¿CREO EN DIOS PERO NO EN LA IGLESIA? – José María Pérez-Soba

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Con este artículo inauguramos un nuevo espacio en nuestros bits de formación: Atrévete a pensar quiere ayudar dar razón actual de la fe, a tomar en serio el dicho del escritor inglés G. K. Chesterton: «cuando entro en una Iglesia me quito el sombrero… pero no la cabeza».

A veces por desidia, otras por respeto, intentamos pasar por encima de las preguntas que se plantean nuestra gente: «eso es cuestión de fe», nos sentimos tentados a decir, como si con eso acabara toda discusión. Claro que es cuestión de fe y, justo por ello, puede darse razón de ello, puede mostrarse –que no demostrarse– que se puede «confiar» en ello, que merece nuestra confianza.

Este es un problema serio: en una sociedad plural, donde tú escoges lo que te merece la pena creer, ya no vale con echar balones fuera. No parece extraño decir que el testimonio personal es, hoy más que nunca, clave para evangelizar. Por tanto, el joven te pide, con lógica, que muestres que tu vida no se asienta en el absurdo, sino que tiene algo bueno, importante, que decir, que tiene una Buena Noticia. Nuestros jóvenes –y nuestros mayores- no quieren «cargar» con un Credo heredado y que no entienden… quieren proclamar, de corazón, como en la liturgia, «yo creo». Así, vamos a dedicar algunos de nuestros bits de formación a ofrecer pistas para pensar nuestra fe, para intentar decir mejor lo que sentimos desde la sabiduría cristiana.

Empecemos este desafío por un tema muy, muy habitual: «creo en Dios pero no en la Iglesia». Es más que probable que hayamos escuchado alguna vez (o muchas veces) esta afirmación en nuestro entorno. De hecho, puede ser una de las grandes cuestiones antes las que tenemos que lidiar, y la que explique el gran número de católicos no practicantes de las encuestas. ¿Qué pistas podemos manejar para afrontar este tema?

Evidentemente, todo es muy complejo y lo último que pretendemos es agotar nada… pero algunas claves sí podemos ofrecer. Podemos hacernos preguntas y, tal vez, ayudar a crear repuestas.

Quizá la pregunta fundamental tenga que partir de lo que sí creemos:

¿Qué queremos decir cuando decimos que «creemos en Dios»?

En efecto, muchas veces esta afirmación parece una generalización, sin más matices. Pero los cristianos (como cualquier ser humano religioso), no creemos en «Dios» sin más, en «algo habrá», sino en el Dios de Jesús, el Cristo. Para nosotros Jesús es la revelación de la intimidad de Dios, puesto que confesamos que es Dios mismo con nosotros.

Hasta ahí suele ir bien, porque Jesús sigue tocando a muchas personas Entonces, preguntémonos:

¿Cuál es el núcleo del mensaje de Jesús? ¿Cómo es ese Dios de Jesús? La respuesta habitual es «amor»… y es verdad. Pero hay que dar un paso más. En los evangelios queda patente que ese «amor» en Jesús no es «que seamos buenos» (lo que puede decir cualquiera), sino que es el Reino de Dios.

¿Y eso qué es? Reconocer que Dios, Abba, padre, reina ya, aquí y ahora, en el mundo, en tu corazón y en el del mundo entero.

¿Por qué «padre»? No solo porque nos quiere y cuida como tal, que también. En la sociedad judía (como en la nuestra hasta hace muy poco), el linaje, los «apellidos», se transmitían por línea paterna (fíjate en que, habitualmente aún, nuestros primer apellido es el del padre). Así, si, con Jesús, confieso que Dios es nuestro padre («nuestro», no solo «mío»), tú que me lees, al que no conozco de nada, con el que no tengo relación alguna, sea cuál sea tu etnia, tu edad, tu condición social, hayas nacido donde hayas nacido, pienses lo que pienses, eres mi hermano, eres mi hermana. Hijos e hijas del mismo padre, somos herederos de Dios. Somos de los genes mismos de Dios. Tú y yo, nosotros, somos familia de verdad, «de sangre».

Entonces, ¿qué es creer en el Reino de Dios de Jesús? Desde Dios, reconocerte en relación de familia con los demás. Creer en el Dios de Jesús es reconocer que Dios es Abba, por tanto, caer en la cuenta de la fraternidad humana esencial. Tú me importas.

¿Qué tiene que ver la Iglesia con esto? Todo. La Iglesia es la asamblea de personas que quieren reconocer de forma explícita a Dios Abba y vivir, por tanto, la fraternidad de los «hijos del mismo padre». Es el pueblo de Dios. Si reconoces a Dios Abba, si caes en la cuenta del Reino y lo aceptas, eres Iglesia. Dicho de otra manera, si crees en el Dios de Jesús, aceptas la fraternidad, eres Iglesia.

Pero ¿eso no me aparta de la demás gente? ¿No es una «marca» más que me aleja de otros? No. En este camino estamos unidos, en Dios, todas las personas de buena voluntad del mundo, todos aquellos que, siendo lo que somos, más allá incluso de creencias o descreencias, queremos responder al amor del Espíritu que habita en nosotros, queremos vivir la fraternidad de los hijos de Dios, la llamemos como la llamemos. Así, como señalaba el Vaticano II (LG 2), todas las personas que aceptan de hecho la fraternidad universal, formamos, juntos, la Iglesia universal «desde Abel», desde el primer justo, desde la primera persona que quiso acoger la fraternidad de Dios.

«Pero… es que mucha gente en la Iglesia es egoísta, es cruel, incluso hay delincuentes». Sí, por eso, confesar a la Iglesia no es confesar la santidad, la perfección de todos sus miembros, faltaría más. De hecho, confesar la Iglesia implica el compromiso de denunciar y convertir al mundo y a la Iglesia (y a nosotros mismos) de nuestras miserias. Es cierto que en una sociedad que viene de la cristiandad, la distancia entre no pocos aspectos de la institución eclesial y de la vida de los cristianos con el ideal evangélico es patente. Pero es que los que confesamos la Iglesia estamos comprometidos a superar, en Dios y desde nuestra propia debilidad, estos escándalos. Eso es también confesar la Iglesia: aceptar la fraternidad humana es comprometerme a ser su imagen.

Solo hace falta escuchar a Jesús (Mt 6,9; Lc 11,2): «Vosotros orad así: Padre nuestro». No dice «padre mío» (que también), sino «padre nuestro». Proclama, nos dice Jesús, con inmensa alegría, que Dios no solo es «mi» Padre, sino «nuestro» Padre. Y proclamémoslo juntos, familia de Dios.

Una última pregunta… ¿crees en este Dios?

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