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CUANDO CREAR UN ESPACIO «BELLO» ES UN ACTO DE FE
Durante un tiempo —como, creo, nos ha pasado a bastantes agentes de pastoral— quise saber más sobre los «métodos en inglés» en la pastoral juvenil. Me refiero a los muchos programas más o menos importados, frecuentemente con expresiones en otros idiomas, que en ocasiones se nos presentan como modelos de éxito para un trabajo pastoral con jóvenes en el que a veces nos sentimos un tanto perdidos. Un poco como un discípulo de san Pablo que siguiera sus enseñanzas de «examinadlo todo y retened lo bueno» (1Tes 5,21), con curiosidad y sentido crítico.
Ese periodo me llevó a descubrir verdaderos tesoros (de los que hemos hablado en otras ocasiones, como Godly Play, ya una parte inseparable de mi quehacer cristiano) y a acercarme muy someramente experiencias como Alpha o Life Teen, de los que, si bien apenas conozco, tienen una característica en común: el cuidado por los detalles, por la estética, por la imagen —en el mejor sentido de la palabra—, con verdadero «mimo». Recuerdo que en la formación en Montserrat de Life Teen nos llamó la atención el juego de luces, logos, distribución de los espacios (perfectamente definidos para su función específica) y, en general, la importancia de la estética. Un primer acercamiento superficial puede caracterizarlos de «muy americanos» y puede ser así, pero también podemos aprender de ello: un espacio seguro —y nuestros jóvenes necesitan urgentemente de esos espacios— no puede ser «des-cuidado». Al contrario, tiene que ser bello, dedicado, bien preparado… sin ser lo único.
De hecho, a nadie se le escapa que, en la sociedad actual, marcada por la inmediatez, la sobreabundancia de estímulos visuales y la cultura de la imagen, la pastoral con jóvenes enfrenta el desafío de anunciar el Evangelio de un modo que sea significativo y memorable. En este contexto, la estética no es un elemento accesorio ni un simple adorno, sino un lenguaje que, cuando se cuida, puede convertirse en vía privilegiada para comunicar la fe. La belleza, entendida no como superficialidad sino como resplandor de la verdad y del bien, posee una fuerza evocadora que despierta en los jóvenes la apertura al misterio y la capacidad de asombro. Así lo expone el teólogo Herman-Emiel Mertens en una reflexión sobre la experiencia estética y la fe cristiana, donde subraya que la belleza no debe considerarse un añadido opcional al mensaje, sino un auténtico locus theologicus: un lugar desde donde se puede pensar y experimentar a Dios. Si la pastoral juvenil quiere ser eficaz, ha de integrar la dimensión estética como un componente esencial de sus procesos, pues en el corazón de los jóvenes la belleza despierta resonancias profundas que las palabras solas no alcanzan.
La experiencia estética es puerta de la experiencia de fe porque toda experiencia humana posee una doble vertiente: objetiva (el objeto que se percibe) y subjetiva (la vivencia personal que provoca). La experiencia estética, en sentido estricto, es aquella en la que algo atrae nuestra atención por su valor intrínseco y no por su utilidad. En este sentido, el arte, la música, el diseño de un espacio, la armonía de un gesto litúrgico o incluso la cuidada preparación de una dinámica pastoral pueden convertirse en experiencias estéticas que impactan profundamente en quien participa.
Para Mertens, la belleza puede predisponer al encuentro con Dios, aunque no lo garantice automáticamente. Una imagen, una melodía o una puesta en escena que toque las fibras más íntimas del corazón pueden preparar el terreno para la acogida del mensaje evangélico. En el caso de los jóvenes, muchas veces saturados de discursos, pero necesitados de experiencias que les conmuevan, la vía estética puede ser el puente que los lleve de la admiración a la contemplación, y de la contemplación al compromiso.
Cuidar la estética en pastoral juvenil no significa solo tener «cosas bonitas» o «presentaciones vistosas» (es decir, solo hacer «un decorado»): significa crear un ecosistema de belleza que encarne y anticipe el mensaje que se quiere transmitir a través del espacio, el lenguaje visual, la música, el arte, los símbolos y, por supuesto, la liturgia. En el reciente Jubileo de los Jóvenes lo hemos vivido en la vigilia y Eucaristía con el papa León, aunque quizás cayendo en el error de hacer una liturgia tan bella y cuidada en el detalle… que no había forma de participar (a no ser que fueses cantante de ópera…). En todo caso, cuando estos elementos se descuidan, el mensaje se debilita; cuando se cuidan, la belleza se convierte en vehículo de la verdad y de la bondad.
En mi opinión, una de las intuiciones más sugerentes de Mertens es considerar la belleza como un posible nombre de Dios. Así como tradicionalmente se ha hablado de Dios como «Verdad primera» o «Suma bondad», podemos hablar de Él como «Belleza esencial»: esa armonía y plenitud que toda belleza terrena refleja de manera imperfecta. En la pastoral juvenil, esta concepción puede inspirar un enfoque donde la experiencia de lo bello no sea un fin en sí misma, sino un signo que apunta más allá de sí: hacia la Belleza increada que es Dios. Esta perspectiva nos permite a todos —especialmente a los jóvenes— reconocer que toda auténtica experiencia estética lleva implícita una promesa de plenitud, un anticipo de la «visión beatífica». Así, el impacto de un gesto, la emoción que provoca una canción o la contemplación de una obra artística pueden vivirse como destellos de lo eterno en medio de lo cotidiano.
La Iglesia está llamada a anunciar a Cristo en un mundo donde la estética no es un lujo, sino un lenguaje esencial. Como recuerda Mertens, la belleza no sustituye a la fe, pero puede ser su antesala; no reemplaza la verdad del Evangelio, pero puede abrir el corazón para acogerla. En una época donde los jóvenes buscan autenticidad y experiencias que les toquen de verdad, cuidar la estética en cada detalle —desde un gesto hasta un gran evento— es apostar por un anuncio del Evangelio que entra por los sentidos y llega al alma.
¿Podríamos decir que cuidar la estética en pastoral juvenil es un acto de amor? Quizás así lo sea, siempre unido a otros elementos imprescindibles, como la cercanía y el acompañamiento personal, pues de nada sirve un bonito espacio si está «des-habitado», si no hay «comunidad que habite el espacio». Pero el cuidado por los detalles y el «espacio preparado», que diría Maria Montessori, es un acto de fe hacia Dios, a quien se reconoce como Belleza absoluta, y hacia los jóvenes, a quienes se ofrece un camino donde la experiencia de lo bello se convierte en encuentro con el que es la Fuente de toda hermosura.







