CRISTIANISMO Y ECOLOGÍA Descarga aquí el artículo en PDF
Xavier Pifarré
Estoy a punto de cumplir los 60 y es un privilegio poder escribir en vuestra Revista de Pastoral Juvenil. Soy católico y, desde joven, ecologista. Religión y cuidado del medio ambiente han sido dos ejes importantes en mi vida.
Por eso, cuando en 2012, un grupo de católicos de la diócesis de Madrid se juntaron alrededor de algo a lo que llamaron Cristianismo y Ecología, me lancé de cabeza a acompañarlos. Era un intento de introducir, en la doctrina de la Iglesia, conciencia por la sostenibilidad ambiental y el cuidado de la naturaleza. Hasta ese momento, Iglesia y ecología transitaban por caminos distantes. Los ecologistas eran gente de izquierdas y los católicos teníamos una doctrina social centrada en las personas, con especial atención a las más pobres, pero ajena a los gemidos de una Tierra cada vez más maltratada.
Años después, en 2015, el papa Francisco nos regaló su encíclica Laudato Si (LS). No sé si la habéis leído; os la recomiendo; sé que la palabra encíclica suena a ladrillo, pero no es el caso. Es un texto sorprendente y provocador, en el que Francisco denuncia sin tapujos el daño irreparable que la codicia de nuestro sistema económico capitalista está generando al Planeta. Él llama a la Tierra, «La Casa Común». Y no habla de Naturaleza; habla de «Creación»[1]. Ya solo con estos dos giros del lenguaje intuimos la importancia que este texto ha tenido en ese camino de encuentro entre ecología y religión. Que la Iglesia asuma el carácter sagrado de nuestra Tierra, como regalo que hemos recibido de Dios, nos obliga irremediablemente a su cuidado y respeto. Sin quererlo, nos hace ecologistas. Y ecologistas con convicciones, si cabe, más elevadas que las propias de los movimientos conservacionistas.
Uno de los ejes principales, y novedosos, de la encíclica es: «no es posible cuidar de nuestros hermanos pobres si no cuidamos del Planeta; y viceversa, no protegeremos al Planeta, si no cuidamos a los que en él viven».
En 2020, Francisco completó esta sinergia entre ser humano y ecosistemas, con la publicación de su encíclica Fratelli Tutti; otro texto de lectura imprescindible. Si en LS centra su mirada en el llanto de la Tierra, la nueva encíclica se dirige al llanto de los oprimidos; es un alegato por la justicia social en la que vuelve a denunciar sin apelativos, al sistema económico capitalista como generador de injusticia y desigualdad. Y de nuevo insiste en que es imposible el respeto mutuo entre seres humanos si descuidamos la protección medioambiental.
La riqueza de ambos textos hace difícil la síntesis, pero hay dos ideas/sensaciones que quiero destacar de la lectura de ambos textos:
- El consumo, nuestro consumo, como eje y motor de cambio hacia la sociedad que queremos y hacia el cuidado de la Creación que anhelamos. Consumir con conciencia y responsabilidad es reducir la compra de productos no necesarios, es conocer qué hay detrás de los bienes de consumo que adquirimos (explotación social, medioambiental, generación de desigualdades…), es optar por el Comercio Justo, por la segunda mano, por la cercanía, por el pequeño negocio de subsistencia, por las cooperativas… No somos conscientes del poder que tiene nuestro consumo cotidiano. Mejorar el mundo a través de nuestro consumo es posible. Maltratarlo, también. Está en nuestras manos.
- La segunda es más una emoción que una idea. Sigo sin olvidar la mezcla de alegría, asombro y esperanza que sentía al leer por primera vez las páginas de ambas cartas papales. Ambos textos están impregnados de clarividencia, de transparencia y de enérgica denuncia.
Francisco nos urge a explorar alternativas a un sistema económico basado en la codicia que oprime, destruye y asfixia sin piedad a la Tierra y a los que la habitamos. Palabras con las que yo recuperé la esperanza en una Iglesia transformadora, luz del mundo y sal de la tierra, capaz de trabajar por un Reino de Justicia, Equidad y Sostenibilidad al que poder aspirar ya, aquí y ahora.
P.D.: Mientras escribía estas líneas, recibo consternado la noticia del fallecimiento de Francisco. Lloro su pérdida, no solo por la persona que marcha, sino por la posibilidad de que, con él, nos abandone ese soplo de aire fresco que su carisma ha aportado a nuestra Iglesia. Ojalá me equivoque.
[1]Una aclaración. «Naturaleza» o «Creación» no son solo los parques nacionales, las playas paradisíacas y las puestas de sol evocadoras. Naturaleza es el conjunto de nuestro Planeta; son nuestras ciudades, son nuestros suburbios, nuestras minas, nuestros polígonos industriales, es el aire que respiramos, el agua que bebemos, el clima y sus fenómenos atmosféricos, los fondos marinos, los ríos limpios y los ríos sucios, los senderos y las autopistas, el Everest y el Tibidabo… Todo forma parte de la Creación; y todo merece nuestro respeto. Naturaleza somos nosotros y nosotras.







