Cuaresma 2ºB Meta y camino – Iñaki Otano

En la vida, lo mismo que hay una tentación de “abandonar” por cansancio, existe la tentación opuesta de “quedarse” por comodidad. A Pedro le sale el quedarse, instalarse, pero parece poco previsor: si se hacen tres chozas para Jesús, Moisés y Elías respectivamente, ¿dónde se meten Pedro, Santiago y Juan? El evangelista le excusa diciendo que es que estaban muy asustados y no sabía lo que decía..

            Efectivamente, Pedro necesitaba reflexionar un poco más y controlar sus impulsos. Corría el riesgo de que la subida al monte y la pretensión de “quedarse” allá fuese una manera de zafarse de la tarea que tenía que hacer al día siguiente.

            La experiencia había sido como para asustar a cualquiera, aunque no había sido esa la intención de Jesús. Él había querido fortalecer su fe, iniciarles en la promesa de la resurrección, después de que les hubo anunciado su pasión y muerte, estimular su esperanza y hacerles disfrutar de la alegría de ser seguidor de Jesús. Fue algo inefable que hizo exclamar a Pedro: ¡Qué bien se está aquí!

            La experiencia tenía que perdurar, motivar su seguimiento, pero no era para “quedarse”. Había que bajar a la brega diaria, aprender a ser “espiritual” sin descuidar la tarea cotidiana,

La visión les había mostrado en quién tenían que fijarse, en el Hijo amado de Dios, y qué es lo que tenían que hacer: Escuchadlo. Mirad las dos cosas: la meta y el camino. Ser discípulo de Jesús no consiste en acatar fríamente unas normas que un ser poderoso dicta desde una cátedra inaccesible. Se trata de compenetrarse cada día más con el Maestro, que es presentado como Hijo amado del Padre y queriendo establecer unas relaciones fraternales de familiaridad con nosotros.

Como dice el teólogo chileno Segundo Galilea (1928-2010), lo original de la espiritualidad cristiana está en que “no conocemos a Jesús sino en la medida en que buscamos seguirlo. El rostro del Señor se nos revela en la experiencia de su seguimiento”. Mirarle, tratar con él, y seguirle procurando practicar y aplicar hoy lo que él dice, hace y vive, y el Espíritu me inspira

En aquel tiempo Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y Juan, subió con ellos solos a una montaña alta, y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo.

Se les aparecieron Elías y Moisés conversando con Jesús. Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo a Jesús: “Maestro, ¡qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. Estaban asustados y no sabía lo que decía. Se formó una nube que los cubrió y salió una voz de la nube: “Este es mi Hijo amado; escuchadlo”. De pronto, al mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús, solo con ellos.

Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: “No contéis a nadie lo que habéis visto hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos”. Esto se les quedó grabado y discutían qué querría decir aquello de resucitar de entre los muertos. (Mc 9,1-9)

 

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