CUANDO HAY UN POP, PONGAMOS UN STOP – José Antonio Rosa Lemus

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Según nos proponen Álvarez y colaboradores (2007)[1], pensando en los chicos y las chicas de la etapa de la Secundaria, incluso de bastantes de los que están en Bachillerato o Formación Profesional, de ellos podemos decir que están faltos de elementos de juicio para reflexionar sobre sí mismos; no cuentan con una planificación de su proyecto vital a corto o medio plazo; no gozan de recursos para la exploración de sí mismos y del contexto; reciben y tienen una deficiente información académico-laboral; carecen de estrategias para enfrentarse al proceso de toma de decisiones y, por último, tienen una escasa aproximación al mundo adulto. Además, les es muy difícil leer esto en base a Dios.

Es ante esta realidad, desde donde la pastoral juvenil propone acciones[2], que no actividades, las cuales ayuden a dar a respuesta a las necesidades planteadas en el párrafo anterior de nuestros adolescentes y nuestros jóvenes, en clave de fe. Unas acciones que les ayuden a concretizar el Proyecto Personal de Vida (PPV), como lo definen Santana, Feliciano y Santana (2012): realizando una construcción intencional y activa de su propia persona y un proceso no lineal concretado en un plan de acción abierto a las oportunidades ofrecidas por el contexto, pudiendo ver en alguna/s de ella/s, las llamadas de Dios a las que responder con la vida; atendiendo la inteligencia emocional; dando protagonismo a una expresión de libertad y de naturaleza colectiva y social.

La pastoral juvenil puede ayudar a concretizar lo enumerado antes, dejándose guiar por nuestro título: «Cuando hay un POP, pongamos un STOP». Entenderemos por ese POP la acción ofertada (participación en un campamento, campo de servicio, campo de trabajo, campaña de solidaridad, etc.). La acción será acción, siempre y cuando contemple la posibilidad de asentar lo que en ella se ha generado, dentro del chico y la chica, para permitirle avanzar en la confección de su PPV, desde Dios. Es por esto por lo que reclamamos un STOP, un espacio programado-pensado, pastoralmente hablando, dedicado a la reflexión personal, a la oración, etc. Así el adolescente-joven podrá alcanzar la Madurez Vocacional (MV)[3] que necesita para continuar con la construcción de dicho PPV.

La psicología habla de que la MV recoge cinco dimensiones. Ayudan al catequista, como indicadores, a ver en qué medida la acción pastoral vivida por el chico/a ha contribuido a adquirir dicha MV. Pasamos a enumerarlas (Busot, 1995)[4]:

  • Planificación: es la capacidad de analizarse personalmente y proyectar su imagen hacia el futuro, tomando como base los descubrimientos pasados y actuales tras la experiencia vivida en la acción pastoral. Para este proceso tienen que interactuar tres componentes principales: cierto control y autonomía de su comportamiento, es decir, una aceptación de responsabilidades sobre lo que ha descubierto y lo que conlleva; segundo, la perspectiva del tiempo, la reflexión sobre el pasado, lo vivido y lo experimentado, y pensarlo en clave de futuro, a partir de ahora ¿en qué se va a notar?; y, por último, la autoestima, fundamental para la autonomía y la anticipación del futuro.
  • Exploración: es la actitud que presentará el adolescente-joven, de mirarse a sí mismo, para conocerse más, para entrar en su interior y preguntarse qué quiere en la vida y con qué cuenta para alcanzarlo. Se abarcan todas las áreas de la vida de la persona a esa edad.
  • Información: con esta dimensión se notará que el chico/a consigue conocer sus opciones, las cuales contendrán datos objetivos sobre lo que conlleva cada una de ellas. Si en la propia acción no se ha facilitado, esta dimensión será una realidad en el chico/a, porque solicita estos aspectos objetivos para llevar adelante lo que se esté planteando. Nosotros, agentes de pastoral, se los ofrecemos para que así pueda darse la siguiente dimensión con garantías.
  • Toma de decisiones: es la capacidad que tiene una persona para integrar en su interior la información derivada de las anteriores dimensiones, compararlas, para optar por una de las opciones que se le plantean. También piensa en qué hacer si no sale lo planificado.
  • Orientación realista: es una dimensión necesaria. Agrega a la toma de decisiones el aspecto de factibilidad a lo que se esté planteando el chico/a. Es darse cuenta de hasta qué punto todo lo surgido en él/ella, es razonable y realizable; y poseer la fuerza interior necesaria para no paralizarse ante lo inesperado. Combinación de diversos componentes: el conocimiento de sí mismo, las percepciones, la consistencia de las preferencias vocacionales, la cristalización del autoconcepto, las metas, etc.

Para que vean la huella de Dios en sus vidas… Cuando haya un POP, lo dicho: pongamos un STOP.

[1] M. Álvarez y colaboradores, La madurez para la carrera en la Educación Secundaria, Sevilla, 2007.

[2] Acciones caracterizadas por ser gratuitas, personalizadas, transformadoras y educativas, tal y como propone C. Barberá en su libro Soy lo que hago. Apuntes para una espiritualidad de la acción, Madrid, 2004.

[3] La Madurez Vocacional (a partir de ahora: MV), como un constructo psicológico que es, hace referencia (Super, 1955) a la coherencia vocacional del sujeto y la conducta que vocacionalmente se espera de él a su edad o por la época de su vida, comparado con otros que se hallan en esa misma época de la vida y frente a las mismas tareas del desarrollo.

[4] Jesús A. Busot, Elección y desarrollo vocacional, Maracaibo, 1995.

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