DE BAILAR… A REZAR CON EL CUERPO – Ana Guerrero

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«¿Nos puedes enseñar otra danza?». «Es que… yo soy muy torpe…». «Pero si no sabe ni dónde tiene la derecha ni la izquierda…». «Me da vergüenza…». Estas y otras expresiones son las que suelo escuchar al proponer por primera vez la danza contemplativa. Es algo así como el miedo a lo desconocido, la incertidumbre ante lo nuevo… Y, sin embargo, ni es nuevo ni desconocido…

¿Quién no ha escuchado nunca música y le ha surgido seguir el ritmo, aunque sea con el pie? ¿Quién no ha sentido nunca el impulso de expresar con un gesto el agradecimiento, el perdón, la petición…? Con un abrazo, una sonrisa, un gesto de las manos… Si esto es parte de nosotros, de nuestra naturaleza y cultura… ¿por qué no entenderla dentro del diálogo con Dios?

En estos años atrás, esta ha sido la experiencia en la parroquia de Las Rosas, en Madrid, con los jóvenes y los no tan jóvenes… de la forma más sencilla, desde los diálogos casuales, compartir lo que algunos ya habíamos experimentado… y responder a la ilusión e inquietud de quien se sentía atraído por la idea.

«Invitemos a los jóvenes a orar juntos… Y orar con todo el cuerpo». Desde lo sencillo, los sentidos, los gestos, corporales, alguna danza… Respondiendo a la invitación del propio Jesús, «amarás al Señor con todo tu corazón con toda tu mente, con todas tus fuerzas…» sin apartar nada de lo que somos, de lo que Dios ama, de nosotros.

Y en lo concreto, ¿cómo ir haciendo esto? En pequeñas dosis… lo justo para que quien conecte con este estilo de oración desee más; y quién no lo sienta como tal… pueda acompañar a los otros.

Un primer tiempo de orar la Palabra desde los sentidos: cada oración desde un sentido, convirtiendo la meditación y la respuesta a esa Palabra, en un gesto sencillo, unido a ese sentido.

Otro tiempo… Contemplando los «gestos de Jesús» en el Evangelio, y de nuevo respondiendo a estos, con nuestros pequeños gestos.

Y entre tiempo y tiempo, introduciendo alguna danza contemplativa (aprendida antes de la oración) y que añade a lo anterior el sentido comunitario y expresivo, de belleza… porque danzamos unidos, porque nos unimos danzando, porque aunamos ritmos, porque expresamos lo que sentimos con la ayuda de una coreografía compartida… y así creamos un clima de silencio orante, un clima de apertura a Dios.

«Y ¿no es ridículo? ¿No haces el ridículo?», te puedes preguntar… Pues sí o no, solo tú lo puedes responder si tienes la oportunidad de experimentar…

Desde mi experiencia, y me atrevo a decir que, desde la experiencia de muchos jóvenes en estos años, es todo un misterio, el misterio de la relación profunda e íntima con Jesús. Desde uno de los lenguajes más antiguos: el cuerpo, la música, la danza.

Piénsalo un momento. ¿Qué música escuchas cada día según tu estado de ánimo? ¿Cómo mueves tus pies, tus manos al ritmo de una música triste? ¿Y de una alegre? ¿Cómo cambia tu expresión del rostro en cada momento?

Pues si tu cuerpo se expresa diferente cada vez… así lo hará también cuando hablas con Jesús, con Dios… ¿por qué no probar?

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