Cuaresma 5ºB ¿Darlo todo? – Juan Carlos de la Riva

Lo dice y se queda tan ancho, podríamos pensar.

Bueno, no, tan ancho no.

Lo dice y luego va, y lo hace. Y se muere.

Dice lo de que hay que darlo todo, y va y lo da todo.

No terminas de entender esta lógica, verdad, tan al revés de la lógica normal.

Jesús propone que muramos para vivir, que nos olvidemos de nosotros para encontrarnos, que el que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se olvida de sí, lo gana todo.

Qué diferente esta lógica de aquella otra del «porque yo lo valgo» que nos decimos tantas veces, o la del «me lo merezco», o incluso la del «primero amarte a tí mismo para poder amar a los demás».

Aquí se habla de olvidarse de uno, de salir del propio interés, como decía Ignacio de Loyola. Y ante esta propuesta contracultural y antinatural, algo en mí se rebela. Porque yo pensaba que mi autoestima era muy importante, y mis planes, si están alineados con los de Jesús, serían muy buenos. Pero ahora todo eso pasa a un segundo plano, porque hay una hora especial, la hora, donde se te pregunta si serías capaz de regalarlo todo para tenerlo todo.

¿Dar la vida, como Jesús, es acertar en la vida? ¿Es coherente esta disponibilidad vocacional para dar la vida, con una visión positiva del ser humano, o por el contrario, la entrega de la vida, y su consiguiente olvido de sí mismo, violenta su propia naturaleza, su autonomía, su autorrealización, su capacidad de ser feliz en plenitud?  ¿Es amar la esencia del ser humano? ¿No será más bien esta opción una opción solamente reservada a quienes hagan una apuesta por la santidad, pero como una opción entre las muchas que pueden llevar al hombre a su autorrealización, y no como la más directa y privilegiada?

No termino de creerme que cuanto más doy, más libertad, y más soy yo mismo. He construido mi proyecto de vida a base de superar traumillas, de intentar cubrir algunas necesidades y relativizar otras, y ahora que me siento más o menos persona, autónomo, feliz, bien configurado, entonces vas y me dice que todo lo que he construido es para darlo.

Sigo leyendo el texto y me encuentro una frase que me sirve de agarradero: dice Jesús «atraeré a todos hacia mi». Y me sale rezarle, rezarte, ¡atráeme a mi también, que no termino de creerme tu propuesta y me reservo tantas cosas! Me gusta sentir que no me vas a forzar ni violentar, que no te me impones, sólo me atraerás. Por eso me acerco a la Pascua con miedo. Porque si me pego a ti, a tus palabras y propuestas, sé que me vas a atraer más hacia ti. Cuando me animes a entrar en la ciudad del mundo con ganas de cambiarlo ramo en mano, cuando me tires las mesas de cambista del negociante que llevo dentro, cuando me laves los pies como si fueras mi esclavo, cuando ores por mi, cuando me regañes, cuando me mires traicionándote y traicionado me perdones, cuando cargues con toda mi fragilidad, y con la de todos, cuando asumas el pecado colectivo y lo lleves al Padre para que por ti lo perdone todo… cuando tengas sed, cuando en medio del tormento me hables de paraísos… Si, Señor, me vas a atraer. Un amor así es irresistible.

Y cuando me atraigas… si me dejo atraer… ¡qué no podré hacer contigo!

En aquel tiempo entre los que habían venido a celebrar la Fiesta había algunos gentiles; estos, acercándose a Felipe, el de Betsaida de Galilea, le rogaban: “Señor, quisiéramos ver a Jesús”. Felipe va a decírselo a Andrés; y Andrés y Felipe van a decírselo a Jesús.

Jesús les contestó: “Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre. Os aseguro, que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre le premiará.

Ahora mi alma está agitada y, ¿qué diré?: Padre, líbrame de esta hora. Pero si por esto he venido, para esta hora. Padre, glorifica tu nombre.

Entonces vino una voz del cielo: “Lo he glorificado y volveré a glorificarlo”.

La gente que estaba allí y lo oyó decía que había sido un trueno; otros decían que le había hablado un ángel. Jesús tomó la palabra y dijo: “Esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros. Ahora va a ser juzgado el mundo; ahora el Príncipe de este mundo va a ser echado fuera. Y cunado yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí”. Esto lo decía dando a entender la muerte de que iba a morir. (Jn 12,20-33)

 

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