CUARESMA DOM 1B, DOS TIRONES DE HILO PARA JESÚS – Juan Carlos de la Riva

Hay en este corto relato de Marcos dos detalles muy importantes en la vida de Jesús, aunque el evangelista los describe de un modo muy simple. Fueron dos acontecimientos que terminaron de preparar a ese Jesús para salir al escenario con su sueño contagioso de fraternidad, que el llamaba Reinado de Dios. Uno de ellos es el desierto. El otro, la muerte de Juan, su maestro.

El desierto no es un lugar físico, aunque quizá para Jesús sí que lo fuera, pues las imágenes de aquellas tierras al otro lado del Jordán no pintan muy atrayentes y estimulantes, sino más bien invitan al silencio y la soledad. Porque eso es el desierto, silencio y soledad. Y el Espíritu le empujó a Jesús a eso, a estar en silencio y a estar solo pero con Dios.

Cada quien deberíamos buscarnos nuestros desiertos particulares: ese lugar del campo o de la costa que te trae tantos recuerdos y te hace pensar, esa capilla bonita con su olor y su luz de vela, ese paseo por la ciudad cuando la oscuridad se rompe con los primeros rayos de la mañana, esa canción que te evoca, ese poema que te emociona, ese diario que te espera cada día para recoger tus lágrimas y tus sueños… Para cada uno el espíritu nos tiene reservados lugares diferentes de silencio y soledad. Y a veces el Espíritu nos pone a todos en cuarentena y nos confina, por si nos resistíamos a la experiencia.

Pero… ¿por qué al Espíritu le interesa tanto esto de que hagamos silencio y estemos solos?

Piensa un poco en ese espacio interior tuyo, donde te haces preguntas y más preguntas, repasas tus acciones, te enfrentas a tus miedos y fantasmas, ahuyentas espejismos fantasiosos pero también imaginas tus sueños hechos realidad y el camino que va de aquí hasta ellos… El evangelio nos habla de fieras y de ángeles.

Las fieras pueden representar todo eso negativo que está ahí, viviendo contigo, y que hay que encarar y ahuyentar con el fuego del Espíritu. Puede ser un miedo, o una rabia, un bloqueo o una herida… son fieras porque aúllan sin palabras pero desgarran o paralizan. El desierto es buen momento para poner nombre a todos esos animales, en plan Adán, y así poder dominarlos y ponerlos al servicio de causas más nobles que sus demandas ansiosas. Si los detectas como “del mal Espíritu” podrás acabar con ellos.

Los ángeles son esas voces del “buen espíritu”: esas que te hacen creer en ti mismo y en lo que tienes para dar, esas que reconocen tu poder transformador para que tu vida sea fecunda, esas que te hablan de lo amado que eres, y por tanto lo capaz que eres para transmitir amor. Cuando escuchas esa voz angelical, sientes que no cuentas solo con tus fuerzas, sino con las de quien te creó. Y eso lo cambia todo.

Pero en el desierto hay también espejismos de la ilusión, fantasías vacías e inútiles cuya inalcanzable persecución tanto nos cansa, y cuya consecución nos frustra porque no cumplieron lo que prometían. Y es que en el desierto hay una sed mala, y una buena. La mala es la que sólo piensa en llenar su vacío, a costa de lo que haga falta, acudiendo tras cualquier reclamo que prometa su recompensa. Pero esas máquinas de Cocacola que te preguntan ¿Tienes sed? y te pintan su lata roja cargadita de gotas frescas, no funcionan aunque sí saquen la lata tras echar el euro: quizá sí refresquen, pero la sed no la quita esa bebida azucarada.

El desierto es momento de ayuno de todo lo que no me quita el hambre ni la sed. Es momento de oír el ruido de nuestras tripas y preguntarles qué necesitan de verdad. También es tiempo de oír el ruido de tantas tripas que necesitan comida de verdad. Mi hambre, juntada y solidaria a las hambres de tantas y tantos, quizá me haga tomar mejores decisiones, como a Jesús.

La otra situación que a Jesús le hace reaccionar e inaugurar su etapa misionera es ver a Juan encarcelado, en manos de Herodes y su corte absurda, hecha de fiestas y de antojos, de resentimientos y venganzas. Juan es acallado por denunciar y criticar a quienes atentan contra la amistad social y construyen élites.

Jesús siente un tirón de hilo, un despertar misionero, un empuje espiritual a continuar el camino que Juan empezó, de preparar un nuevo pueblo para la Vida con mayúsculas. Por eso el silencio de Jesús se transforma en voz autorizada, voz que da voz a los sin voz, y voz que brota del silencio de un desierto fecundo.

Es curioso constatar como las palabras más importantes son las que brotan del silencio: del silencio de un desierto fecundo, y del silencio de los sin voz. Y grita Cambiad, creed en lo imposible de un mundo de hermanos y hermanas, la promesa de Dios.

Hoy la propuesta es que vivamos una cuaresma así, primero con silencio, atentos a nuestras fieras para dominarlas, y nuestros ángeles para guiarnos por ellos, y también atentos a los tirones de hilo que la realidad nos va dando, desde sus gritos sin palabras, y después con palabras para hablar de quien nos transformó, y de su promesa inquebrantable de una nueva humanidad.

Saldremos de la cuaresma transformados, si somos capaces de hacer este doble movimiento de descentrarnos y de trascender. Termino con unas palabras de Francisco en su libro “Soñemos juntos”, que os recomiendo vivamente.

Lectura del santo evangelio según san Marcos (1,12-15):

En aquel tiempo, el Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás; vivía entre alimañas, y los ángeles le servían. Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios.
Decía: «Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio.»

 

Nos podríamos preguntar: ¿Ahora qué tengo que hacer? ¿Cuál podría ser mi lugar en este futuro y cómo hago para hacerlo posible?

Dos palabras me vienen a la mente: descentrarse y trascender.

Mirá en qué cosas estás centrado y descentrate. La tarea es abrir puertas, abrir ventanas, ir más allá. Recordá lo que dije al principio sobre el riesgo de quedarnos atrincherados en las mismas formas de pensar y actuar. Lo que tenemos que evitar es la tentación de girar sobre nosotros mismos.

En oposición a esto me gusta la imagen del peregrino, aquel que se descentra y así puede trascender. Sale de sí mismo, se abre a un nuevo horizonte, y cuando vuelve a casa ya no es el mismo, por lo tanto, su casa ya no será la misma. Es tiempo de peregrinación.

Dejate tironear, dejate alterar, dejate cuestionar. Quizá sea por medio de algo que leíste en estas páginas, quizá sea por un grupo de personas que oíste hablar en las noticias o que conocés de tu barrio, cuya historia te conmovió. Quizá sea una residencia de ancianos, un centro para refugiados o un proyecto de regeneración ecológica lo que te está llamando. O quizá sean personas más cerca de casa las que te necesitan.

Cuando sientas el tirón, pará y rezá. Leé el Evangelio, si sos cristiano. O creá un espacio dentro tuyo para escuchar. Abrite…, descentrate…, trascendé.

Y después actuá. Hacé una llamada, andá a visitar, ofrecé tu servicio. Decí que no tenés la menor idea de lo que hacen, pero a lo mejor podés dar una mano. Decí que te gustaría ayudar a ser parte de un mundo distinto y que pensaste que ese podría ser un buen lugar donde empezar.

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