a prueba y a devolver humildemente al mundo el amor con el que he sido creada y con el que me sostiene, por duras que sean las circunstancias que me toque atravesar.

Si Jesús entendió que su misión era traer el amor de Dios al mundo, hacerlo palpable y visible a los ojos de los hombres, los que nos decimos seguidores de él, se supone que queremos hacer lo mismo. Por eso, vale la pena preguntarse: en mis circunstancias actuales, en mi entorno o en los diversos entornos en los que me muevo, con mis talentos y mis carencias, ¿cómo puedo yo este año hacer visible el amor en el mundo? ¿Qué puedo hacer para que más personas se sientan amadas? Una sonrisa, una mano tendida, un hombro en el que apoyarse, una mirada sin juicio, un corazón que acoge mi dolor o mi alegría… Todos ellos son gestos de amor y, por lo tanto, gestos de esperanza. ¿Qué es lo que nos impide hacerlos?

¿Vamos demasiado deprisa? ¿Nos miramos tanto al ombligo que no vemos a quién amar? ¿Tenemos miedo de ser «demasiado buenos», de que nos tomen el pelo, de que nos decepcionen, de que nos utilicen? ¿Me amo tan poco que no puedo amar a otros?

Iniciábamos esta reflexión diciendo que Jesús viene a acortar el espacio entre lo material y lo espiritual. A veces lo que nos impide ser amorosos es estar atrapados en la dimensión material de nuestra existencia, en modo supervivencia, en la urgencia de cubrir las necesidades básicas. En ese plano de la realidad, necesitamos controlar y sentirnos seguros. Jesús colocó esa dimensión en un segundo plano y no sabía ni qué comería ni dónde dormiría, priorizaba la dimensión espiritual, entregando el control a Dios de manera completamente confiada. Cuando nos percatamos de verdad de que el amor gobierna nuestras vidas entramos en confianza, en agradecimiento, en generosidad. Lo que ocurre en el plano material, lo que es visible a los ojos, pierde relevancia. Es lo que ocurre en la dimensión espiritual lo que define nuestra vida, es ahí donde nos jugamos la plenitud o la insatisfacción. Porque somos seres espirituales atravesando una experiencia terrenal.

Hoy en día acudimos a Google cuando precisamos información sobre el mundo material. La propuesta de Jesús es entrar en nuestro interior, habitado por Dios, para encontrar toda la sabiduría que requiere la vida espiritual, es decir, para amar como estamos llamados a amar. Si conectamos con Él, fuente de todo y de todos, encontraremos lo necesario para vivir permanente conectados a esa dimensión espiritual y sostener desde allí todo lo que nos sucede en el plano material. Que así sea.