CUIDAR, OTRA FORMA DE VER EL MUNDO. EL CORAZÓN FRENTE A LA LEY – Chema Pérez-Soba

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CUIDAR, OTRA FORMA DE VER EL MUNDO. EL CORAZÓN FRENTE A LA LEY

Chema Pérez-Soba

chema.perez@cardenalcisneros.es

A veces, cuando hablamos del cuidado lo pensamos en el orden moral, como una forma más de ser buenos. Y, como todo lo moral, quizá es bueno reorientarlo. La clave pastoral de nuestro ser moral cristiano no es tanto el «tengo que» (incluso «tengo que ser solidario») como en presentar un camino de vida, una forma de existir que merece la pena. De hecho, esta es la orientación de la propuesta de Jesús: en el Reino de Dios (que ha empezado ya) mucho más que hacer esto o aquello lo importante es convertir el corazón. Y, como ya hemos señalado otras veces, convertir el corazón significa en la Biblia convertir el centro existencial de la persona: cómo quiero ser.

Esta es la clave de la pregunta de Pedro: «Maestro, ¿cuántas veces hay que perdonar?» (Mateo 18,21-35). Mateo juega con el doble significado que los números tenían en la cultura hebrea. «Siete» no es solo una cantidad, sino que significa una cualidad: «perfección». De esta manera, Mateo señala que Jesús cambia la pregunta, porque la pregunta está mal hecha. «Setenta veces siete» no significa tanto cuánto (aunque sea «siempre»), lo que implicaría número-cantidad, sino cómo. Hay que perdonar perfectísimamente, esto es, de corazón. Este es el mensaje del Reino: no sustituir una ley por otra, sino no dejar que el odio se instale en nosotros. Por eso tenemos el valor de decir en el Padrenuestro: «perdónanos como nosotros perdonamos», porque sabemos que esa es nuestra apuesta por el Reino: una forma de vida.

Cuidar nace de una forma de ver la realidad con los ojos de Dios. Nace de responder a lo que todos los seres humanos somos, imagen de Dios, cuidador de la realidad. Si acepto a Dios en mi vida, si se convierte en rey de mi existencia, el otro es mi hermano, es mi hermana. Y, familia todos y todas, nos cuidamos mutuamente, como se hace en las familias.

Mateo insiste mucho en esta idea. Dirige su evangelio a una comunidad judeocristiana en la que esta idea es central. Así, en el sermón del monte, la presentación de Jesús como el nuevo Moisés, que enseña desde el nuevo Sinaí la nueva Ley, Mateo subraya en que en el Reino ya no es cuestión solo de hacer, sino de dónde nace ese hacer (Mateo 5-7). Ya no es cuestión de matar o no, sino de renunciar a la violencia porque tú nunca la mereces. Ya no es cuestión de adulterar, sino de la fidelidad a la persona amada porque lo merece. Este es el problema joven rico (Mateo 19,16-22): no comprende que la pregunta que hace no es correcta. No es cuestión de hacer, sino de convertir el corazón. Y si veo a mi hermano pasar necesidad, lo norma es compartir con él lo que tengo.  Eso es el Reino.

Como en la parábola de los jornaleros (Mateo 20,1-5). En resumen: el dueño de un campo contrata a una serie de jornaleros para ir al campo a cambio de un denario. Como es sabido, un jornalero cobra por jornada, con lo que no trabajar es no cobrar (y no comer, claro, él y la familia). El dueño manda a un grupo a primera hora de la mañana al campo y, luego, viendo que queda más gente sin ser contratados, va mandando más personas a las nueve de la mañana, al mediodía, a las tres y a las cinco de la tarde… y cuando cobran, claro, se monta el lío porque unos se molestan por cobrar igual que los otros. Y la respuesta es contundente: «¿ves con malos ojos que yo sea bueno?»

 

Esa es la clave del cuidado. Si vemos la realidad con los ojos de la competitividad, del ego superficial, no puedo cuidar. Porque cuidar implica ternura, ternura que no se puede comprar. Es un plus de gratuidad. La realidad desde mi comparación constante con el otro me hace percibirle como un rival. Solo se calma mi ego cuando me siento más que él. En la cultura del éxito que se nos propone desde algunas de las instancias sociales o ganas tú o gano yo. De esta manera, mi éxito se basa en que tú sea un fracasado… si no, ¿qué emoción tiene ganar? Y el ciclo (infernal) no tiene final.

Si lo miro con los ojos del Reino, de la compasión, que mi hermano coma hoy me alegra. Y el milagro de la bondad del amo me encanta y le doy las gracias porque todos vamos a ser un poco más felices hoy.

De esta actitud nace el cuidado. Eres mi hermano, me siento implicado en tu vida y, por eso, me alegra tu bien y me ocupa tu bienestar. Y, como sé que a ti también te preocupa el mío, me dejo cuidar. Y empieza la rueda del cuidado mutuo, de la fraternidad compasiva… el ciclo de Dios.

La pregunta que sugiere la parábola de hijo pródigo (esta vez en Lucas 15,11-32) sigue vigente: el hermano mayor, ¿entra a sentarse con su hermano o no? Tuya es la respuesta.

Cuidar nace de una forma de ver la realidad con los ojos de Dios

Cuidar implica ternura, ternura que no se puede comprar

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