Cuestión de tallas – MªÁngeles López

@Papasblandiblup

En este extraño tiempo que vivimos, sin noticias ciertas de cómo será el futuro, se vuelven tendencias cosas tan curiosas como raparse la cabeza o dejarse las canas sin teñir. Las mujeres hemos dejado de usar collares y zapatos de tacón; y las corbatas parecen una impostura reservada a ministros y jefes de la oposición. Vivir de puertas adentro nos ha convertido a todos a la secta del chándal y los paseos en horario restringido, te guste andar o no. Y cuentan los expertos que el confinamiento nos ha dejado entre 3 y 5 kilos de más, y por tanto un aumento significativo de talla.

Es lo que se lleva esta temporada. Sin embargo, la Guardia Civil apunta los comportamientos que van a pegar fuerte en las próximas. Una de esas tendencias ha llegado ya para quedarse, y arrasa especialmente entre los más jóvenes: es el salto de confinamiento. Y consiste, claro está, en saltarse las normas que se apliquen en la fase de la desescalada en que se encuentre tu provincia o tu ciudad para montar fiestas, hacer botellón con los amigos, organizar un desfile de moros y cristianos o marcharte a tu segunda vivienda.

Responden los individuos pillados en falta que les apetecía hacerlo y ya no aguantaban más. ¿Qué otra explicación podrían dar más que la del egoísmo y la falta de solidaridad? Al tiempo y de forma paralela, en las comunidades donde se pasa de fase se apagan los aplausos de las 8. ¿Es que eran más un entretenimiento que un gesto de compromiso con nuestros sanitarios? ¿Es que ya no son héroes, ya no necesitan nuestro apoyo… o ya nos aburre darlo, pese a ser un simple gesto que nos lleva apenas un par de minutos?

Crece en cambio, a esa misma hora, en los barrios más ricos, la tendencia a la manifestación clandestina contra el Gobierno. ¿Se refería a esto la Guardia Civil cuando hablaba de riesgo serio de estallido social en los próximos meses? Debe ser que no porque, paradójicamente, los que pasan hambre por esta crisis sobrevenida guardan silenciosamente su turno y su distancia en las largas colas que se forman en los barrios populares para recibir comida. Quizás no tengan fuerza para gritar. Quizás no sea tan fácil hacer caceroladas cuando las ollas y las sartenes están vacías de forma persistente y el futuro te grita al oído que tampoco mañana comerás.

Pero a las modas se suman, o no, los individuos: cada uno de nosotros opta por seguir las normas que salvan vidas o no hacerlo; por continuar solidarizándonos con los sanitarios que pelean por nuestras vidas, u olvidarnos del enorme sacrificio y esfuerzo que han hecho y que puede que tengan que volver a hacer si los demás no actuamos bien; por tener verdaderamente presentes a los más vulnerables o a los más ruidosos.

Ojalá que esta próxima temporada lo que se convierta en tendencia sean la empatía, la caridad y la fraternidad. Porque nos van a hacer mucha mucha falta como sociedad. Y porque, si no, los libros de Historia recordarán esta como la época del chándal, y no aquella en que la Humanidad se enfrentó a su mayor reto y supo dar la talla. Esa talla que Jesús de Nazaret dejó marcada con claridad en su Evangelio. ¿Hay necesidad de recordarlo o ya nos lo sabemos?

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