CUARTO DOMINGO CICLO A: En brazos del anciano – Iñaki Otano

Simeón supo distinguir en aquel niño lo que llevaba esperando toda su vida: al Salvador, la salvación misma. Su inmensa alegría se convierte en acción de gracias: Ya no tiene miedo por su futuro. La salvación, hecha niño, está en sus brazos. En medio de las oscuridades inevitables de este mundo, había buscado la luz y había encontrado al que era la luz.

El padre y la madre de Jesús estaban admirados por lo que se decía del niño y, al mismo tiempo, María escucha que una espada te traspasará el alma.

            María y José se parecen así a muchos padres que con la alegría de tener un hijo o hija, sienten también la incertidumbre sobre su futuro. Educar no es una tarea fácil, y el amor trae alegrías pero también produce sufrimientos.  Este anciano Simeón, sin ocultar las dificultades de la vida, ayuda a la esperanza de María y José, que quieren cumplir la voluntad de Dios en su vida de padres y esposos.

            Cuánto bien produce un anciano o anciana, o sea, una persona con muchos años de vida cuya experiencia no es fuente de amargura sino de comprensión hacia los más jóvenes. Cómo se agradece el aire fresco que aporta un anciano con esperanza, como Simeón.

            Hay espadas que amenazan la felicidad humana. Pero es estimulante un anciano que no echa más leña al fuego y sabe reconocer los esfuerzos de la gente; que, en lugar de enconar las heridas o de refunfuñar en los momentos de tensión, pone serenidad y paz.

            A menudo tenemos los nervios a flor de piel y, por desgracia, a veces los ancianos pagan nuestros malos humores y nuestros descuidos. En estas circunstancias, cómo nos educa y nos desarma su perdón sincero.

            Todo eso es imposible sin esperanza. Por su esperanza en Jesús, Simeón pudo tener durante toda su vida la presencia de ánimo y la paz interior de quien se sabe salvado y en camino hacia la plenitud.

 

Cuando llegó el tiempo de la purificación de María, según la ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarlo al Señor (de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: “Todo primogénito varón será consagrado al Señor”) y para entregar la oblación (como dice la ley del Señor: “un par de tórtolas o dos pichones”).

Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre honrado y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu Santo, fue al templo. Cuando entraban con el Niño Jesús sus padres (para cumplir con él lo previsto por la ley), Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo:

“Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz; porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones, y gloria de tu pueblo, Israel”

José y María, la madre de Jesús, estaban admirados por lo que se decía del niño. Simeón los bendijo diciendo a María, su madre: “Mira, este está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti una espada te traspasará el alma”. (Luc 2, 22-35)